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Crítica a “Fuego” de Patricio Milad: El insondable vacío gris

por 26 noviembre, 2017

Crítica a “Fuego” de Patricio Milad: El insondable vacío gris
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“El ángel que yo había visto de pie sobre el mar y sobre la tierra levantó al cielo su mano derecha y juró por el que vive
por los siglos de los siglos, el que creó el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y dijo: ¡El tiempo ha terminado!”
Apocalipsis 10:5-6.

Un aire cargado de radiación. Un sinsentido vital. Un mundo contaminado, mortecino, en ruinas, sin esperanza, donde no se distingue mañana o tarde, con un sol apenas visible en el horizonte, donde “los pájaros, casi extintos, ya no trinan”, o donde “los mendigos avanzan sin rumbo por las tétricas calles de las ciudades”. El fuego. La destrucción. Los restos de un mundo dominado por los grupos de poder, las millonarias corporaciones y las potencias mundiales. El Apocalipsis, la guerra final. Este es el aciago contexto de “Fuego” (autoedición, 2017), novela del escritor chileno Patricio Milad (Santiago, 1968).

Con una escritura fluida y descriptiva, haciendo gala de un lenguaje amplio y prolífico, el autor nos adentra en un futuro lejano, aunque no totalmente inverosímil, que funciona como proyección literaria de una catástrofe sospechosamente amenazadora: El hombre ha destruido el mundo y, por tanto, al mismo hombre. El engaño, el afán de riqueza, la explotación, han configurado una verdad aterradora, donde ya no hay belleza o paz, solo saqueo, pillaje, criminales y mercenarios desalmados, donde “las armas de guerra, independiente  del calibre o categoría, representan los bienes más cotizados (junto con la comida y el agua)”.

Patricio Milad

“Antaño, la naturaleza era una diosa hermosa, colorida y cadenciosa, que llevaba a cabo su labor en perfecta solemnidad y sincronización. Sin embargo, vino el ser humano, apareció la especie más mortal del planeta, el engendro bípedo con instintos de destrucción, y con los años, con el correr de las décadas y el devenir de los siglos, todo llegó a su fin”. (pág. 9).

 “Insondable vacío gris. Espectáculo macabro. Restos de metales, máquinas incendiadas, carros quemados y edificios en ruinas. Humanos pálidos, sucios y harapientos pululaban como figuras sin alma; sin pasado, sin presente, sin futuro...” (pág. 11).

“¡Ese mundo ha muerto! El planeta ha cambiado. La Tierra está pulverizada, masacrada. ¡Todo se ha ido a la mierda! Nos hemos despilfarrado la opción de un mundo mejor y pagaremos por ello” (pág. 48).

“Lo único que permanecería era el mal. Dios había muerto” (pág. 139).

“Fuego” es un relato posapocalíptico, una novela distópica, tributaria de su género. Hay en esta obra las huellas de autores como Cormac McCarthy, Ray Bradbury, hasta de Stephen King, pero también domina cierto hálito existencial, reflexivo, acerca de las consecuencias de los propios actos humanos. La codicia, el poder. Nuestro propio presente, el canon civilizatorio actual: sociedades donde el hambre y la desigualdad todavía hacen mella el imaginario democrático, aun de los adelantos científicos y tecnológicos, donde los poderosos de siempre imposibilitan un cambio real y definitivo. No es menor la coincidencia, que en el aquel mundo devastado de “Fuego”, las multinacionales todavía tengan la última palabra, el acceso a la protección, la seguridad y la sobrevivencia. Incluso Novimec, una farmacéutica de origen israelí, con varias filiales a lo largo del mundo, es la que ha construido los búnkeres, “planeando tener los más exigentes niveles de protección” y posicionados en “distintos lugares estratégicos de la planta de producción de medicamentos”.  Refugios, claro está, para su “alta gerencia”, es decir, “para aquellos hijos de putas judíos con suerte”.

 “Los pobres, como zancudos escapando de una fumigación masiva, eran los primeros en fenecer: famélicos, desprotegidos, pesimistas, inermes...” (pág. 13).

“¡Los ricos sólo quieren hacerse más ricos, a costa de los pobres! Sólo recuerda cómo nos trataban en el laboratorio: no podíamos organizar un sindicato, nos pagaban el mínimo, los gerentes ganaban cincuenta veces lo que nosotros recibíamos, nos explotaban con las horas de trabajo, no nos pagaban las horas extras, nos requisaban nuestros celulares, nos inspeccionaban nuestras mochilas al salir...” (pág. 41).

“Una vez comenzada la Gran Guerra, ellos, los poderosos, guarecidos en sus madrigueras de hormigón armado y acero reforzado, ante ese nuevo orden  mundial que se formaba, se organizaban dándole la espalda a la gente. Aquella masa anónima, el “pueblo” (como se la solía denominar en democracia), ahora carecía de valor, era jerárquicamente inferior y por tanto, la creían o querían muerta” (pág. 18).

Sin embargo, a nivel narrativo, la nueva novela de Patricio Milad presenta un desbalance. Una riquísima y extensa descripción, lo que aporta en credibilidad y exactitud, contrasta con una historia que se demora en aparecer. Recién en el capítulo IV se habla de  Ulises, el personaje principal, que sobrevive en un búnker bajo tierra junto a Raquel, su esposa (otra de las instalaciones subterráneas de Novimec). Además, ambos se estructuran, monolíticamente, en sus propios roles de género, sin mayor desplazamiento psicológico. No hay mayor comunicación, salvo la básica. Ella, irracional, pesimista, impaciente. Él, corpulento, proactivo y valiente. Otro ejemplo: el estereotipado personaje de César Contreras, un militar sádico y psicopático, a cargo del pueblo. Pese a esto, “Fuego” aporta a la discusión, con evidente y necesaria actualidad, sobre temáticas que trascienden las barreras de la ficción, porque la literatura, como toda actividad humana, también tiene mucho que decir sobre el hombre y su constitución en el mundo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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