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¿Es necesario que los hombres se interioricen en la crianza? Yo opino

¿Es necesario que los hombres se interioricen en la crianza?

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Johanna Narr
Por : Johanna Narr Psicóloga Clínica en orientación familiar, especialista en víctimas, con enfoque de género. Psicoterapia especializada en abuso sexual y violencia intrafamiliar. Ha realizado diversas publicaciones con temáticas en Violencia Intrafamiliar, Abuso Sexual y la mirada desde lo penal, y en temáticas familiares y de crisis vitales que afectan a las mujeres y niños dentro del contexto de una sociedad patriarcal.
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Primero que todo es necesario dejar en claro que respeto los distintos estilos de crianza de cada madre y, es más, promuevo la conexión emocional de cada mujer con su lado materno. También confío en su sabiduría ancestral y por lo tanto, creo que cada mujer tiene las herramientas necesarias para desarrollar un estilo de apego sano con su hijo/a desde el cual el niño/a pueda enfrentarse a la vida, contando con un sentimiento de confianza básica que le ayude a superar las dificultades y a relacionarse con los otros a través del amor y de la colaboración.

Sin embargo, no podemos desconocer que en la sociedad actual, lo que nos coarta y hace que nos boicoteemos constantemente son los temores, y uno de los mayores temores a los cuales se ven enfrentadas las mujeres es el de ser “mala madre” o, dicho de otra manera, el temor a equivocarse en cómo debe criar a su hijo/a. Es por la misma razón que la mayor cantidad de estudios, investigaciones, artículos, e incluso atenciones en psicología tienen que ver con este punto: saber qué estilo de crianza es el que les hace “bien” a nuestros hijos/as. Y las comillas en “bien” tienen relación con que no todas las madres coincidimos en lo que es “bueno” o “sano” o “prioritario” para la educación de nuestros niños o niñas, pero ese es otro tema en el que podríamos realizar un debate muchísimo más amplio.

El punto es que, desde este escenario, todas las mujeres estamos objetivamente expuestas a que se nos cuestione, se nos critique y se nos juzgue en la manera de criar, por lo que se refuerza la idea de buscar en otros –fuera- una guía para sentir que estamos ejerciendo nuestro rol de madre de la mejor manera. Cuando una figura pública, que además es psicóloga, da una opinión en relación a que el hombre se interiorice en la crianza de los hijos, relativizando la importancia de su rol como padre, me parece peligroso. Esto debido a que esa opinión aporta elementos importantes a las distintas definiciones de realidades, en este caso, reforzando estereotipos en los roles de género que han sido muy difíciles de flexibilizar en esta sociedad y que han llevado a consecuencias catastróficas justamente por validar –de manera velada- tal o cual rol dependiendo de si se es hombre o se es mujer, limitando tanto a hombres como a mujeres, a padres como a madres, a niños como a niñas, (futuros adultos) que a su vez transmitirán las mismas o distintas definiciones de realidades a las que ellos estuvieron expuestos.

Es necesario estar conscientes a cada instante de lo que estamos transmitiendo, más aun si se es una comunicadora y con mayor razón si eres especialista en temas de relaciones humanas. Lo que se transmite en realidad es “valido la idea de que la crianza de los hijos es responsabilidad de la madre más que del padre”. Desde ese punto de vista se podría comprender la razón por la cual los empresarios prefieren contratar hombres en vez de mujeres ya que ellas “se ponen a tener guaguas y es un gasto para la empresa”. Es desde ese mismo punto de vista que no nos parece extraño que los profesores la mayoría de las veces le llamen la atención a la madre porque los niños/as no hacen su tarea o no estudiaron lo suficiente,  sin preguntarse la responsabilidad del padre.

También desde ese punto de vista podemos llegar a avalar a las vecinas que critican a la madre que alimenta de una manera “poco sana” a sus hijos o a la madre que no le enseña modales… o el niño que no está lo suficientemente limpio -“¿cómo la madre es tan despreocupada?”-. Y vamos sumando tareas, exigencias, demandas en relación a nosotras, las mujeres, que nos llenan de dudas, inseguridades y funciones rígidas en torno a un rol femenino de crianza donde finalmente nos sentimos solas, sobrecargadas y con la sensación de que no somos capaces de responder a las demandas de lo que todo el mundo dice que hay que hacer para “ser una buena madre”. Muchos psicólogos trabajamos para que los padres comprendan que la mejor receta para criar hijos felices es, simplemente, ser felices: «enseñar con el ejemplo”. Sin embargo, si apoyamos la idea de que los hijos son responsabilidad de las mujeres, con la cantidad de demandas que esta sociedad realiza en relación a la crianza, difícilmente podremos ver a mujeres felices, criando hijos felices.

Existe un proverbio africano que dice “para criar a un niño, hace falta una tribu entera”. ¿Y qué significa “tribu”? Del latín tribus, una tribu es un grupo social cuyos integrantes comparten un mismo origen, así como ciertas costumbres o tradiciones. La tribu en nuestra sociedad lamentablemente ya no existe: en algún momento fue reemplazada por el clan, donde familia, hermanos, vecinos, apoyaban la crianza de una nueva vida y se apoyaban emocionalmente compartiendo sus propias vivencias en pro de facilitar la tarea de la madre.

Pero actualmente en occidente, sin ese clan, lo que se valora es la independencia (por no decir “individualismo”) y se promueve la experticia de “otros”, ayudando a que el conocimiento externo o el acceso a la información sea lo que defina lo que está bien o mal hecho sin promover la conexión interna y sin reforzar las emociones como la fuente “madre” de información.

Hoy por hoy entonces, sin tribus, sin clanes, lo que les queda a estos niños que llegan a la vida es, en el mejor de los casos, una madre y un padre como modelo de realidad social. Y si se tiene la “suerte” -por decirlo de alguna manera- de contar con ese vínculo que otorga el hombre en el proceso de crianza, se hace necesario que todas nuestras acciones y verbalizaciones refuercen la idea de que éste se involucre, por deber y por derecho (del niño) en la crianza de esta nueva vida. Porque como sociedad tenemos la responsabilidad de tomar conciencia colectiva de que al nacer un niño, no es un producto sobre el que alguien puede ejercer derecho de propiedad, sino que nace una vida que viene a aportar a esta sociedad y a mejorarla. En las tribus se celebraba esta llegada, este aporte; en nuestra sociedad, sin ir mas lejos, se les llama “cargas” a los hijos, despojándolos de todo protagonismo. Por tanto, si nuestra sociedad no es capaz de tomar conciencia de lo necesario que es que todos nos hagamos cargo de la llegada de nuevos niños a este mundo, ya sea a través de políticas públicas que protejan la maternidad y faciliten la crianza, al menos debemos ser conscientes de propender a que la crianza sea compartida por ambos padres y no reforzar la idea de que los hombres pueden desentenderse de este proceso sin que esto traiga consecuencias tanto en el niño, como en la madre, como en la sociedad en su conjunto.

Si contamos con una tribu para criar a nuestros hijos, será más fácil que ellos cuenten con más apoyo, más amor, más modelos de identificación. Por lo tanto, serán personas más tolerantes, más flexibles y más preparadas para adaptarse a nuevos conflictos, cambios, procesos vitales, etc. Lo mismo si contamos con un clan, con una familia de vínculos afectivos importantes, con una madre y con un padre involucrados en la crianza consciente. Si esto no resulta posible, estoy segura de que una madre puede entregar todo lo necesario para que un niño/a cuente con lo necesario para afrontar la vida de una óptima manera, sin embargo, también estoy segura de que en esta sociedad, para una madre que no tiene la presencia activa del padre de su hijo, todo es muchísimo más complejo, desde estar segura de tomar decisiones correctas a cada minuto, hasta la carencia de apoyo concreto en el día a día para poder desarrollar todas las funciones que demanda un hijo. Pero, por otra parte, si la figura paterna se encuentra presente, no podemos sino asumir que su rol en la crianza de su hijo resulta ser parte del derecho del propio niño a tener variedad de modelos afectivos, y en relación a la madre, tiene el deber de asumir su paternidad activa y responsable en pro de facilitar el desarrollo de la multiplicidad de roles a la que se ha visto expuesta la mujer en este difícil camino de la lucha por la igualdad de derechos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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