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El autor y la obra: la polémica sobre el mural en calle Lastarria

por 25 junio, 2019

El autor y la obra: la polémica sobre el mural en calle Lastarria
Entre los argumentos de unos y otros está la calidad de la obra, los plazos comprometidos y otras cuestiones más dudosas, pero lo que no aparece nunca en la discusión es la invisibilización, cuando no la supresión, de una autoría. ¿Cómo es posible que quienes defienden el mural y se erigen como defensores de la expresión artística, no ven que aquello que defienden es también un acto de borradura feroz? El acto de la borradura feroz de otro autor.
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La polémica por el mural del edificio esquina de las calles José Victorino Lastarria y Rosal, vuelve a poner en escena esa difusa y confusa relación entre arte y la ciudad, al tiempo que pone en evidencia, además, el descampado en que están los autores de las obras en tiempos de la inmediatez mediática.

La polémica puede resumirse así: un grupo de vecinos reclama porque la autoridad borra el mural realizado en el marco de un festival de arte, cuyo postulado es la ocupación temporal de la ciudad con obras, por extensión, provisorias. Al reclamo acuden cámaras de matinal, reporteros de prensa, polemistas de redes sociales. El resultado es una comunidad enfrentada entre defensores y detractores. 

Entre los argumentos de unos y otros está la calidad de la obra, los plazos comprometidos y otras cuestiones más dudosas, pero lo que no aparece nunca en la discusión es la invisibilización, cuando no la supresión, de una autoría. ¿Cómo es posible que quienes defienden el mural y se erigen como defensores de la expresión artística, no ven que aquello que defienden es también un acto de borradura feroz? El acto de la borradura feroz de otro autor.

La fachada de un edificio como este constituye la superficie con que el autor lo hizo visible, su cara pública, la que se ofrece a la mirada común. Es donde finalmente el autor exhibe o expone la dimensión más política de su obra. Podrá gustarnos o no su resultado, estar de acuerdo con las decisiones que tomó, suscribirlas o no, pero no podemos negar que es ahí en gran medida donde nos enfrentamos a él, donde dialogamos. El acto de cubrirla con una mural, que hace tabla rasa de su superficie y por extensión de su discurso público, de su política de obra para concebirla como una suerte de tela blanca que puede ser pintada con motivos completamente ajenos a tal política, es a lo menos un acto desconsiderado, si no, francamente violento.

¿Qué hace que los defensores del mural no vean que sobre la superficie de ese edificio ya hubo un conjunto de decisiones que tienen todo el carácter artístico que se puede pedir? ¿Por qué el arquitecto de ese edificio, quien tomó todas esas decisiones, no tiene el estatuto de un autor artístico? ¿No son las decisiones sobre los volúmenes, las relaciones espaciales de distancia, espesor y forma del edificio lo suficientemente estéticas? ¿Acaso se puede borrar de un plumazo al autor que se preocupó de encontrar hasta la más mínima solución para que el edificio coincidiera con su tiempo, para que fuera capaz de inscribirse en su tiempo? ¿Acaso no es eso suficientemente artístico? Y finalmente hasta la decisión de un color, de entre todos los colores, para pintar la fachada, ¿no es parte de su obra?

La fachada de un edificio como este constituye la superficie con que el autor lo hizo visible, su cara pública, la que se ofrece a la mirada común. Es donde finalmente el autor exhibe o expone la dimensión más política de su obra. Podrá gustarnos o no su resultado, estar de acuerdo con las decisiones que tomó, suscribirlas o no, pero no podemos negar que es ahí en gran medida donde nos enfrentamos a él, donde dialogamos. El acto de cubrirla con una mural, que hace tabla rasa de su superficie y por extensión de su discurso público, de su política de obra para concebirla como una suerte de tela blanca que puede ser pintada con motivos completamente ajenos a tal política, es, a lo menos, un acto desconsiderado, si no, francamente violento. 

Se podrá argumentar que una vez que la obra es entregada a sus nuevos propietarios, estos pueden disponer de ella de la manera que quieran. Puede ser, pero a condición de que sean absolutamente conscientes de ello y esa consciencia pasa por reconocer a su autor. De ser así, en este caso los defensores del mural tendrán que argumentar, al menos, respecto de este punto: cuestionar la obra del arquitecto y fundamentar su decisión de imponerle una borradura a su fachada.

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