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Mes de la fotografía: todos somos fotógrafos

por 23 agosto, 2017

Mes de la fotografía: todos somos fotógrafos
¿Por qué se escogió el 19 de agosto como día Mundial de la Fotografía? Porque, en 1839, tuvo lugar en París una sesión solemne en la que, ante las Academias de las Ciencias y de las Bellas Artes reunidas, el diputado François Arago , reveló públicamente, el procedimiento del daguerrotipo. Con este acto, se cerraba una larga historia de búsquedas y exploraciones iniciadas a comienzos del siglo XIX
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Bajo iniciativa del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y con el apoyo entusiasta de múltiples instituciones y del público general, agosto, mes de la fotografía, ha reunido a lo largo de todo Chile un conjunto de actividades y exposiciones asociadas a esta conmemoración. Gracias a la tenacidad de muchos de sus cultores en el mundo, el sábado 19 se celebró el Día Mundial de la Fotografía, y es justo decir que esta efeméride, inadvertida hasta hace poco, ha ido concitando creciente interés año tras año.

Por supuesto, nunca ha decaído la fascinación por la fotografía. La fecha sirve para realzar y poner en perspectiva su incomparable impacto cultural, no para revivir una gloria supuestamente olvidada. Pues, aún cuando se declare muerta la fotografía análoga, obsoleta su tecnología y extinguidos buena parte de sus ritos, prácticas y formatos, lo cierto es que hoy en día, en plena conectividad digital —¡vaya paradoja!— nuestra relación con la fotografía ha alcanzado un grado de omnipresencia, vitalidad y energía como nunca se había conocido.

Somos, seguimos siendo, seres fotográficos. No importa que la fotografía ya no tenga su lugar en una cámara, sino en un aparato digital o en una pantalla. Habitamos en una época en que lo fotográfico representa uno de los núcleos fuertes de la experiencia en red. El usuario contemporáneo no cesa de hacer capturas, de reenviar imágenes, de compartir y borrar archivos visuales, con los más diversos propósitos. La fotografía “en vivo” se extiende a toda clase de usos y menesteres cotidianos, acompañando nuestras vidas y registrando hasta el más insípido de los quehaceres, como una bitácora abierta las veinticuatro horas marcada por el ritmo de un gesto repetitivo. Tanto así que sería válido observar que, cuando hablamos de esta fotografía “aumentada”, todos los días “son su día”.

¿Por qué se escogió el 19 de agosto como día Mundial de la Fotografía? Porque, en 1839, tuvo lugar en París una sesión solemne en la que, ante las Academias de las Ciencias y de las Bellas Artes reunidas, el diputado François Arago (ferviente defensor de la libertad intelectual), reveló públicamente, en detalle, el procedimiento del daguerrotipo (llamado así por su inventor, Louis Daguerre). Con este acto, se cerraba una larga historia de búsquedas y exploraciones iniciadas a comienzos del siglo XIX. En el transcurso de esas cuatro décadas, varios nombres estuvieron relacionados con el éxito de la fotografía tal como la conocemos. De hecho, hubo varios inventores que trabajaron en paralelo, sin tener noticias unos de otros y que merecen el mismo crédito y reconocimiento —entre los más célebres, Nicéphore Niépce (un pionero que alcanzó a establecer una alianza temporal con Daguerre, antes de morir en 1833), William Fox-Talbot, Hippolyte Bayard, e incluso un sudamericano, el brasileño Hércules Florence. Los procedimientos fotográficos de Florence, perfectamente logrados y originales, fueron re-descubiertos por el investigador Boris Kossoy en los años ’70 del siglo XX y obligaron a replantear diversos aspectos sobre los precursores de esta tecnología.

A partir de entonces, hemos vivido, en plenitud, en la era de la imagen tecnológica, producida por una máquina (la cámara fotográfica). Como gustaba destacar el semiólogo y escritor Roland Barthes, la fotografía fue un acontecimiento mayor, que dividió en dos el devenir de la humanidad. Hay un antes y un después de esta “imagen-tiempo”. Este corte indica el comienzo de una nueva forma de la experiencia humana.

Es difícil, hoy en día, imaginar siquiera la escala del “sismo” que pudo significar, para las primeras generaciones de la era fotográfica, mirar esas imágenes enigmáticas. En ellas palpitaba una fuerza desconocida: la presencia directa, pero insondable, de los seres y las cosas. A la vez, se establecía un vínculo perdurable y familiar con esas mismas imágenes. Las fotos se guardan, se custodian, se coleccionan, se transmiten a la descendencia, nos ayudan a narrar nuestras vidas, a proyectar una luz sobre el pasado y a esbozar las formas del tiempo por venir.

Nunca antes las personas habían tenido la oportunidad de conocer la fisonomía de las personas y los paisajes de otros tiempos.  Nunca antes habían podido observar el rostro de sus abuelos, cuando eran jóvenes. Nunca había ocurrido que una emisión lumínica, impactando sobre una superficie fotosensible, retuviera un fragmento de espacio-tiempo bajo la forma de un rostro, de un paisaje, de una despedida, de un momento feliz, de una velada familiar, de una sonrisa olvidada, de una mirada entrañable, de un amigo del que nunca más supimos, de un hijo en la flor de la vida. El mundo se volvió asombroso y banal al mismo tiempo: cada imagen fotográfica era como un surco que cruzaba nuestra experiencia, dotándola de una vivacidad que, lanzada hacia el futuro, pronto se volvería objeto de recuerdo y de palabra compartida.

En las primeras décadas del siglo XXI, en esta atmósfera conectiva que lo mismo nos acerca unos a otros como nos somete a manifestaciones nuevas (e incurables) de soledad y aislamiento, la fotografía ha mudado de piel y atraviesa antiguas fronteras infranqueables. Habitando en un permanente presente, se hace parte de nuestras propias pulsaciones: late con nosotros, aflora con cada paso que damos. Parece una extensión de nuestros cuerpos. Día a día, nuestras imágenes salen al encuentro de otras miradas, de otros relatos, en la esperanza de establecer diálogos y zonas en común, o en el afán de disputar sentidos y abrir espacios de reflexión y libertad.

Imágenes impermanentes o imágenes duraderas, imágenes memorables o imágenes desechables, poco importa. La fotografía sigue siendo un modo privilegiado para examinar nuestra relación con el mundo. Gracias a ella, aprendemos algo que no sabíamos sobre cómo estamos viviendo, qué pensamos y cuáles son nuestros afanes y expectativas. En ella depositamos nuestro amor y nuestro infortunio, lo que detestamos y lo que admiramos. Es justo, entonces, seguir celebrando la existencia de la fotografía. A ella le debemos nuestras propias imágenes, aquéllas que arrojamos para luchar contra el olvido y que son las estelas que nos sobrevivirán cuando ya no estemos aquí.

Rodrigo Zúñiga. Filósofo, profesor de Estética y Teoría del Arte. Miembro del Observatorio de Políticas Culturales. Facultad de Artes, Universidad de Chile

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