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Película "The Green Book": un templo a lo políticamente correcto

por 14 febrero, 2019

Película
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Peter Farrely, el director de Irene, yo y mi otro yo y Loco por Mary, entre otras comedias, parece haber llegado a esa etapa de su vida en que crece la urgencia por hacer algo serio; los premios no llegan, el infantilismo de los comediantes aburre en su repetición; estaría bueno ganar un Oscar o al menos un Globo de Oro.

Para ello, Farrely filmó The Green Book (El libro verde), más que una película un cálculo andante, un templo a lo políticamente correcto.

Todos conocemos la historia: un blanco fino y rico se hace amigo de un sirviente negro que entiende cosas que el otro, con toda su alta cultura, ni siquiera llega a sospechar. La amistad los hace a ambos mejores personas. Es la historia de Intouchables, esa película francesa que fue la segunda más exitosa en la historia de su país.

"The Green Book" prefiere dejar a sus dos protagonistas, interpretados por excelentes actores, en el nivel de meros arquetipos. La actitud que tiene la película hacia ellos es de un utilitarismo escalofriante. Del mismo modo, el sur de Estados Unidos, a través del cual los dos amigos realizan una gira de conciertos, vale solamente por la hostilidad e ignorancia de sus habitantes blancos y la sumisa intensidad y autenticidad de sus habitantes negros. Don Shirley se siente dividido entre ambos mundos.

Sin embargo, The Green Book intenta una de esas inversiones ingeniosas que están en boga y permiten dejar intacta la estructura del relato pretendiendo que se la ha subvertido: el blanco aquí es Tony (Vigo Mortensen), un italoamericano neoyorquino de clase media baja que escucha música negra y se gana la vida en trabajos como chofer y guardaespaldas. El negro, por su parte, es Don Shirley (Mahershala Ali), un brillante pianista y compositor de música clásica y más tarde jazz que, de más está decirlo, existió en la vida real. De este modo, Shirley es retratado como finísimo, contenido, elocuente y brillante, mientras Tony representa lo práctico, el sentido del humor, el contacto con el pueblo y la sencillez. Los mismos valores de siempre, pero con los roles raciales cambiados.

No es que no haya nada que rescatar en esta historia. Don Shirley efectivamente fue un músico de primera línea y era posible construir un relato de su genialidad que compitiera con Bird de Clint Eastwood –basada en la vida creativa de Charlie Parker–. Habría sido necesario, por supuesto, rebuscar en las dificultades creativas y sociales del artista, en sus roces, en su enorme autoexigencia. En suma, había que construir un personaje.

Pero The Green Book prefiere dejar a sus dos protagonistas, interpretados por excelentes actores, en el nivel de meros arquetipos. La actitud que tiene la película hacia ellos es de un utilitarismo escalofriante. Del mismo modo, el sur de Estados Unidos, a través del cual los dos amigos realizan una gira de conciertos, vale solamente por la hostilidad e ignorancia de sus habitantes blancos y la sumisa intensidad y autenticidad de sus habitantes negros. Don Shirley se siente dividido entre ambos mundos: la elegancia de los blancos adinerados, de quienes se siente cerca por su pulcritud y alta cultura, pero de los cuales jamás formará parte, y la camaradería y sencillez de los negros que sobreviven en ese mundo hostil hermanándose y creando un arte expresivo y cercano a la gente –el jazz– que atrae a Shirley con su salvaje canto. Son los peores estereotipos exotistas, carentes de toda precisión y de toda honestidad. Como si la historia del jazz, en toda su complejidad bizantina, no existiera.

La película tiene incluso la delicadeza, habiéndonos mostrado a una sarta de policías racistas, homofóbicos y arbitrarios, de salvar a la institución en una escena cercana al final que parece decir: también entre los policías hay hombres honestos. Es decir, The Green Book no se atreve a ofender a nadie, dibujando ante cualquier aspereza salvaguardas que permitan a toda la familia salir más o menos satisfecha de la sala, pero garantizando que nadie saldrá verdaderamente feliz.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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