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La inclusión como concepto "elítico" y de control social

por 6 enero, 2017

La inclusión como concepto
Cuando hablamos de inclusión estamos legitimando el orden social establecido por la elite, ya que no se puede incluir a un ciudadano que ya está dentro. La inclusión laboral no es otra cosa que la normalización de la diferencia que parte desde la cuna con la escuela especial, luego con talleres de capacitación laboral y si es que la elite lo permite, la educación universitaria.
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La primera pregunta analítica que surge en esta columna es la siguiente, ¿Cómo profesionales pueden hablar de respetar la diferencia si huyen de ella apenas se les acerca?

Entonces me debo referir al análisis del poder de Foucault, apelando a su texto La microfísica del Poder. Debo estar de acuerdo con este autor que el poder no es asimétrico, sino más bien se representa como una red provocando interacciones de poder que actúan directamente sobre el cuerpo de los individuos, normalizando su vida, llevándola a la uniformidad y dándole un discurso masivo aceptado por toda la sociedad estando muy lejos de comprender lo diferente. Lo distinto se debe comprender a partir del ejercicio de la deconstrucción que en filosofía en términos simples tiene que ver con tomar un argumento y desmembrarlo para crear algo nuevo.

La subjetividad no es una categoría, sino más bien la realidad interna de cada individuo, eso que la biopolítica no puede controlar, eso que le llamamos intuición, amor, relación, creatividad. Eso no se puede normalizar. Ni menos apropiarse de ella, solo se puede dejar fluir. Entonces esto es solo para comenzar a pensar qué es la inclusión y si realmente existe. Para responder estas preguntas, tenemos que entender que integración social es todo proceso dinámico y multifactorial que posibilita a las personas que se encuentran en un sistema marginal participar del nivel mínimo de bienestar socio vital alcanzado. Posteriormente este concepto ha sido corregido y ampliado por el concepto de inclusión, siendo la inclusión el espacio de convergencia de múltiples iniciativas y disciplinas, no solo de Educación Especial.

Ya que la inclusión es una ofensa social y política para el colectivo de los discapacitados, porque según esta investigación no se requiere que le otorguen asistencialismo ni oportunidades, entendiendo esto último como ley de cuotas o algún otro tipo de beneficios basados en la autocompasión, solo se necesita que saquen los prejuicios sociales de su cabeza y vean al otro como un ser a la par, ya que el problema de la discapacidad no es un tópico nuevo y tiene mucho que ver con las diferencias que establece el sistema capitalista.

Hemos visto la inclusión como un mecanismo de dominación, pero debemos entender por qué en esta columna se parte con este análisis y no con otro. Cuando hablamos de inclusión estamos legitimando el orden social establecido por la elite, ya que no se puede incluir a un ciudadano que ya está dentro. La inclusión laboral no es otra cosa que la normalización de la diferencia que parte desde la cuna con la escuela especial, luego con talleres de capacitación laboral y si es que la elite lo permite, la educación universitaria.

Esta legitimación tiene que ver con el espacio que otorga la democracia moderna y que tiene que ver con la representación política y con la posibilidad por mínima que sea de que nuestros deseos como colectivo se transformen en demandas. Pero para lograrlo ya no se debe ser más un discapacitado, sino un ciudadano con derechos y deberes dentro de un contrato social con derecho a opinar, a votar y a trabajar. En simples palabras con la posibilidad de ser un igual a partir de la diferencia usando los talentos que a cada uno nos diferencian y nos otorgan reconocimiento, esto es lo máximo que se le puede pedir al sistema neoclásico, algo que los legisladores moderados y los teóricos políticos liberales llaman Igualdad de oportunidades, que no es otra cosa que fabricar las condiciones políticas y sociales para que la disfuncionalidad se transforme en igualdad, es decir, en inclusión, llámese laboral o educacional.

Por lo general, cuando se quiere intervenir en temas de discapacidad se busca reconocer el problema como un tema asistencial y se busca establecer las redes que permitan dar solución a esta problemática bioética, pero jamás se piensa en discapacidad como un fenómeno político que requiere atención y solución a sus demandas, ya que como vimos en las estadísticas hay más de 2 millones de personas con discapacidad que son actores políticos potenciales y que en un sistema político como el chileno le otorgarían mucha más legitimidad a las instituciones democráticas y a la democracia en sí. Pero para esto las autoridades políticas deben dejar de hablar de inclusión en cualquier ámbito, sino más bien deben hablar de diversidad y de sujetos de derecho.

Ya que la inclusión es una ofensa social y política para el colectivo de los discapacitados, porque según esta investigación no se requiere que le otorguen asistencialismo ni oportunidades, entendiendo esto último como ley de cuotas o algún otro tipo de beneficios basados en la autocompasión, solo se necesita que saquen los prejuicios sociales de su cabeza y vean al otro como un ser a la par, ya que el problema de la discapacidad no es un tópico nuevo y tiene mucho que ver con las diferencias que establece el sistema capitalista.

 

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