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Violencia Simbólica: La pandemia silenciosa

por 8 agosto, 2021

Violencia Simbólica: La pandemia silenciosa
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Han sido siglos de silencio, de abuso, torturas y de aguantar una y otra vez, en diferentes planos de nuestra existencia diversas manifestaciones del poder como una fuerza dominante y perversa. Llegamos a un momento de nuestra historia, en donde se está abriendo lenta y acompañadamente - de otras mujeres - nuestros rincones y espacios más vulnerables, más sensibles, esos que hemos callado por años. Gracias al poder de colectivas, activistas, mujeres que incentivan el pensamiento crítico, que nos han impulsado, re-educado, nos han enseñado y acompañado a cuestionar, y abrir los ojos en todos esos espacios en donde nos sentíamos incómodas, pero no sabíamos bien por qué, ahora esa “incomodidad” tiene nombre y apellido, y la hemos podido denominar e identificar, y se llama Violencia Simbólica.

La Violencia Simbólica refuerza los estereotipos, promueve la violencia contra la mujer, genera contenido fuera de contexto, nos cosifica, nos sexualiza, nos quiere jóvenes para siempre, castiga la diversidad y lucra con las inseguridades

La Violencia Simbólica está en la educación, en nuestras relaciones, en el trabajo, en los medios de comunicación, en la publicidad, las letras de canciones, en los dichos populares, en la literatura, en el  humor, frases clichés, juegos infantiles, en definitiva en todas partes. La fuerza de esta forma de violencia radica justamente en la naturalización y la normalización del orden impuesto, en su extremo la Violencia Simbólica nos pueden llevar a una pérdida de identidad y la marginalización extrema, solo por nombrar algunas consecuencias.

 Es tal el punto de su arraigamiento, que tendemos a creer que lo que nos pasa o lo que se comunica “siempre fue así” y por lo tanto, no hay cabida para el cuestionamiento. Gracias a la sororidad, muchas nos hemos atrevido a empoderarnos de nuestros propios testimonios, y en  ese compartir hemos podido destapar ollas de presión no solo personales, sino que también de otras, que estaban viviendo en soledad y en silencio. Haciendo de esta “cruzada” un proceso de cambio colectivo, que invita a desprivatizar los privilegios en todo nivel.

 Nos dimos cuenta que veníamos normalizando e invisibilizando cientos de conductas, patrones, paradigmas tóxicos, que nos estaban - y nos siguen - enfermando, atentando profundamente en nuestra salud mental.

 Como la Violencia Simbólica es “invisible” cuesta mucho evidenciarla, porque en determinadas ocasiones nos faltan los recursos en diferentes términos para poder dejarla en manifiesto, pero también no contábamos - hasta ahora-  con las redes de apoyo con perspectiva de género, amigas, profesionales, familiares, organizaciones y medios de comunicación como aliados que nos permitan desarraigar esta peste cultural.

Inicios de este concepto

Este concepto nace en la década de los 70, creado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, para describir las formas de violencia no ejercidas directamente mediante la fuerza física, sino a través de la imposición por parte de los sujetos dominantes a los otros sujetos, estableciendo de esta manera relaciones asimétricas - comandadas desde el poder - donde hay un "dominador" y un "dominado", los cuales no distinguen claramente u oportunamente la dominación ejercida, porque suele estar tan arraigada, normalizada en nuestra cultura que no es fácil darnos cuenta. He ahí donde hablamos del despertar, en un plano feminista.

 Las prácticas de la Violencia Simbólica han sido construidas socialmente, y caracterizadas por la reproducción de los roles sociales, estatus, género, posición social, por nombrar algunos ejes, que operan  sistemáticamente.

 La Violencia Simbólica refuerza los estereotipos, promueve la violencia contra la mujer, genera contenido fuera de contexto, nos cosifica, nos sexualiza, nos quiere jóvenes para siempre, castiga la diversidad y lucra con las inseguridades, esclavizando a cientos de mujeres a cumplir un estándar, invitándonos “sutilmente” a modificar nuestras conductas, nuestros cuerpos, nuestros rostros, nuestra espontaneidad, nuestra realidad, la Violencia Simbólica nos induce a ocultarnos si no estamos en la “norma”. En esta trampa caen muchas marcas, y personas que “influyen” en el consumo, encubriendo la promoción de marcas, detrás de mensajes motivacionales, que siguen reforzando el modelo que hay algo mal  y que hay que corregir. Haciendo de esta manera muy rentable a la ya denominada Industria de la Inseguridad. Hoy las mujeres y disidencias vivimos limitadas de mostrar nuestros cuerpos, expresar nuestra identidad,  y de movernos en libertad. Llegó el momento de hacer visible lo invisible.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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