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Huertos urbanos, la convocatoria santiaguina más hermosa del mundo

por 29 julio, 2016

Huertos urbanos, la convocatoria santiaguina más hermosa del mundo
Muchos santiaguinos hoy en día, conscientes de los cambios experimentados en la sociedad y en el consumo, están testimoniando en sus vidas la importancia de participar, de apropiarse de los terrenos baldíos con un afán comunitario.
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El atardecer en la zona occidente de Santiago Centro presenta muchos colores, las calles se ven despejadas porque es sábado en la tarde, los vecinos pasean, se encuentran, comparten; unos caminan luciendo sus mascotas, otros circulan en sus bicicletas, los automovilistas encuentran estacionamientos disponibles en las calles adoquinadas. El frío no merma el ánimo de hacer barrio y los almacenes lucen sus abarrotadas estanterías con mercaderías venidas de los países vecinos.  Al llegar a la intersección de Libertad con Catedral, un portón con un grafiti de un sol se abre a nuestro paso. Sentimos entrar en cierta luz, plantas y cachureos van permitiendo que nos adentremos por un estrecho y curvilíneo sendero de tierra que nos conduce a la reunión.

El sábado 23 de julio, se realizó en dependencias del Huerto Libertad, la segunda asamblea de huertos urbanos de Santiago, instancia que reunió a un conjunto de iniciativas que buscan establecer redes y contacto para ir mejorando los distintos proyectos vinculados a esta actividad ecológica. Organizada por el proyecto Huertos por la Inclusión y otros propósitos que buscan hacer de esta actividad agroecológica una oportunidad de desarrollo sustentable en las comunidades donde se da, sean estas agrupaciones de la tercera edad, comunidades terapéuticas, centros culturales, universidades, liceos, agrupaciones vecinales, e iniciativas particulares de personas que tienen acceso a un terreno en el cual pueden desarrollar esta labor. La convocatoria tuvo por finalidad realizar un mapeo de todos los huertos urbanos operativos al interior de la Región Metropolitana.

Posiblemente estemos en los albores de una nueva cultura donde las personas, las comunidades ultra tecnologizadas y conectadas, por un lado, puedan tener la costumbre de caminar descalzos por la tierra, revisar los surcos, controlar biológicamente las plagas, proteger las semillas y disfrutar los labrantíos en medio de los edificios y las carreteras, por otro.

Este catastro logró registrar un total de 30 proyectos esparcidos en distintas comunas. Los objetivos de este primer mapeo es establecer una instancia de colaboración entre los integrantes de cada organización; crear redes y establecer una instancia donde vayan canalizándose los objetivos que cada mini granja se ha propuesto alcanzar, estos van desde crear una fuente de alimento, recreación, contribuir los procesos de sanación de usuarios de centros de rehabilitación como también de inclusión de sectores con capacidades diferentes.

La paradoja se descubre, la megapolis de Santiago, urbe gigantesca y destrozona de sus áreas verdes, de sus árboles, de sus cerros, expansiva en su contaminación, segregadora en lo que respecta a sus habitantes que tienen y no tienen, permite que ciertos espacios, ciertos terrenos, abandonados a la suerte de escombros y micro basurales, vayan convirtiéndose en vergeles, jardines, lugares propicios para una biodiversidad que despierta al primer estímulo, a la primera remoción de tierra, al primer riego.

Muchos santiaguinos hoy en día, conscientes de los cambios experimentados en la sociedad y en el consumo, están testimoniando en sus vidas la importancia de participar, de apropiarse de los terrenos baldíos con un afán comunitario, medicinal y estético, de esta forma, están viendo una efectiva propuesta de participación ciudadana. También los huertos urbanos en muchos aspectos se están constituyendo en moda, en una actividad “IN”, al mismo tiempo se están convirtiendo en escuelas de vida para muchas personas, donde ellas incorporan lecciones que la humanidad ha ido aprendiendo a través del ensayo y error desde hace 10.000 años.

Posiblemente estemos en los albores de una nueva cultura donde las personas, las comunidades ultra tecnologizadas y conectadas, por un lado, puedan tener la costumbre de caminar descalzos por la tierra, revisar los surcos, controlar biológicamente las plagas, proteger las semillas y disfrutar los labrantíos en medio de los edificios y las carreteras, por otro. De esta manera abrazaremos el oficio de aquellos campesinos que tantas veces vimos cuando éramos niños en el antaño donde era fácil distinguir el campo y la ciudad.

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