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Autodefinido como mestizo latinoamericano, su nueva antología se lee como una memoria cultural

Cultura - El Mostrador

Clemente Riedemann, el poeta de los páramos australes: “Los sueños fueron grandes y las rupturas trágicas”

por 26 marzo, 2017

Clemente Riedemann, el poeta de los páramos australes: “Los sueños fueron grandes y las rupturas trágicas”
Atávico y contemporáneo, el poeta que presentará su antología “Una casa junto al río” durante el mes de abril en Santiago, habla de su escritura y del Chile que ya no es. Asegura que la cultura popular fue aniquilada y que, si bien la producción cultural está “mercantilizada”, la belleza aún se resiste y lo poético “de alguna u otra manera” acompaña la vida de los seres humanos.
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Clemente Riedemann (Valdivia 1953), hombre del sur y descendiente de colonos alemanes, trae consigo la voz de la tierra. Aunque también reconstruye imágenes de un país del más allá o un río austral. Como todo escritor o labrador con pala en mano, el poeta hereda el tiempo ancestral y se ilumina con la luz de un faro para dejar su embarcación en un terruño seguro, el que no es otra cosa que su propia palabra.

Riedemann se define como un mestizo latinoamericano que reconoce identidades. Creció junto a un ferrocarril y cerros cubiertos de bosques junto a su padre, un mecánico de automóviles que tenía un garaje en donde asimiló la familiaridad de los motores y el mundo natural al mismo tiempo. Todo ello, un universo que hoy llama poesía. Lugar en donde se mueve como pez en el agua y en donde habita su esperanza y también la desazón. Mixtura que es parte de formas que transitan en distintas direcciones desde el “verso libre” hasta “el tenedor libre”, como el mismo dice.

Poeta y ensayista, ha trabajado con la “suralidad” como término de identificación territorial dedicando parte de su escritura al cosmos mapuche. Sin embargo, a través de su mestizaje, se explaya en diferentes contornos con lucidez y franqueza. Hoy considera que la vida en Chile previa al Golpe Militar era una “mierda” y que una de sus opciones ha sido dar cuenta de ese derrumbe. Elementos que están presentes en su memoria cultural como el define “Una casa junto al río” (Descontexto editores) con singularidad, lo que, a ratos, nos propone desarraigos y enclaves por descubrir.

Riedemann quien fue colaborador en sus inicios del dúo musical Schwenke y Nilo, es parte de varias antologías y ha recibido los premios Pablo Neruda, Municipal de Santiago y Casa de las Américas. Es autor entre otras obras de Karra Maw'n Primer arqueo, Gente en la carretera, Isla del rey, Coronación de Enrique Brouwer, Caballares y Mapa poético territorial,

-Con Una casa junto al río, su primera antología de reciente publicación, parece traernos nuevamente a la evocación y las nostalgias de un país imaginario.

-En rigor se trata de una memoria cultural, una valoración de la vida colectiva que nos ha tocado disfrutar y sufrir como país. No existe, de mi parte, ningún deseo de volver al pasado para refugiarme en una supuesta seguridad. Regreso en viaje de exploración, para buscar algunas percepciones y conceptos que me sean de utilidad para interpretar de manera más completa los asuntos del tiempo presente. Podría ser que aquello que usted denomina “país imaginario”, se trate en realidad de un “país obliterado”, aquella parte de la vida que el autoritarismo político o familiar intento borrar para instalar una versión oficial menos traumática de la memoria colectiva.

-Desde su mirada retrospectiva ¿Qué hay de ese país y aquellos tiempos de sueños y rupturas que vivió como estudiante en la Universidad Austral de Valdivia, en los años previos al Golpe Militar?

-La vida corriente por esos días era una buena mierda, con el país dividido y enfrentado con odiosidad. Puesto que los sueños fueron grandes y las rupturas trágicas, opté por registrar sus ruinas, recoger algunos escombros humeantes como testimonio de mi generación. El esplendor y aniquilación de la cultura popular emergente queda expresada con el bestial asesinato de Víctor Jara.

-La fractura que produce el golpe el año ´73 en Chile, sin duda tiene un componente traumático y en especial para militantes de izquierda como usted en esos años. Hoy a más de dos décadas de post dictadura ¿Cuál es su evaluación del ambiente creativo y cultural que se vive en el país en la actualidad?

-El que se corresponde con la ideología neoliberal: individualismo de las iniciativas y mercantilización del trabajo y el producto cultural. En términos de la calidad estética de este último hay dimensiones nuevas, como la expansión del arte hacia los espacios urbanos abiertos, a través de la publicidad, donde la arquitectura y el diseño aparecen como las disciplinas con el mayor desarrollo, al igual que en los espacios rurales donde progresivamente se moderniza el paisaje campesino tradicional, convertido ahora en industria agrícola y opción residencial para gentes citadinas. Por otra parte, las nuevas tecnologías electrónicas han posibilitado avances notables en el arte audiovisual y han revolucionado los métodos de trabajo en todas las disciplinas. Desde el punto de vista político, la creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes procuró que la cultura tuviese una dimensión transversal a todas las actividades ciudadanas, pero dejó de ser tema y la naciente institución se convirtió rápidamente en una gran productora de espectáculos, un traje a la medida del mercado, con diversificación de la oferta financiera y obras de bajo impacto artístico, en la línea de lo que Néstor García Canclini llama “la sociedad sin relato”, donde la saturación de imágenes y textualidades torna deseable el vacío como expresión; y “arte postautónomo”, donde las fronteras convencionales de lo estético se han diluido en su mestizaje con el marketing, el diseño y la publicidad.

-Usted escribió Primer Arqueo (1989) que habla de la vida de los chilenos bajo la dictadura militar. ¿Es la voz del chileno y su semblante muy diferente desde su subjetividad hoy?

-Cada época tiene su épica. Y la sociedad habrá de ir adecuándose a las nuevas condiciones generales de la vida en cada situación. En los ochenta vivíamos bajo una dictadura formal en todas las dimensiones de la realidad social, en cambio ahora asistimos al colapso de los valores occidentales naturalizados por el colonialismo europeo, proceso en el que las propias instituciones tradicionales han hecho su contribución más significativa al corromper su ética y doblegarse ante el poder del dinero. En este marco, comunidades que anteriormente creían o confiaban –incluso incondicionalmente- en iglesias, partidos, corporaciones y gobiernos de cualquier signo, hoy han dejado de hacerlo y se han restado a seguir colaborando voluntariamente con la simulación periódica del voto ciudadano y parecieran más bien proclives a abstenerse, cuando no a negociar respaldos circunstanciales a cambio de avances concretos en su calidad de vida. Esto último me parece lo mejor para las comunidades en la defensa de sus intereses.

-Usted es un descendiente de la colonización alemana en el sur de Chile que sin embargo se ha internalizado desde la poesía y la antropología en la cultura Mapuche ¿Se considera un poeta chileno, descendiente de alemanes, que interpreta una tradición cultural originaria?

-En términos étnicos me reconozco como un mestizo latinoamericano que trabaja con los elementos interiores y exteriores del contexto cultural que ha formado mi imaginario. Sabido es que el sur de Chile brinda espacios y oportunidades para el contacto interétnico y para la expresión de un discurso transcultural. Pues bien, formando parte de ese contexto se explica cómo el tema mapuche ha llegado a formar parte de mi identidad como escritor. Comprendo que existan personas que se nieguen a aceptar esta diversidad y prefieran creer que el país es culturalmente homogéneo, pues asì les resulta menos complejo su gobierno y administración interior. Son las mismas personas que prefieren creer que los mapuche son sólo una comunidad originaria y no una actual, lo que les impide comprender la legitimidad de sus demandas ancestrales. Y esta aparente miopía antropológica del estado chileno responde a la obligación de resguardar los intereses materiales de las clases dirigentes conservadoras que le dieron origen en la época colonial. La perseverancia de la nación mapuche en su resistencia cultural a los usurpadores blancos es la que hizo exclamar en el siglo 17 al capitán español Alonso González de Nájera “Hay que matarlos a todos para que la guerra se acabe”, reparo que se asemeja al discurso que propone la implantación de la ley antiterrorista en los territorios de La Araucanía.

-¿Cuándo hablamos de una casa junto al rio? Podríamos estar frente a una imagen muy idílica y atávica y al mismo también puede llevarnos a un exilio o un refugio en donde habita el poeta junto a sus recuerdos y las huellas de su memoria.

-Ocurre que mi hogar de orientación, la casa de mis padres en Valdivia, estaba ubicado junto al río Calle Calle, en el barrio Collico. Por el río pasaban los convoyes madereros. Al otro lado del río estaba el aeródromo desde donde veía despegar y aterrizar los aviones. Por el fondo del patio de mi casa natal pasaba el ferrocarril y más allá se erguían los cerros cubiertos de bosques. Por otra parte mi padre, que era mecánico de automóviles, tenía su garaje a un costado de la casa, de modo que las máquinas y sus motores eran algo con lo que estaba tan familiarizado como con las energías y los elementos de la naturaleza. En este contexto me hace mucho sentido la afirmación de Claude Levi-Strauss cuando señala que la cultura puede interpretarse como una segunda naturaleza, la que resulta decisiva en la configuración del imaginario. Entonces mi idilio y mi atavismo no dice relación con un tal exilio o refugio sedentario al margen de la contemporaneidad, sino con esta mixtura entre naturaleza y cultura, entre campo y ciudad, entre tradición y modernidad, entre decadencia y renacimiento, entre éxtasis y tragedia, y donde pasado y presente forman un sistema conceptual interpretativo lo cual es, como resulta obvio, la característica de todo tiempo presente.

-¿Es ingenuo pensar, aunque sea a ratos, que la nostalgia nos puede ayudar a tener una vida más humana y con menos apego a la ilusión material o a las diatribas del poder?

-Y yo insisto en que no hay tal nostalgia, sino voluntad por valorar la memoria como una fuente de recursos psicológicos e intelectuales para hacer mejores diagnósticos de las situaciones de realidad en el presente. En el pasado reciente, nuestra felicidad o desdicha como comunidad dependía mucho de los gobiernos, y la información sobre las formas de ejercer el poder estaba sujeta a las interpretaciones e intereses de los partidos, con la iglesia actuando como reguladora del canon valorice humanista. Pero ese establecimiento ha colapsado, debido a varios factores diversos, aunque coincidentes: la innovación tecnológica que ha facilitado el acceso a los soportes y fuentes de información, lo que incrementado el control sobre las personas aunque también la capacidad de éstas para intervenir socialmente de manera alternativa a los distintos poderes; la voracidad empresarial que ha puesto en riesgo el equilibrio ecológico planetario y la salud de las personas; la corrupción de las instituciones tradicionales que dejaron de proteger a la gente para sumarse a la codicia que promueve la lógica financiera. Frente a esto, una vida de consumo lento, quizás podría lograr introducir cambios sistémicos estructurales, siempre que fuese un fenómeno masivo y progresivo, pero no es el caso en la actualidad, excepto en una situación de colapso energético global donde nuestras metrópolis dejen de funcionar y nos veamos obligados a desarrollar un nuevo tipo de inteligencia basada en la colaboración grupal y la racionalidad en el empleo de los recursos naturales y tecnológicos. Por cierto que la nostalgia, el saudade o el spleen pueden propiciar atmósferas anímicas que posibiliten la incubación y escritura del algún texto, incluso de un buen texto, pero no recomiendo hacerlo en tales condiciones, a menos que sirva como terapia ocupacional.

-Entiendo que disfruta con los trabajos en colaboración. En este plano, durante la década de los ochenta usted trabajó desde la escritura con el dúo musical Schwenke y Nilo, quienes fueron un referente de un canto de resistencia a la dictadura. ¿Extraña desde la ribera en la que hoy se encuentra una expresión genuina como aquella?

-No es de extrañar, porque la situación y las motivaciones de hoy son otras distintas. Por entonces estaba la urgencia por resistir socialmente a un gobierno oprobioso, tras el objetivo político de recuperar nuestra cultura e instituciones democráticas republicanas, lo que fue posible en un ambiente de colaboración y solidaridad, plural y creciente. En ese contexto, ese tipo de canciones resultaba pertinente, necesario incluso, en la medida que ayudaban a valorar la vida de las personas y las motivaban a colaborar en ese objetivo común. Tal como lo aprecio, la situación de hoy es la de una sociedad en los albores de un proceso de mudanza valórica y sistémica, gobernada por instituciones tradicionales en descrédito, proceso que le sorprendió sin suficientes liderazgos de recambio y a los que habrá que esperar un tiempo hasta que logren hacerse cargo de la administración e innovación en las distintas realidades, acaso con otras inteligencias y con menos inequidades, abusos y estigmatizaciones. En esta etapa, compleja, por cierto, siempre cabe la opción de hacer canciones que valoren y promuevan el esfuerzo de las personas por mejorar sus condiciones de vida, incluso con ese mismo grupo que, como es mi caso, continúa activo después de casi cuarenta años de trabajo, aún luego de sufrir la pérdida de Nelson Schwenke, un creador de excepción. Ello responde a motivaciones que sobrepasan las veleidades del éxito circunstancial o financiero, pues se vinculan a percepciones existenciales profundamente arraigadas en nuestro imaginario humanista y que nos comprometen a devolver con belleza, inteligencia y afecto los valores con que nos orientó artísticamente la comunidad que nos dio origen. Por cierto que trabajar con personas dispuestas de ese modo es un disfrute.

-En ese mismo plano, usted publicó en 2012 el ensayo “Suralidad, antropología poética del sur de Chile” en colaboración con la antropóloga Claudia Arellano que, a mi parecer, estudia un paradigma ya instalado por usted con la publicación de Karra Maw`n (1984), su primer libro. ¿En qué consiste la suralidad de ese lenguaje?

-La voz “suralidad” se emplea en la Patagonia trasandina sur con fines de identificación territorial. En nuestro ensayo lo empleamos en una dimensión simbólica, de acuerdo con el concepto desarrollado por Arellano, y que sintetiza las percepciones de “sur” e “identidad”, integrando en él las categorías de territorio e imaginario. Antes, el arquitecto Edward Rojas (reciente Premio Nacional de Arquitectura) se había referido a ello como “nuestra manera de ser modernos”, idea que ha plasmado en su obra arquitectónica materializada y distribuida en distintos lugares del sur de Chile, en las que podemos advertir la mixtura de elementos tradicionales y modernos, de una manera similar a la que podemos observar en el lenguaje de gran parte de las obras poéticas publicadas en las últimas décadas por los autores y autoras sureños que en nuestro estudio hemos denominado “eclécticos”. Por su parte, el antropólogo Juan Carlos Olivares ha empleado la acepción de “lo sur” para referirse a “las cosas del sur”. Esto nos indica que el proceso de conceptualización de la suralidad ha sido el resultado de un esfuerzo múltiple por reflexionar, definir y acotar los márgenes de este espacio cultural, tras el objetivo de atravesar los cánones homogeneizadores del Estado nacional y posicionar el reconocimiento de las diferencias que, en realidad, caracteriza a la sociedad chilena. Este espacio y sus características físicas, junto con su historia y su cultura, han sido recogidos por la producción literaria -específicamente la poesía- como un tema recurrente y constituyente de identidad. En ello, el lenguaje resulta primordial, pues, como señala Gayatry Spivak, “teje la trama de las costumbres, educa la mirada e informa el paisaje”, en tanto que una alteración en la comunicación retórica manifiesta el paso de una frontera, es decir, el reconocimiento de un otro diferente.

-Su nombre ha trascendido y tiene un sitial en Chile ¿Considera que su trabajo como poeta se despliega también en lo político o sencillamente se trata de una apuesta en donde “la vida hace su trabajo” como usted ha planteado?

-La vida de cualquier comunidad reviste componentes políticos presentes a cada instante si alguna porción de las distintas formas de poder está en juego. En esta comprensión, el trabajo de la vida es muy político. En un plano particular, entiendo que un texto puede ser político por su temática, su estructura, su lenguaje, además de resultar político en determinadas situaciones, aún sin proponérselo. Una valoración puntual en ese sentido dependerá de quién acceda a él. Hace treinta años, incorporar la temática mapuche era un ejercicio en favor de la diversidad cultural y la inclusión étnica, pero hoy día, además de aquello, es un asunto político de alta complejidad. Por aquel entonces, el alegato en favor de la descentralización era considerada una queja provinciana sin horizonte, pero ahora se levanta como una cuestión política que puede alterar la actual forma de ejercer el gobierno interior y limitar las atribuciones del poder hegemónico centralista, lo que explica la tardanza del Parlamento en legislar al respecto o cuando, al hacerlo, niega la dote financiera básica que permita ejercer de manera efectiva los nuevos deberes de la institución política regional.

-Sin bien “no hay que atajar la belleza, (…) hay que dejarla libre” (Margaritas) ¿Podríamos afirmar entonces que la poesía es siempre una bella apuesta por la libertad y el romanticismo que parece extraviado en la contemporaneidad?

-La libertad, en sus dimensiones positivas, es en sí misma poética: el verso libre, el libre comercio, la libertad sexual, de creencias, de pensamiento, de expresión. El libre tránsito, el libre albedrío. Una hora, un día, una semana libre resultan muy poéticos, ¿no le parece? Lo mismo el tenedor libre. ¡Qué decir de las manos libres! ¡Unos senos libres! Esto último no parece muy romántico, pero al menos contiene humor, que es preferible a la catástrofe sentimental. Los intentos por endilgar, atajar, enjaular o aniquilar la belleza han resultado inútiles en todo tipo de regímenes. Si bien han logrado meter a algunos artistas en la cárcel o dispararles sin defensa alguna, parece ser que lo poético que reside en todas las cosas encuentra –de una u otra manera- el modo de acompañar la vida de los humanos, desde Altamira hasta Silicon Valley.

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