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CULTURA|OPINIÓN

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Crítica a libro “Surtido para caldillo” de Alberto Collados Baines: nada es tan terrible, ni todo es tan cómico

por 7 julio, 2019

Crítica a libro “Surtido para caldillo” de Alberto Collados Baines: nada es tan terrible, ni todo es tan cómico
Las narraciones de Surtido para caldillo, en definitiva, ofrecen mixturas entre lo realista, lo fantástico, hasta lo surrealista, llevando al lector a un ejercicio no tan común en los tiempos que corren: el humor, la risa, la ironía incómoda y ominosa
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“Una guagua me deja totalmente frío /no tomaría en brazos una guagua /aunque el mundo se estuviera viniendo abajo /que cada cual se rasque con sus uñas /aborrezco las fiestas de familia /prefiero que me peguen un garrotazo en la cabeza /a tener que jugar con un sobrino /tampoco me impresionan los nietos /es decir me ponen los nervios de punta /apenas me ven volver de la costa / se me tiran encima con los brazos abiertos / como si yo fuera el viejito pascuero / ¡puta que los parió! / qué se habrán imaginado de mí”, Nicanor Parra. 

El libro Surtido para caldillo (Editorial Archipiélago, 2018) del arquitecto, acuarelista y escritor Alberto Collados Baines (1941), consta de cuatro cuentos. Dos de ellos, Ostras con mostaza y El cajón está más podrido que el muerto, fueron publicados por la histórica editorial Nascimento en 1977 y 1983, respectivamente. Y los otros dos, inéditos, fueron inspirados en conversaciones con el fallecido Nicanor Parra: Las olas en diagonal y La guitarra desafinada.

Pero vamos por parte.

El primer cuento Ostras con mostaza inicia con viaje rural de un médico para ver a su paciente que recién ha dado a luz a un niño, en un tiempo presumiblemente antiguo, donde la placenta, como el desperdicio del parto (sí, leyó bien, la placenta), cobra vida y se introduce sin más en la boca de la madre, para rebobinar el ciclo, donde el recién nacido vuelve a ser gestado. Esta escena da paso intempestivamente, sin alerta al lector, a otras escenas, inconexas como en un montaje, donde la vida y, más aún, la historia de la misma humanidad parece retroceder hasta un estado original y placentario, para reiniciar una historia alternativa, con todos los vicios humanos a cuestas. 

En términos literarios, se rescata un léxico bien cuidado, oraciones largas, ampulosas, a contrapelo de cierta escritura contemporánea obsesionada por el punto seguido y la brevedad, lo que es la marca de estilo de un escritor irreverente, original, vital, imaginativo, arcaico en el buen sentido de la palabra, que conviene leer y releer para encontrar, entre descripciones y diálogos, capas de inferencias e interpretaciones, en un juego cómplice y no siempre literal (lo que se agradece) entre autor y lectores.

 “Sobre un lavatorio de acero inoxidable yace desmadejada la placenta. La matrona lo inclina un poco, y la placenta trepa con asombrosa agilidad por sobre los paños que constituyen un perfecto plano inclinado, y se introduce, plegándose con habilidad, entre los dilatados y dolidos labios de Ana” (pág. 23). 

“Pocos creen, otros investigan. Se suceden casos y más casos, la vida placentaria ya es un hecho. La humanidad olvida por instantes sus rencillas y los trajines de la historia para adaptarse a la nueva situación, para aceptar o rechazar a esta raza estrafalaria” (pág. 29).

“No son pocos los que viajan con su placenta a cuestas, para lo que no sólo se han debido adaptar los aviones, sino también la legislación internacional” (pág. 33). 

Claramente emerge un irreal que rompe con la expectativa y la aparente normalidad del relato. Y esto se logra gracias a las sutiles descripciones, pero más aún con una hilaridad profana y contingente, un absurdo con dejo de crítica social, que hace que aquel cotidiano fantástico no sea tan fantástico ni tan excepcional. Esto es, una realidad extraña, otra realidad, que emerge bordeando la ironía más tectónica. 

Escritor Alberto Collados Baines

Ocurre algo parecido en Las olas en diagonal, donde el cuento sigue a un guía turístico de un programa llamado “Poetas, tumbas y rastros” y sus peculiares clientes, que no es sino un repaso burlón a los circuitos arqueológicos de los vates muertos y vivos, sus casas, depositarias del morbo y, por qué no, del sentido lucrativo, el marketing poético, no tan lejano a promociones, ofertas, tal cual como si fuéramos a cualquier centro comercial. 

“Isla Negra estaba cerca, el punto culminante, la tumba del vate, para muchos, lo único importante tras una semana  de ir y venir, había tumulto y mucha gente, perdimos el turno reservado y tuvimos que hacer tiempo para que se despejara, compraron baratijas y artesanías, deambularon por las sombrías callejuelas cercanas al museo y bajaron a la playa, algunos se quitaron los zapatos y se acercaron a las turbulentas rompientes, me enternecí al ver a la manca descalza, pensé que por su carencia tal vez tuviera que haber aprendido a hablar  con los dedos de las patas, difícil fue para este tour la casa como difícil ha de haber sido vivir en ella mientras se transformaba poco a poco en museos en vida del poeta, mostrar objetos y explicarlos en espacios tortuosos y estrechos” (pág. 50). 

Es evidente, y así lo declara el autor, que esta historia surge como una más de las innumerables anécdotas contadas por el mismísimo antipoeta Nicanor Parra. Dice Collados en el prólogo del cuento:

“Quiso Nicanor Parra tener una casa sarcófago en el litoral central, al estilo de otros poetas, me encargó el proyecto, nos juntábamos en el terreno frente al mar, a poco andar se sustituyó la idea por la compra de una casa usada en Las Cruces, donde durante años y años nos juntamos, entreverando la conversación con artefactos y cartas al director. En esto se inspira Las olas en diagonal” (pág. 45).  

En El cajón está más podrido que el muerto, nos encontramos con una historia más lúgubre y más extensa e intensa que aborda la miseria humana frente a un anciano atropellado, que lucha por vivir en medio de la calle y luego en el hospital, pero que termina abrazando la muerte desde una posición debilitada e indefensa frente a la displicencia y frialdad de transeúntes, monjas, curas y médicos (no por nada en el prólogo, el mismo Collados trae a colación el pasaje bíblico metamorfoseado de David y Goliat).  Todo ocurre en un contexto gris que huele a pasado (tranvías, adoquines, caballos) que profundiza la soledad, el dolor y el desamparo. Cabe destacar aquí el pavoroso y sórdido detalle de la muerte y el post mortem, casi como una exposición clínica o científica, lo que le sigue sucediendo al cuerpo y luego de la extinción de la vida. Su ultraje, la descomposición; además de un final imprevisto, inusitado, a la altura de un Poe o un Tolstoi.

“Las primeras horas de la noche son siempre largas para un viejo solo, aun en un día de intenso trabajo” (pág. 56). 

“Hay una cara muy cerca en la cabecera, alguien debe haberse encuclillado. ¿Están seguros de haber llamado a la ambulancia? Ya es muy tarde. Sigamos la marcha. ¡Tengo un hambre! Unos entran y otros salen, pero el corrillo se mantiene” (pág. 58).

“Se acerca el médico sin hablar, lo pulsa. ¡Este debería reconocerme! Fue de la misma clase. Cuando niños, claro. Incluso un tiempo compartimos el pupitre. Era tontón y distraído, uno de los más tontos del curso. Antes de estudiar medicina estuvo de seminarista. Luego se fue al interior, y no lo volví a ver. Tal vez esto sea hace más de cincuenta años. Pero tiene la misma cara. Me abre los párpados con insolencia, baja mucho el párpado inferior con un dedo tosco, duele” (pág. 67).

“Solloza la monja. ¿Me puedo quedar los zapatos, madrecita? Son de mi número. Anda, hijo, quédatelos. Son dos que han entrado. Le ponen ambos brazos sobre el cuerpo. Vamos, pronto, una vez tiesos pesan más. Reza la monja, ya más entera” (pág. 75). 

Finalmente, en La guitarra desafinada vuelve la comicidad, un ambiente de jolgorio que tiene como historia la afinación de una guitarra, así tal cual, donde el autor es capaz de azuzar distintos registros de habla, lo que no hace más que confirmar el talento escritural de Collados. 

“¡Buena guitarra!, se nota al verla. El primo la tantea. Hay que afinarla, sí. ¿Quién puede afinar la guitarra? ¡Maldita guitarra! Por esto o por lo otro no la mandamos nunca a afinar. ¡Lo tenía tan presente! Lo que es yo, guitarras toco, pero de afinar ni me hablen. ¡Anda, Serafín, donde Don Erasmo, que la afinó la otra vez! Te lo hace en un santiamén. Aquí no más, a la vuelta” (pág. 108).

Las narraciones de Surtido para caldillo, en definitiva, ofrecen mixturas entre lo realista, lo fantástico, hasta lo surrealista, llevando al lector a un ejercicio no tan común en los tiempos que corren: el humor, la risa, la ironía incómoda y ominosa. Así lo confirma Pedro Gandolfo en el prólogo:

“El orden de las historias de Collados Baines en este libro evidencia una clara intención. Sus experiencias e indagaciones se ensayan en una acertada medida. Cierta audacia insolente, lo anticonvencional, se halla acompañada de toques de humor negro, con distintas intensidades y tonalidades” (pág. 12).

Ejemplos hay varios:

“¡Hola, señora! Ha tenido un varón muy sano. ¡Otro poco de whisky para esta buena madre!, autoriza el doc. Uno de sus preceptos «whisky para el dolor, hielo para la fiebre», que conocían todos, y en su cumplimiento la madre había pasado el trance borracha” (cuento Ostras con mostaza, pág. 18). 

“La muerte placentaria, un motivo de eterna discusión. Algunos propician cementerios separados, otros exigen que se junten en el descanso eterno la placenta y el humano, cualquiera que sea el orden de fallecimiento” (cuento Ostras con mostaza, pág. 34). 

“El Estado debe hacerse cargo de miles y miles de placentas, que mantiene a duras penas con su esmirriado presupuesto” (cuento Ostras con mostaza, pág. 38).

“Alguien gime, una mujer. Avemaríasantísima. No está el sombrero. ¿Traería? Seguro, todos los viejos andan con sombreros. En fin, andaban unos rapaces. Los zapatos sí están. ¿Andaba solo? ¿Alguien lo conoce? Hay que registrar los bolsillos. Nada, sólo unos papeles. Tienen dibujos raros. ¿Números o letras? No, nada. Lo llevaremos al Hospital de los Indigentes. Para algo que sirvan las monjitas” (cuento El cajón está más podrido que el muerto, pág. 60).

“Es más tenue el ruido de la tierra al caer. Tierra sobre tierra. Fue mejor el primer entierro. Todo me da lo mismo. ¡Idos todos a la misma mierda!” (cuento El cajón está más podrido que el muerto, pág. 105). 

En términos literarios, se rescata un léxico bien cuidado, oraciones largas, ampulosas, a contrapelo de cierta escritura contemporánea obsesionada por el punto seguido y la brevedad, lo que es la marca de estilo de un escritor irreverente, original, vital, imaginativo, arcaico en el buen sentido de la palabra, que conviene leer y releer para encontrar, entre descripciones y diálogos, capas de inferencias e interpretaciones, en un juego cómplice y no siempre literal (lo que se agradece) entre autor y lectores.  

Alberto Collados Baines, Surtido para caldillo, Editorial Archipiélago, 2018. 113 páginas. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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