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Ópera prima del realizador y periodista chileno Fernando Lasalvia (38)

Cultura - El Mostrador

“El incontrolable mundo del azar”, las incoherencias del despojo

por 30 junio, 2014

La película con que hace su debut detrás de las cámaras este conocido músico y comunicador nacional, representa una atendible propuesta de comedia negra, que más allá de lidiar con el teatro del absurdo, potencia sus secuencias en una visión esperpéntica de la realidad. Sin ser para nada un intento dramático fallido, el largometraje exhibe algunas falencias en la resolución argumental de las tres historias que lo componen. Y hace uso de una cámara y de una voz en off, que en vez de apelar al lenguaje visual de lo cinematográfico, hunde sus códigos en el periodismo y sus reportajes de investigación.
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“¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los que he llegado a tantas partes. Es una historia larga y, lo que es peor, confusa. La culpa es mía. ¿Qué hacer? No era mucho lo que podía hacer; a lo sumo, morir; pero no es fácil morir”.

Manuel Rojas, en Hijo de ladrón

azar3El trío de relatos escritos y filmados por Fernando Lasalvia son llamativos, y no dejan de tener un par de cualidades escasas dentro de los guionistas chilenos de la actualidad: ingenio y creatividad. Sin embargo, el problema es otro.

Y es que el libreto redactado por este periodista, lejos de evidenciar falencias serias de continuidad, cobijaría una falta de desarrollo dramático en la elaboración de sus personajes demasiado evidente. Para subsanar esa falencia, y en vez de confiar en la actuación de sus estelares, el realizador apostó a una voz en off con el propósito de que entregara esos detalles, y también, una cierta dosis de ironía y articulación escénica a la trama.

Los temas escogidos por el realizador con el objeto de estructurar la narración, resultan atractivos mirados desde una óptica artística: la caída de lo impredecible que nos acecha a cada momento, las pérdidas que asoman luego de una decisión en apariencia nimia y sin trascendencia como la de contratar a un profesor de alemán, la muerte que emerge después de que la cotidianidad adquiere las promesas de lo real y lo maravilloso ante nuestros ojos. Son tres cuentos que sin una unión “lógica”, tampoco están engranados de forma caprichosa: la libertad propia de la invención, los enlaza sin la necesidad de develar grandes explicaciones.

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Pero los caracteres de Lasalvia pecan de una blandura psicológica que los hacen poco creíbles. Una parte de la crítica emparentó a estos roles con los papeles de Wes Anderson, influenciados por el dato de que el realizador chileno tiene al creador norteamericano entre los santos de su devoción cinematográfica. Quizás pueden serlo superficialmente por la expresividad barroca que sigue la mayoría en su actuación. Los estelares del director de El Gran Hotel Budapest (2013), sin embargo, son de una complejidad interior que aquí no se aprecia salvo por atisbos, y en secuencias enumeradas con los dedos de una mano.

Un ejemplo. La segunda de las historias presentadas, la que cuenta con la personificación del cómico Fernando Larraín haciendo de Raúl Brito, y cuyo nudo dramático podría ser catalogado como el de mayor interés literario dentro del conjunto. Y es en su desarrollo, en efecto, donde se aprecia una carencia de profundización en la construcción narrativa de un reparto, que nos impulsa a cuestionarnos.

Estamos en una sucursal bancaria del centro de Santiago, y Brito se pone a la cola para realizar un trámite bancario. A todo esto, vemos al personaje caminar al frontis de la Municipalidad de Providencia, posteriormente pasear por la plaza Camilo Mori de Bellavista, y finalmente en un recinto financiero de la avenida Matta. Entremedio, el extravagante cuarentón almuerza en el local Santo Remedio de la calle Román Díaz… Si eso ya no son errores de continuidad, ignoramos qué podrían significar.

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Lo sorprendente acontece, empero, al interior de las paredes del establecimiento monetario. La voz en off nos informa que la vida de Brito cambiará imprevistamente, debido a la fuerza simbólica que adquiriría en el desenlace de la acción, la figura de una sensual mujer escotada que acaba de ingresar en la escena. Acto seguido, el cuadro que prosigue se olvida para siempre del hermoso arquetipo femenino y observamos a Larraín en la calle, disponiéndose a protagonizar la secuencia que marcará la conclusión del relato. De Pía, no obstante, jamás tendremos noticias, pese a la advertencia visual y sonora que recibimos de su importante presencia en la consumación del filme…

En cuanto al manejo de la cámara, la formación periodística de Lasalvia, creemos, le resta sorpresa al uso que hace del lente en la composición de los cuadros y de la regular fotografía de la cinta. Planos generales que destacan por su rigidez (las tomas al matrimonio ficticio de Nissim Sharim con María Elena Duvauchelle, son emblemáticas al respecto); y acercamientos que se aproximan más a la formalidad de un reportaje de investigación, en desmedro de las imágenes propias de una obra cinematográfica. Sensación estética refrendada por la presencia del narrador omnisciente ya citado, quien termina, debido a su constancia dramática de principio a fin, por transformarse en el verdadero protagonista de la película.

Insistimos que de Wes Anderson, Lasalvia sólo pide prestada cierta exterioridad y desmesura, con el fin de manifestar pasajes meramente descriptivos de la pieza: animaciones que aportan una dosis de viveza, al ejercicio de una cámara excesivamente discreta en su formulación visual.

No debemos buscar en la filmografía del estadounidense, a los referentes estéticos del músico-realizador en esta ocasión. Aquí, nos inclinamos por la comedia del mejor Woody Allen (La rosa púrpura de El Cairo y su ruptura de los espacios exclusivos de la ficción al interior de la realidad cinematográfica, por ejemplo), y a los experimentos de la Nouvelle Vague, en particular a los decretados por Godard y el Francois Truffaut de Besos robados (1968). De hecho, Larraín le birla una de estas caricias a una transeúnte, con la que se topa casualmente. Pero la comparación la anotamos, especialmente, por las miradas directas a la cámara de la dupla Sharim-Duvauchelle.

En suma, El incontrolable mundo del azar (2012) se alza como un filme de altas aspiraciones artísticas, que por fallas en la gestación de su guión, está privado de situarse en un mejor lugar en el imaginario del cine nacional, pensando en la posteridad y en las futuras creaciones de su talentoso director. Con verlo, se gana bastante, a pesar de todo.

 

 

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