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Cuando se nubla el análisis

por 25 octubre, 2019

Cuando se nubla el análisis

Crédito foto: Jose Francisco Zuñiga/AgenciaUno

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Ha costado hacer análisis de la crisis social y política de los últimos días. Una crisis que ni los medios, ni la academia, ni los analistas políticos tradicionales supieron prever. Este estallido social o quiebre del “pacto social”, como se le ha venido llamando, requiere de otras formas de pensar y conocer. Tanto así que el fenómeno aún no tiene nombre. Hay quienes proponen “revolución alienígena” citando al audio filtrado de la primera dama, carnavalizando este estupor de las élites, esto que nadie pudo prever y pocos pueden explicar.

Escuchar a Carlos Peña en los programas de televisión defendiendo su mentada tesis de la “modernización capitalista” es observar el derrumbe de las formas de entender lo social desde el paradigma humanista que pone al Hombre y la Razón como el centro del orden. Peña describe la situación actual como “pandillas, desordenadas, con actitudes carnavalescas, orgiásticas huyendo de la policía” e insiste que “llamar a eso desobediencia civil es darle una dignidad que no tiene". En Canal 13 se refiere al estallido social como “una especie de contagio inevitable emocional instintual”. Para el analista político es incomprensible que este estallido sea considerado un movimiento social debido a que no hay “deliberación racional de ninguna índole” ni tampoco “una agenda de reivindicaciones, (...) listado de ideas, (...) orientación normativa” considerando que un “espasmo violento” -—como le llama— no es un accionar político. El académico pide a la clase política “mantener la cabeza fría” para volver a la racionalidad y el orden. Pareciera que la fuerte carga emocional de los hechos ocurridos en estos días no le permiten entender demandas que no sólo piden 30 pesos menos, sino una serie de otras mejoras a la vida cotidiana, demandas que más que analizar el actual sistema de pensiones o el negocio de las isapres para establecer un petitorio, surgen de la rabia por los bajos sueldos, las humillaciones cotidianas, la desesperanza en los consultorios, el agotamiento de los pensionados. Más aún, pareciera ser como si la emocionalidad de este “espasmo violento” no le permitiera escuchar los cacerolazos que se expanden por todo Santiago y a las distintas ciudades del país, como elementos reales, contantes y sonantes, que van moviendo el eje de lo político.

Las emociones están constituyendo nuevas identidades colectivas alrededor de este profundo malestar social que poco tiene que ver con la idea de una generación millenial de jóvenes consentidos e individualistas 

El feminismo conoce la frustración de establecer diálogos en los que lo emocional se excluye, pero llama particularmente la atención la ofuscación de ciertos analistas frente a eventos cargados de afectos. Chantal Mouffe, filósofa política que estaría presente en el próximo festival Puerto de Ideas, advierte hace años la importancia de distinguir entre “lo político”, la dimensión inherente de antagonismo en todas las sociedades humanas, y “la política”, el conjunto de instituciones, discursos y prácticas que organizan la convivencia humana y que son el resultado de la sedimentación de prácticas hegemónicas. La filósofa critica la insistencia de intelectuales y académicos liberales en establecer el “sueño del consenso” donde el conflicto y las pasiones serían invisibilizadas. Las pasiones serían la fuera más relevante a la hora de movilizar acciones y constituir identidades colectivas. Como ella, pensamos y sentimos que intentar eliminar el “contagio inevitable emocional instintual” del que habla Peña nos impide analizar y sentir este fenómeno. Sería necesario abrir aquí algún canal para que cuando el presidente diga “empatía” no retumbe en su vacío.

La académica feminista Sara Ahmed reflexiona sobre cómo las emociones hacen cosas y cómo han sido históricamente una práctica de control que cada vez parece ser menos eficaz. Las emociones han dirigido la política siempre: ese miedo desatado al otro, la rabia que moviliza el reclamo, el amor que levanta comunidades. Las emociones, claro está, se contagian, se mueven de ventana a ventana, de cacerola en cacerola, de música y recuerdos de generaciones pasadas a intensidades del presente; no basta desestimarlas como fuerzas que nublan el análisis. Las emociones están constituyendo nuevas identidades colectivas alrededor de este profundo malestar social que poco tiene que ver con la idea de una generación millenial de jóvenes consentidos e individualistas. Las y los jóvenes que han participado en movilizaciones estos días —esas generaciones que no llevan el miedo de la dictadura impregnado— tienen clara la importancia de lo afectivo en la constitución de lo político y lo enaltecen al levantar carteles que dicen “no sentir rabia es privilegio”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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