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Ataques en las ciudades: la urbanidad convertida en blanco del terrorismo

por 8 enero, 2017

Financial Times
Ataques en las ciudades: la urbanidad convertida en blanco del terrorismo
Las ciudades son más fáciles de perturbar. Las muchedumbres garantizan víctimas, pánico, atención mediática y el anonimato de la multitud permite que el atacante pase desapercibido. Ahora, la diferencia es que la ciudad no está siendo atacada por conveniencia sino porque es un objetivo explícito.
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Por Edwin Heathcote*

La ciudad está bajo ataque. París, Bruselas, Niza, Berlín e incluso Estambul, han sufrido recientemente brutales agresiones. Esta nueva oleada de ataques terroristas, aunque diferentes de las torres gemelas o de la bomba en el transporte público de Londres del 2005, son ataques a una noción más abstracta, una idea del espacio público en la ciudad como terreno común.

El Estado Islámico, la organización responsable de cambiar la forma de hacer terrorismo después de los atentados de Al-Qaeda, es radicalmente anti-urbana, una organización dedicada a destruir todo lo que la ciudad contemporánea representa.  Los ataques a clubes nocturnos, cafés, teatros y salas de concierto son una arremetida puritana a lo que la ciudad significa.

Desde los bombardeos anarquistas del siglo XIX, la ciudad ha sido un objetivo terrorista. Las ciudades son más fáciles de perturbar.  Las muchedumbres garantizan víctimas, pánico, atención mediática y el anonimato de la multitud permite que el atacante pase desapercibido. Ahora, la diferencia es que la ciudad no está siendo atacada por conveniencia sino porque es un objeto explícito. Estos son ataques a la propia urbanidad.

Isis siente nostalgia por una versión mítica de algún califato del siglo X que ejemplifica la pureza del verdadero Islam. Curiosamente, este concepto es similar al de la extrema derecha que está resurgiendo. Tanto Isis como los movimientos demagógicos “populares” apuntan su ira a la ciudad cosmopolita y a las élites urbanas liberales que viven allí.

Los populistas ganan apoyo en las áreas rurales y en las “otrora ciudades industriales que han sido olvidadas” y responsabilizan a la “élite urbana” de los problemas que enfrentan los ciudadanos de estas comunidades. Están usando el ataque a Berlín del mes pasado como evidencia de que ellos siempre están en lo correcto: te lo advertimos. El mensaje oculto dice que el campo es puro y la ciudad sucia. El campo es el hogar de “la gente real”, como si la gente de la ciudad fuera, de alguna manera, menos real.

Con una vigilia, los trabajadores del aeropuerto Zaventem de Bruselas recordaron a las víctimas del ataque terrorista perpetrado contra el terminal aéreo el 22 de marzo de 2016. Foto: EFE.

Desde los bombardeos anarquistas del siglo XIX, la ciudad ha sido un objetivo terrorista. Las ciudades son más fáciles de perturbar.  Las muchedumbres garantizan víctimas, pánico, atención mediática y el anonimato de la multitud permite que el atacante pase desapercibido. Ahora, la diferencia es que la ciudad no está siendo atacada por conveniencia sino porque es un objetivo explícito. Estos son ataques a la propia urbanidad.

La plaza Breitscheidplatz de Berlín fue el blanco perfecto. Sobrevivió a la destrucción casi total en la II Guerra Mundial y representa la dolorosa relación de Alemania con una historia que se rehúsa a olvidar. La punta de la torre de la iglesia conmemorativa del Kaiser Wilhelm fue arrancada durante la guerra convirtiéndola en una protuberancia completamente desagradable. Junto a ella, donde el camión arrasó con la feria navideña, se observa un campanario inaugurado en 1961, el mismo año que comenzó la construcción del Muro de Berlín.

La plaza también fue el hogar del café Romanisches, el lugar de encuentro para la élite intelectual de la ciudad, donde el pintor Otto Dix y el poeta Bertolt Brecht podía encontrarse con el director de cine Billy Wilder o el novelista Joseph Roth. En 1927 los nazis desencadenaron un motín en la calle Kurfürstendamm de Berlín. Uno de sus objetivos fue el café (y sus intelectuales y ‘degenerados’ artistas), que fue gravemente dañado. Al año siguiente la plaza fue objeto de una descalificación por parte del político Joseph Goebbels que describió al barrio como “democracia callejera”.  Ataques a la ciudad tolerante y liberal son ataques a la democracia.  A parte de ser un lugar histórico y un espacio cívico de la modernidad por excelencia, la plaza fue transformada en un mercado navideño extravagante con puestos de madera que vendían vino caliente, salchichas, pan de jengibre (así como baklava y dulces turcos). Esto no fue un ataque a un objetivo específico, sino un asalto a la ciudad misma.

Berlín es extremadamente moderna, nacida de la Prusia militarista y ahora liberal y multicultural, pero también marcada por la evidencia física de ambos extremos del totalitarismo. Esta plaza representa la resiliencia del espacio cívico como un lugar de mezcla y memoria.

Ahora se está librando una guerra asimétrica en la institución más exitosa de la modernidad, la metrópoli. Al usar un camión, los terroristas están utilizando las herramientas rurales en contra de la esencia de la urbanidad. Atacó el corazón de la plaza donde la esencia es la libertad, la libertad de estar en la ciudad, sin protección, vigilancia o distinción de clase. La plaza, con su inseguridad, y la maravillosa posibilidad de perderse en una multitud, pertenece a todos. Su constante flujo la hace resistente a la vigilancia.

Breitscheidplatz está indeleblemente inscrita en la historia traumática de Berlín. Ahora ha añadido otro recuerdo traumático a su historia como la ciudad símbolo  atacada  por ambos frentes.

* Traducido por Deyanira Meneses, Traducción Inglés-Español, U. Arturo Prat (UNAP).

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