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Crítica de cine: “El príncipe inca”, coordenadas sanguíneas en las alturas

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A la manera de un viaje personalísimo, pero “escrito” en un lenguaje fílmico, el artista visual Felipe Cusicanqui (1977), emprende la búsqueda de su parentela boliviana e indígena, esa ignota, misteriosa y aristocrática, venida por el lado paterno. Guión y montaje se unen en aquel esfuerzo narrativo, sobre el cual se mantienen la coherencia argumental, el interés y la agilidad descriptiva. Con instantes de sugerente conceptualización y teorización estética, el tercer largometraje documental de esta realizadora chilena, la instala como un nombre propio en la exigente órbita de las autoras dedicadas a cultivar este formato de registro.


Felipe Cusicanqui siente la crisis de los 40 años. Que aseguran, es más fuerte y catastrófica que la de los veinte. Trabaja la tierra, sus elementos, y otras sustancias artificiales, a fin de configurar su propuesta como creador pictórico y visual. Una terapia lo reconcilia con la estampa de su abuelo, ese inmigrante boliviano, que decía descender de la nobleza incaica, la elite del pueblo andino que forjó el mayor imperio prehispánico de la América del Sur. El artista, confiesa a la cámara, siempre se sintió “distinto” a sus pares en el colegio, a los otros niños del barrio, por ejemplo, debido a los relatos genealógicos que le transmitía el papá de su padre. Un hombre adusto, severo, un ingeniero químico casado con una inglesa.

Para ser uno sólo el protagonista, El príncipe inca (2016) se inserta en la retina, con la compenetración y la algarabía dramática de una historia múltiple y coral. Un acierto de Ana María Hurtado. El largometraje documental jamás aburre (pese a la intimidad circunscrita de la oferta), y las peripecias, las confesiones emocionales de Cusicanqui, guardan la distancia, la prudencia, la contención, y de esa forma, el interés permanente de la audiencia.
Hablar públicamente de la familia es un asunto difícil y complicado. Afloran traumas, situaciones vergonzosas, sinceridades que atormentan. Voz y lente, deben trasladar esas sensaciones a quienes observan aquel drama ajeno. La escena abierta, y en perpetuo desplazamiento (la trama es un viaje en persecución de los orígenes inéditos), a través del norte de Chile, y el Altiplano boliviano, hasta llegar a La Paz, ayudan en la génesis de una abstracción identitaria, y audiovisual, sostenida por un registro simple y claro, salvo ciertas apuestas que duran una secuencia, o que intentan balbucearse mediante el montaje (nubes que también corren, el viento que golpea las montañas, los oasis y al desierto, por supuesto).

Es un diario que no se escribe: pura verbalización hacia la cámara. Sin pudor, aunque ahorrando detalles escabrosos. El nieto se coloca en el lugar de ese ancestro dañado por las circunstancias, por la soledad y la nostalgia. Quiso regresar a La Paz con su esposa, y muere su primogénito a causa de un virus absurdo y evitable. Debe volver a Santiago de Chile, al racismo, a la distinción que es diferencia, a la mirada rencorosa y auscultadora, de los mestizos que se creen blancos. Cusicanqui lo sintió desde chico: él se define como “raro” y diferente, porque su abuelo así se lo transmitió, en una postura vital, honesta y lapidaria. Y también, ojo, en el pensamiento de tener la conciencia de poseer una extraña y misteriosa superioridad.

El desierto es un sendero audiovisual, mientras se sube la Cordillera, con el propósito de conocer el origen, el comienzo de la sangre que recorre el cuerpo. Heridas que se confunden con la particularidad de esos parajes, con las preguntas de Felipe a los desconocidos del camino, con las consultas y las declaraciones de esos parientes improvisados y numerosos, que se descubren al seguir las pistas y la ruta de Manuel Hernán Cusicanqui Ribera, su abuelo profesional e ingeniero. Orfandad, abandono material, añoranza espiritual, son señas que esa cámara recoge de su tránsito por esos pueblos ocultos entre valles, mitos y montañas rocosas.

Un anciano mira la puesta de sol, y una sobrina le trae y obsequia un cálido té. Luego se refugia en su sencilla habitación, los huesos fríos, entumecidos, necesitados del calor de las sábanas, de las frazadas y de los cueros de su cama. A la espera de un evento, de una noticia que resuelva el enigma y la incertidumbre. El contrapunto estético es profundo y conmovedor: Felipe Cusicanqui busca con la energía poderosa de un hombre joven. Ese tío anónimo aguarda el desenlace y el final impávido, como si ya supiese el significado del secreto que a su movedizo sobrino le atormenta: de dónde vengo, cuál es el espacio físico por el cual caminaba y sentía el aire, la tierra, el sol y las estrellas, ese ancestro fundador de la familia. El lago Titicaca entrega respuestas. De ahí proceden los incas, y por ende, también, mil años atrás, el protagonista de este filme.

La opción de Ana María Hurtado por conducir su obra hacia los terrenos narrativos de la simpleza fundamental, y la llaneza de argumentos y nudos estructurales con el objeto de exponer la trama, además de acertada, resulta un pilar audiovisual a la hora de enumerar las virtudes del presente largometraje documental. La historia se aprecia, de ese modo, contundente, amena, entretenida, y en la atmósfera de una suerte de reflexión antropológica “magazinesca”, que se vale del uso de técnicas audiovisuales para completarse. Y La Paz se acrecienta como una ciudad moderna, atrayente, lejos de la precariedad con que se empecinan en exhibirla, decenas de productos televisivos y cinematográficos, de difusión corriente.

Felipe Cusicanqui llora, y todos nos reconciliamos con la figura de ese abuelo en apariencia “frío”, y en el fondo caudal y torrente de un sentimentalismo escondido, trunco, imposible de salir a la intemperie de la verbalización. Por instantes, las intervenciones que efectúa el mismo pintor con su obra (filmadas por Ana María Hurtado), recuerda a los títulos de la documentalista ítalo-chilena Bettina Perut. Sin ser propiamente video arte, las operaciones creativas del personaje estelar, se mezclan con el vértigo de un montaje madurado por la fluidez de querer manifestar un tema preciso, sin ambiciones ni pretensiones absurdamente innovadoras.

El príncipe inca es una película para enumerar y detenerse en los recuentos y festivales conmemorativos de fin de año y del verano, del sosiego y del descanso estival. Son 81 minutos de secuencias, que se disfrutan “volando”. Los únicos problemas de resolución, se pesquisan hacia ese final abrupto: la cámara evita exponer el retorno de un Felipe más consciente de sus orígenes y prosapia, y La Paz pudo haber adquirido los contornos de un territorio de la esperanza y de un mapa de la identidad redescubierta. La casa del abuelo requería de una mayor ostentación, que el foco la hubiese desnudado por completo, en efecto, a fin de mostrarla no sólo para el álbum fotográfico de los Cusicanqui: compartirla hacia los demás era el imperativo. Como testimonio de que las casas de los abuelos, añosas, en ruina y a una piedra de caerse y de desaparecer, siempre necesitan guardarse en la memoria, en la retina, en los afectos que justifican el llanto y el consuelo futuros.

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