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Destacado escritor cubano dictó dos charlas en el Festival Puerto de Ideas

Cultura - El Mostrador

Leonardo Padura: "¡No me preguntes qué va a pasar (en Cuba) con Donald Trump, porque no lo sé!"

por 21 noviembre, 2016

Leonardo Padura: “¡No me preguntes qué va a pasar (en Cuba) con Donald Trump, porque no lo sé!”
El ganador del premio Princesa de Asturias y autor del "Hombre que amaba los perros" confiesa que "estamos en una época en que se han perdido muchas confianzas. Los grandes proyectos colectivos no han funcionado y lamentablemente no hay una utopía que los sustituya, al contrario, estamos a punto de vivir tiempos muy complicados". Si bien afirma desconocer que pasará en su país con Trump, asegura que " sí hemos perdido grandes valores que caracterizaron a lo mejor de la condición humana".
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Leonardo Padura asistió al Festival Puerto de Ideas, que se celebró recientemente en Valparaíso. Ahí, el escritor habanero, uno de los más destacados de Cuba y América Latina en la actualidad, conversó sobre su obra, obsesiones, sueños e ilusiones perdidas.

Visiblemente cansado –confesó que esta era la entrevista número 40 que daba en tres días—, pero siempre amable y sencillo, el autor de El hombre que amaba los perros fumaba tranquilamente de cara al mar Pacífico mientras nos contaba detalles de su nueva novela, y sobre la Cuba que palpita en las páginas de cada una de sus obras, la misma que, confiesa, lo acompaña a todas partes.

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-En el discurso que ofreciste al recibir el premio Princesa de Asturias el año pasado dijiste que tienes tres patrias: Cuba, la lengua española y tu trabajo

-Es verdad. Ese era un discurso muy difícil, porque quería decir muchas cosas y tenía poco tiempo –incluso negocié para que me dieran unos minutos más—. Quería hablar de cosas esenciales: ni coyunturales, ni de carácter personal; ni afectivas, ni desafectivas. Y por eso hablé de la pertenencia. En mi caso es muy importante saber que pertenezco a una cultura, a una generación, a un país, a una ciudad, a un barrio y a una casa. Todo eso es como un embudo, al final del cual estoy yo sintiendo que soy lo que soy por todas esas circunstancias, pero sobre todo por el hecho de que tengo un lugar sobre mis pies que se llama Mantilla*, donde está mi casa y donde está mi vida.

Antes de recibir el Princesa de Asturias pensé mucho en cómo hacer patente el hecho de que soy el primer escritor cubano que gana ese premio; entonces pedí que se me permitiera violar el protocolo que exigía presentarse a la ceremonia con traje oscuro, y me dejaron ir con una guayabera. Y para rematar, llevé una pelota de béisbol. Creo que los cubanos sabemos lo que eso significa: Cuba puede estar dentro de una pelota de béisbol; el mundo puede estar en una pelota de béisbol.

Esos tres territorios que mencioné han sido importantes para mí: Cuba es mi cultura; la lengua española es mi modo de expresión (soy escritor, si fuera pintor o cineasta a lo mejor la lengua no tuviera la misma importancia para mí); y creo que si he podido conseguir algo es gracias a mi trabajo. Soy un empecinado.

-También has dicho que para escribir te basas en la espiritualidad del cubano. ¿Cómo deberían entender eso tus lectores? ¿Escribes desde la religiosidad y el sincretismo? ¿Desde otras creencias?

-Yo no soy religioso: soy agnóstico… Hace poco me preguntaban en Brasil si era socialista, y aunque en ese momento no tuve la respuesta después la pensé: soy un heterodoxo de izquierda. Creo que hay que tener algo más allá de toda la parafernalia material que nos rodea.

En un país con tantos años de carencia eso se convierte en una necesidad. Para mi generación –de finales de los años setenta— llegar a tener unos jeans era un premio, lo más grande. Hoy en Cuba, si no vas a la escuela primaria con unas zapatillas de marca empiezas a ser visto como “diferente”. Eso está pasando en un país pobre y empobrecido, se están perdiendo valores que son los que hacen del ser humano lo que es. Por eso creo tanto en la espiritualidad.

Por ejemplo –sin importar que no sea religioso—, la novela que estoy escribiendo ahora tiene que ver con una virgen perdida. Es una virgen que se supone que hacía milagros desde el medioevo; tenía un poder. Con eso estoy tratando de reflejar cómo el ser humano siempre ha necesitado confiar en algo para poder seguir adelante.

Estamos en una época en que se han perdido muchas confianzas. Los grandes proyectos colectivos no han funcionado y lamentablemente no hay una utopía que los sustituya, al contrario, estamos a punto de vivir tiempos muy complicados. ¡No me preguntes qué va a pasar con Donald Trump, porque no lo sé! Pero sí sé que hemos perdido grandes valores que caracterizaron a lo mejor de la condición humana.

-En tus novelas hablas frecuentemente de la década de los setenta en Cuba. ¿Qué ha cambiado de entonces hasta ahora? ¿Qué permanece?

-Creo que los años setenta en Cuba no tuvieron movimiento, sino una ortodoxia absoluta. Se trató de instalar el realismo socialista en la cultura cubana: todas las películas tenían que ver con mujeres que querían liberarse y con negros que se liberaban. Esa fue la época de los llamados negrometrajes, porque todas las películas trataban sobre negros esclavos. Escritores como Virgilio Piñera y José Lezama Lima estaban marginados y estigmatizados. Prácticamente todos los escritores cubanos con alguna capacidad artística lo estaban.

Después, en la década de los ochenta, hay un pequeño movimiento de recuperación de la cultura en el país, pero en los noventa llega la crisis, y ya sabemos lo que significó en todos los sentidos la vida económica. En consecuencia, la industria cultural cubana se desmontó.

Actualmente, la producción de la industria cultural en Cuba ha disminuido, pero no la creatividad. En estos momentos, por ejemplo, hay un debate instalado en torno a la aprobación de la ley de cine. La oficialidad cubana no quiere que se apruebe dicha ley, pero los cineastas exigen que se apruebe porque eso significaría la legalización de una serie de mecanismos de producción cinematográfica que ya operan en la práctica. Creo que debates como este eran imposibles en los años setenta y ochenta. Una literatura como la mía era imposible en esos años; no que la escribiera o publicara, sino incluso que la pensara. Primero, no me tocaba a mí pensarla; pero quienes escribían en esos años no la pensaban. Ahí se dio un fenómeno llamado el quinquenio gris. Incluso grandes escritores como Alejo Carpentier escribieron sus peores novelas en esos años, pensando que eso era lo que debían escribir.

Creo que, a pesar de que aún faltan espacios de reflexión y de debate para discutirlo todo y opinar, en ese sentido estamos mejor que antes.

-Decía José Martí que “la crítica es el ejercicio del criterio”. Desde ese punto de vista, y considerando que en ocasiones encontramos escritores que se hacen pasar por críticos para llamar la atención de los medios, ¿cuáles crees tú que son las exigencias para ser un verdadero artista crítico?

-A veces la gente a la hora de crear piensa: “¿Qué es lo que puedo criticar para que algo funcione?”, y ese no es el camino. Pienso que el camino es tener un pensamiento crítico, y eso te ayudará a encontrar qué cosa es lo que hay que criticar. Me parece indispensable la existencia de la crítica en la sociedad, y más en una sociedad como la cubana en la que a veces una simple opinión se puede convertir en un problema del carácter político.

El otro problema en Cuba está en que muchas veces hay ausencia de crítica desde perspectivas de poder que tienen la posibilidad de discutir y promover el debate. Me estoy refiriendo especialmente al periodismo, que no cumple con ese rol. Ocasionalmente lo cumple por campañas, por órdenes o porque es lo que hay que hacer en ese momento, pero no es algo orgánico.

Sin embargo, creo que el arte cubano sí ha asumido orgánicamente una postura crítica, porque lo ha sentido como una necesidad propia. Tanto en el cine, como en la literatura y el teatro vemos constantemente manifestaciones críticas de todo tipo. A veces toda problemática que tiene que ver con Cuba se reduce sólo al aspecto político, y una sociedad es mucho más que lo político –a pesar de que en Cuba la política lo permea todo—. El arte cubano plantea toda una serie de opiniones sobre problemas sociales, generacionales y familiares que están en el ambiente, discutiéndose, y creo que esa crítica es indispensable. Incluso creo que ese tipo de crítica debería ser mucho más promovida por los medios oficiales.

-En tu literatura siempre encontramos alguna referencia a un tema muy cubano: el huracán.

Creo que el huracán es un elemento esencial de la cultura cubana, al igual que el béisbol, los flamboyanes de mayo, el son y el sentido gregario de los cubanos (que tienen que andar todos juntos y llegan a tu casa sin avisar).

El huracán es parte de la cultura cubana incluso antes que Cuba tuviera conciencia de sí misma. En las culturas aborígenes el huracán era considerado un dios maligno, destructivo, y se conservan algunas pequeñísimas figuras de barro en que está representado como una espiral.

En el caso de mi literatura, tal vez tiene que ver con una cuestión familiar. A lo que más miedo le tenía mi padre era a un ciclón. Quizá fue algo que mamó de la teta de mi abuela, porque él tenía 8 días de nacido cuando pasó el ciclón de 1926 y lo pasaron en lo que en Cuba se llama un barentierra (variante de choza campesina). Mi padre les tenía terror, y quisiera que tú vieras como se ponía cuando venía un huracán.

De hecho, José María Heredia, el primer poeta cubano, le escribe al Huracán: le dedica un poema.

El Huracán es uno de los elementos naturales que más propicia el cambio. En la naturaleza del Caribe es destructor, en un primer momento. Y luego es regenerador, porque arrasa para que nazca lo nuevo. Ese símbolo está muy claro en mi libro Paisaje de Otoño, luego lo recupero en La novela de mi vida. También en El hombre que amaba a los perros, ese huracán que promete arrasarlo todo y nunca llega. Esa es una de las constantes de mi trabajo como escritor, de mis miradas hacia lo cubano.

-Estos son tiempos de migraciones. De hecho, en Chile hay cada vez más migrantes provenientes de distintos países. Hay artistas que, por distintos motivos, tienen que migrar de su país, dejando atrás su cultura. ¿Qué le dirías a esos artistas que por alguna razón han tenido que migrar?

-Creo que cada cual debe tener distintas opciones de vida, y poner en práctica la que mejor considere.
En mi caso específico, yo pude haberme ido de Cuba desde hace muchos años. Yo viajo con mi mujer, o sea que ni siquiera hubiera tenido que dejar a mi esposa atrás en esa aventura. Pude haberlo hecho, pero no lo hice porque yo necesito la cercanía de ese contexto, de esa forma de ser, de manifestarse, de reírse, de joder de los cubanos.

Es muy difícil, sobre todo para un escritor, reciclarse en otras circunstancias. Yo tengo el pasaporte español también, así que yo pudiera perfectamente ir a vivir a España como un español más, y sería lo que soy: un cubano con ciudadanía española. Nunca sería español y mucho menos un escritor español. Un escritor es el resultado de la pertenencia a una cultura, y yo soy un escritor cubano. A estas alturas ya no puedo ser otra cosa, y creo que nunca quise ser otra cosa.

Escribí una novela como Herejes precisamente para hablar del sagrado derecho del hombre a ejercer su libertad por su libre albedrío. Yo creo en la libertad de elección. Y no estoy hablando de un tema político nacional, estoy hablando del individuo; creo que todo individuo debería tener el derecho a escoger. Es un principio sagrado.

-Recuerdo una frase tuya: “La libertad es la medida de muchas felicidades”

Creo que lo primero es tener la capacidad de escoger, a partir de las capacidades y necesidades de cada uno. Y saludo al que se queda en Cuba tanto como al que se va de Cuba, y a ambos los entiendo. No se es menos cubano porque estés en la Patagonia, en Groenlandia o en Mantilla; creo que cada cual lleva su patria dentro de sí.
Aunque hay personas que se adaptan mejor a otra cultura, creo que la profesión de escritor es una de las más difíciles para encontrarte en una cultura que no es la tuya.

-¿Qué te ha parecido este festival? ¿Cómo ves la producción artística literaria de Chile actualmente?

El Festival Puerto de Ideas me parece un proyecto muy bonito. Me parece bien poner ideas en movimiento, establecer diálogos, crear debates, generar polémica, y que no sólo quienes nos sentamos en la mesa seamos tan inteligentes y los demás tengan que escucharnos, sino que también el público sea escuchado y diga sus puntos de vista. Creo que es un festival que se hace con recursos mínimos, pero tiene una ambición máxima, y eso es importante.

Respecto a la producción literaria chilena, no podría darte un juicio porque no la conozco lo suficiente, y en este momento no conozco ninguna literatura como para dar un juicio valioso. Desde hace más de diez años he estado escribiendo novelas históricas más que policíacas, y eso me ha implicado leer historia, crónicas, sociología, todo lo que me apoya en la escritura de esas novelas, a tal grado que he perdido el ritmo de otras literaturas. Incluida la cubana, lamentablemente.

*N. R. Mantilla: localidad ubicada en la zona periférica de La Habana donde Leonardo Padura habita desde que nació.

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