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Cultura - El Mostrador

París busca recuperar la vida cultural de antes de los atentados

por 23 noviembre, 2015

París busca recuperar la vida cultural de antes de los atentados
 Una semana después de los atentados yihadistas que dejaron en la capital francesa al menos 130 muertos, los parisinos reivindican con su presencia en las terrazas de los bares una nueva forma de resistencia que hace gala sin estridencias del lema de la ciudad: "Batida por las olas, pero no hundida".
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Esa es la leyenda que se puede leer todavía en mensajes que llenan las aceras de "Le Carillon" y "Le Petit Cambodge", donde murieron 15 personas y donde el único perímetro de seguridad lo marcan ahora las cientos de flores y velas que han copado sus accesos.

A las 21.20 horas de ayer (20.20 GMT), justo siete días después de que comenzara la oleada de ataques reivindicada en nombre del autoproclamado Estado Islámico (EI), París se echó de nuevo a la calle, esta vez no para guardar un minuto de silencio, sino para reivindicar con luces, música y ruido que la vida sigue.

Frente al Bataclan, la sala donde se registraron al menos 89 fallecidos, un largo aplauso, emocionante pero no triste, homenajeó a las víctimas y terminó con el himno de la Marsellesa, el reclamo ciudadano en contra del miedo.

La convocatoria había sido lanzada por intelectuales y artistas franceses en una tribuna publicada en el diario "Huffington Post", en la que instaron a ocupar los cafés, calles, plazas y ciudades "para demostrar, de nuevo, que la cultura continuará brillando y haciendo brillar las luces de la esperanza".

"Está fuera de cuestión el dejar de vivir", explica a Efe Julie Farris, de 23 años, que anoche fue a un concierto en la capital y después se acercó a alguno de los escenarios de la masacre "por necesidad, porque reconforta ver todos los mensajes de paz".

La noche, fría y lluviosa, no contribuyó a que los clientes colmaran las habitualmente estrechas terrazas, pero pasado el primer fin de semana, en los que en las calles solo hubo vacío, la ciudad sí ha recuperado su pulso y, con este, sus tradiciones.

"Hemos tenido gente todos los días. Algo menos que antes (de los atentados), pero cada vez más", explica a Efe Fabien, camarero en "Le Bouillon", en el centro de la capital.

Los ataques, el avance de la investigación judicial o la actuación del Gobierno han sustituido conversaciones más banales, pero han mantenido los bares como punto paulatino de intercambios y encuentro.

"Aguantamos el golpe", añade el responsable de "La Grisette", Florien Guerrier, cuyo establecimiento se encuentra a apenas 200 metros de la "Bonne Bière", donde el conocido como "comando de las terrazas" asesinó a quemarropa a cinco personas.

Ese último escenario presenta, como el resto, un flujo constante de gente que se acerca por curiosidad o respeto, y que en su particular periplo por los enclaves atacados no duda en dejar banderas o flores.

"Es difícil ver tu lugar de vida convertido en lugar de peregrinación, pero al mismo tiempo necesito que se mantenga así", señala a Efe Maelyf Lelevreur, directora de guardería que evitó la catástrofe porque sus planes de cena el viernes en "Le Petit Cambodge" se cambiaron a última hora por una salida al cine.

Ella, que vive a dos pasos de la "Bonne Bière", todavía no se ve capaz de tomarse algo en las terrazas, pero perdió pronto el miedo a salir a la calle y al transporte público.

"Cada uno tiene su manera de mostrar su solidaridad", indica esa persona que asegura haber pasado los tres primeros días llorando, y que a partir del cuarto le pareció curativo ver reflejado su dolor en la conmoción de la gente.

En la mente de los ciudadanos sigue rondando la idea de que los fallecidos eran rostros reconocibles, vecinos con los que se podría haber compartido la misma suerte.

"Nos podía haber pasado a cualquiera, pero la vida sigue", concluye Gautier, que trabaja en una empresa de gran distribución y resume con esa filosofía el sentir de una ciudad que "fiel a sí misma, no cede", como dijo ayer el primer ministro, Manuel Valls.

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