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En su propia trampa: La televisión como un vulgar remedo y parodia de la justicia

por 2 noviembre, 2016

En su propia trampa: La televisión como un vulgar remedo y parodia de la justicia
En la serie Explotan y abusan de la curiosidad de las personas, cuando no de la más básica morbosidad, atribuyéndose el conductor de este espacio unas cualidades que ni siquiera los fiscales del Ministerio Público se atreverían a esgrimir, generando un cuadro televisivo-periodístico que aparece como un muy lamentable, frívolo y vulgar remedo de la justicia. Todo en procura del impacto fácil, de la apelación a impulsos básicos, en imagen y sonido, con derroche de efectos especiales; sin freno, sin límites.
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Parece increíble que, a estas alturas, la televisión chilena (Canal 13) exhiba cada semana un programa (En su propia trampa) que vulnera de manera flagrante principios elementales de la ética periodística, y que violenta derechos humanos básicos, como es el derecho a la intimidad y la inviolabilidad de la vida privada, sobre la base de erigirse en una especie de justiciero mediático autodesignado. Explotan y abusan de la curiosidad de las personas, cuando no de la más básica morbosidad, atribuyéndose el conductor de este espacio unas cualidades que ni siquiera los fiscales del Ministerio Público se atreverían a esgrimir, generando un cuadro televisivo-periodístico que aparece como un muy lamentable, frívolo y vulgar remedo de la justicia. Todo en procura del impacto fácil, de la apelación a impulsos básicos, en imagen y sonido, con derroche de efectos especiales; sin freno, sin límites.

Sorprende que, en este propósito editorial, muchas veces cuentan con la ayuda, la complicidad habría que decir, de funcionarios de Carabineros de Chile, para montar un espectáculo lastimoso, triste, decadente, que envilece más de lo que ya están los contenidos de la televisión abierta. Así, se va generando el ambiente y el contexto dramático y emocional propicio que permita la triunfal aparición en escena del conductor del programa, una especie de defensor de los débiles, exigiendo a sus víctimas confesar sus malas conductas e instándolos a cambiar de vida, a enrielarse por el camino de la honestidad y del bien. Una visión verdaderamente lindante con lo más grotesco que se ha visto en nuestras pantallas, la quintaesencia del sensacionalismo.

Tan ajena, por lo demás, a los principios elementales de un estado de Derecho, en que debiera evitarse y desincentivarse que las personas hagan justicia por su propia mano, y mucho menos apoyadas por todos los recursos de una producción de televisión, y el acceso quizá desmedido, o no suficientemente regulado, que esta tiene a las instituciones policiales. Se entrega un mensaje tremendamente negativo y disolvente a la sociedad, al mostrar que se puede prescindir de la justicia institucional, que se puede festinar el principio del debido proceso (racional y justo), que se pueden vulnerar abiertamente derechos básicos de las personas (incluidos imputados, acusados y condenados) y que, quizá esto es lo más grave desde el punto de vista de la responsabilidad social de los medios de comunicación, se pueden difundir contenidos que ofuscan la consciencia moral y despiertan pulsiones instintivas en las personas.

Claramente, no es de esta forma como se promueve un periodismo responsable, se eleva el nivel general de la televisión, se trata con un mínimo de respeto a las audiencias; ni mucho menos se construye una sociedad equilibrada, reflexiva, integrada, solidaria. Más bien, contenidos como el de este espacio televisivo ayudan a consagrar el temor y la desconfianza.

Gustavo Adolfo Cárdenas Ortega
Comunicador Social, Licenciado en Ciencias Jurídicas

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