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Obra "Estado Vegetal": cuestionar la existencia de lo humano

por 31 agosto, 2018

Obra “Estado Vegetal”: cuestionar la existencia de lo humano
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Pensar el lugar de la humanidad en la tierra, como un ente que se constituye a partir de relaciones complejas, rizomáticas y nunca definidas de modo absoluto, respecto de los demás seres humanos y también de la naturaleza, entendiendo esto último como el espacio nativo, salvaje, que habitamos y que no somos capaces de comprender del todo, pero al que hemos impuesto nuestra voluntad, especialmente gracias al lenguaje, es un problema que ha contribuido al desarrollo de pensamientos trascendentes en muy diversas disciplinas. La antropología, por supuesto, pero también la física, la filosofía, la química y las artes, solo por mencionar a unos (muy) pocos.

Estado Vegetal, es una obra que, al menos en una dimensión, compromete una mirada sobre este problema y aunque, en apariencia, podría referir solamente a un diálogo con la naturaleza, su cuestionamiento es infinitamente más complejo, es, en muchos sentidos, un cuestionamiento con la moral, las formas de producción, la política.

Infante articula el trabajo a partir de la fragmentación, de lo incompleto, de la ausencia de evidencia, para ir construyendo, en la acción misma, los múltiples espacios y posibles lecturas que permiten la experiencia escénica que propone. Su trabajo es sutil, inteligente y muy cuidado.

La intriga se reduce, en principio, a una historia simple: un joven motociclista choca con un árbol, un árbol antiguo, centenario, que emerge casi como Lo Real lacaniano, es decir, como un núcleo duro de realidad que se resiste a ser semiotizado; a partir del accidente, accedemos a distintas visiones y versiones de personajes que, de una u otra manera, quedaron atrapados en la acción, como testigos de la misma.

La dirección de Manuela Infante es, en mi opinión, uno de sus mejores trabajos. La conciencia de lo escénico se despliega a partir de, efectivamente, construir un montaje como tal: permítaseme la redundancia: montando, literalmente, como una suerte de modelo para armar, los testimonios, acciones y hechos reflexivos, que acompañan al evento, absorbiendo y sumando al público, instándolo a participar de la obra. No quiero ser confuso: no se trata de que el público suba al escenario a participar, más bien se trata de la instalación, en la obra, de múltiples intersticios que la audiencia debe llenar, completar y hacer funcionar, para vivir la experiencia presentada… y aún así, se cuenta una historia que puede seguirse.

Infante articula el trabajo a partir de la fragmentación, de lo incompleto, de la ausencia de evidencia, para ir construyendo, en la acción misma, los múltiples espacios y posibles lecturas que permiten la experiencia escénica que propone. Su trabajo es sutil, inteligente y muy cuidado.

Marcela Salinas, la única actriz del trabajo, desarrolla los diversos personajes de una manera impresionante. Vemos cómo transforma su corporalidad, su voz, sus gestos, en escena y lo hace con creatividad, sin lugares comunes, sin repetir los mismos efectos actorales una y otra vez, si no, por el contrario, sorprendiendo permanentemente, desarrollando y explorando sitios inesperados y sin agotar nunca sus recursos actorales. Su trabajo no puede ser calificado, sino, de brillante.

El diseño integral, a cargo de Rocío Hernández, sigue los mismos parámetros mencionados, se trata de una invitación austera, en el sentido de no sostenerse en la parafernalia ni la artificialidad, sino en componentes precisos, bien trabajados, que siempre tributan a la acción y, por tanto, al montaje. Pulcritud, precisión, inteligencia, son los adjetivos, creo yo, pertinentes a este ámbito.

La dramaturgia, de Manuela Infante y Marcela Salinas (imagino que a partir de una base escritural y del trabajo de montaje, aunque solo especulo), desarrolla las categorías ideológicas y referenciales de la propuesta estética, pero sin convertirse nunca en un discurso teórico, seco y pedagógico, por el contrario, sin subestimar al público (lo que se agradece enormemente), los textos se instalan a partir de los hechos, testimonios, del habla de los personajes, exigiendo a la audiencia a interpretar lo que acontece. Tal vez, no siempre persigue hasta el final esta mirada y, a momentos, se siente una mínima deuda en este espacio, pero resulta absolutamente menor a la hora del balance general respecto de la obra.

También resulta interesante, reflexionar en torno a esta obra, a partir de el desarrollo de la dramaturgia de Infante, en la medida que se puede conectar este trabajo como una suerte de epílogo, en una suerte de trilogía (nunca definida así por la autora, esta es mi interpretación) entre Rey Planta, Realismo y Estado Vegetal, en tanto son trabajos que circulan y categorizan el problema de la humanidad como existencia en la tierra… no en el mundo.

Estado Vegetal, ya se sabe, es probablemente uno de los mejores montajes que hay en cartelera hoy día, una obra que manifiesta calidad y amor por el oficio y que incita al espectador a cuestionar la existencia misma de lo humano.

 

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