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Visitando a un amigo herido: Federico Assler

por 4 noviembre, 2018

Visitando a un amigo herido: Federico Assler
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Un par de días antes me enteré del rayado de una escultura que se encontraba en frente del museo de Bellas Artes, de Federico Assler. Busqué las imágenes y en verdad no tenía idea de la obra, su forma, sentido. Tuve que consultar con el oráculo contemporáneo (google) quién era el señor. En mi cabeza estaba la estupidez que supuso la Formula E por las calles del centro de Santiago. El evento, junto con su endémico mal gusto tuerca y la apropiación del espacio de todos, había coronado su paso por nuestro país con la ruptura, de la que quizá, es la obra más representativa de nuestra ciudad: “Unidos en la Gloria y en la Muerte” de Rebeca Matte, la cual todavía no estaba repuesta.

Al ver sus referencias recordé que hace años vi una de sus obras en la costanera de Concepción y otra frente a La Moneda, en lo que hoy es conocido como “Plaza de la Ciudadanía”: ese pedazo de pasto enmarcado en rejas de contención, con trayectos lineales de blancas baldosas, muy en esa estética de mall que tanto gusta, un modernismo aguado que bajo el paraguas del dogma de la sobriedad y la función, esconde su infértil concepto. Pero ese ya es otro cuento. Lo había visto ahí. Un pedazo de cemento (ahora sé que es hormigón), el cual variaba sus huellas y creaba un juego de continuidades escalonadas, que luego de pasar por la primera impresión de tosquedad, abría al ojo un mensaje de continuos repetitivos pero no idénticos de la majestad y milagro de erguirse, de sostenerse.

El mural posee su ética, aunque el "rayador" no esté en la misma categoría que el creador, ambos se muevan en la dinámica del afuera, en el ágora, “cultura urbana”. Ya es común que paredes o superficies de nuestra ciudad (en hora buena), se transformen en el nuevo lienzo en el cual vive el arte en nuestros días, lejos de la dictadura de lo cool con sus anodinos circuitos de galerías y mecenazgos, curatorías y aperol. Lo entienden, es el sobreentendido de la tribu, es el tabú que los funda: “simio no mata a simio”. Hacerlo es demostrar la vileza, la abyección como motor de la acción, es explicitar la mediocridad que los define.

No creo que esa reflexión –ahora que lo escribo- tenga fecha en esa experiencia, ni en esa obra exclusivamente, aclaro. La nostalgia y el tiempo, hacen que funda impresiones lejanas.
Al pasar por el Bellas Artes me encontré con la obra aún más rayada de lo que había leído en la prensa, a la originalidad del “BACÁN” (perfectamente acentuado) en amarillo fosforescente en días anteriores, se sumaban otras grafías, indescifrables para mí, por ambos lados en un rojo menos espectacular, pero igual de ruin. En eso miro y a mi lado está Federico Assler (a quien no conocía) y Francisca Délano, también artista, su compañera. Lo miré directamente a la cara desde cerca y en un instante pude recorrer todos los surcos que habitaban en ella, constreñido, iracundo. Sus ojos contenían esa milimétrica partícula de humedad que sujeta la psiquis humana entre el odio vivo y el llanto. Bastaba la condensación en su forma definitiva, la lágrima, para que ese andamiaje de seguridades y voluntad que inunda al ser en sus momentos límites, colapsara. Pero Federico no estaba ahí para eso, era día de decisiones.

¡Pero mira lo que han hecho hombre por dios! - Decía repetitivamente-

La obra la dejó ahí hace un año, casi exacto. Francisca, si bien compartía la rabia que suponía una obra estropeada, lo de ella era la calma, la ironía templada. Me contó que había pasado un indemne en frente del museo, estaban a punto de celebrar su primer cumpleaños desde que la trajeron. A diferencia de la que habían puesto frente a La Moneda, lo que les había hecho transitar por ese lodo leguleyo administrativo del cual somos tan adictos como al pan o el vino, con autorización de la institución y una sobria ceremonia, la habían dejado ahí a vivir su suerte. Alguien podrá decir que el no contar con todos los papeles y resguardos administrativos, tanto municipales como de intendencia, así como la debida coordinación con el flamante nueva institucionalidad de las culturas y las artes, selló su suerte. Bueno, días después, reinaugurada la obra de Rebecca Matte, con su pompa y despliegue comunicacional, con sus decretos y triple certificaciones pero ser archivadas en un anaquel de la oficina A, B y C, correría igual suerte.

Sobre ella ese siete de octubre unos goterones de esta ciudad mezquina de lluvias la bautizó, y el sol la saludó día a día, dejando caer su luz para que la escultura jugara con su sombra. La obra tiene algo elefantiásico, rinocerontico, de aspecto torpe y macizo. Pareciera un animal monumental perdido en la ciudad, mirando al parque forestal, estático, amasando la idea de que en ese verde destino en el que se pierde su vista, hay algo de él que encontrar. Su espalda áspera que da al museo, si uno lo observa bien, no es un desprecio, sólo es un gesto de “aquel no es mi lugar”, también podría ser su guardián ¿por qué no?. Tiene tanto de infantil como de monstruoso. Su fuerza la condensa y la expresa el hormigón, es una maravilla técnica - la idea que lo sustenta, la distribución de sus formas-, como una duda constante, ¿Por qué existir? ¿Qué necesidad había de entregar a la vasta secuencia de existencias, una más? Cómo se preguntaba Borges ¿Cuál es la necesidad de un esto o aquel más a la suma de seres que pueblan el mundo? No son preguntas a responder en ese instante, miro a Federico y pienso que quizá escupirle en la cara hubiese sido menos agraviante que el espectáculo de cual es testigo en ese momento. No es el momento de conversar sobre cómo el patrimonio urbano vive una afrenta constante, que no hay cámaras, decretos o policías que puedan darle solución, que el optimismo penal con el que se enfrentan estas destrucciones tienen más de retórico que efectivo. Que no es exclusivo de su obra, que el perjurio que han hecho con ella concentra toda la banalidad y desprecio que pueda imaginar, pero que no es distinto al destino de Santiago, Concepción, Linares ni de Valparaíso, donde la chapa, esa grafía bastarda hija del yanaconismo insiste en ser la cicatriz en el rostro, la metástasis que escala los cerros acusando a una ciudad que vive su decadencia embriagada en el perfume de su mito.
El tag, el grafiti, el rayado, la chapa, como toda obra humana, puede y aspira a ser vehículo, símbolo del autor, expresa su mundo. Este no busca ser anónimo, sino irrastreable. También es enfermedad, caos y subversión.

El mural posee su ética, aunque el rayador no esté en la misma categoría que el creador, ambos se muevan en la dinámica del afuera, en el ágora, “cultura urbana”. Ya es común que paredes o superficies de nuestra ciudad (en hora buena), se transformen en el nuevo lienzo en el cual vive el arte en nuestros días, lejos de la dictadura de lo cool con sus anodinos circuitos de galerías y mecenazgos, curatorías y aperol. Lo entienden, es el sobreentendido de la tribu, es el tabú que los funda: “simio no mata a simio”. Hacerlo es demostrar la vileza, la abyección como motor de la acción, es explicitar la mediocridad que los define. ¿Por qué las esculturas no comparten la misma ética, por qué están expulsadas de ese paréntesis de lo intocable? ¿Es un mensaje, una afrenta? ¿Uds y sus creaciones hijas la institucionalidad servicial al poder, al capital, al gusto, están amenazadas, sus fachadas y piedras sagradas, sus símbolos y sus usos, la estilización antojadiza de lo creado, el canon contra el que nos revelamos, el fuego que le arrebatamos a los dioses de la simetría, la abstracción y la sensibilidad espacial, y esa distancia hipócrita que han adornado con su concepto de respeto, “prefiero al caos a esta realidad tan charcha”, como decía Redoles? Ni idea.
Francisca me contó que en el 78 habían hecho algo similar en Madrid, en el Museo del Prado. Habían cogido una de las obras y la habían llevado e instalado frente al museo, inaugurándola secretamente, como un acto de rebeldía y arrojo, de ego y desprendimiento. Quizá todo eso junto. “Nadie enciende una lámpara para esconderla, o para ponerla debajo de un cajón. Todo lo contrario: se pone en un lugar alto, para que alumbre a todos los que entran en la casa” (Lucas 11:33)

Luego de constatar que estaba aún más rayada que días anteriores pudimos conversar un instante, luego llegaron los restauradores. Dijo sentirse como en una sala de operaciones, de tratamiento intensivo. Las noticias de los especialistas fueron favorables, la obra podía ser restaurada aunque debían llevarla a otro sitio. Federico habló del sur, creo que nombró Chiloé.

Era la hora de almuerzo y un pequeño ejército de oficinistas y paseantes observan la escena, no diría consternados o heridos. Quizá eso acrecentaba el dolor de Federico, la indiferencia.

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