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“Érase una vez en Hollywood” promete, pero el resultado es más triste que otra cosa

por 14 septiembre, 2019

“Érase una vez en Hollywood” promete, pero el resultado es más triste que otra cosa
Tarantino se inclina por tomar un género de nicho y anticuado, en general asociado con cine de poco prestigio, y actualizarlo para un paladar moderno. Esta vez, la inagotable nostalgia del director se dirige hacia las series de televisión del viejo oeste de los años cincuenta.
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El cine del director norteamericano Quentin Tarantino lleva una década en un proceso de lento deterioro. Su última entrega, Érase una vez en Hollywood, podría leerse como una oficialización definitiva de ese fracaso si no contuviera tantos elementos prometedores.

A pesar de su (como siempre) altísimo nivel de factura, no me resultaron encantadores ni los personajes ni la época ni muchos de los chistes, que antes que nada se basan en que uno esté familiarizado con los personajes, películas y estrellas a los que hacen referencia. Y más aún, que sienta nostalgia por esos objetos culturales. La película, por lo demás, no convence mucho de que esta sea una época digna de nuestra nostalgia.

Fiel a su estilo, Tarantino se deja guiar por su sensibilidad de cinéfilo antes que por los personajes o el pensamiento. En los últimos años se ha deleitado en combinar en pantalla géneros que tienen aparentemente poco en común.

En Django desencadenado, eran los westerns y las películas de blaxploitation. En Bastardos sin gloria, combinó los filmes americanos de acción y guerra anticuados tipo El gran escape y los más modernos, como Nacido para matar, con las películas apodadas de “euroguerra”, filmes de acción italianos de los años sesenta y setenta.

Se puede observar un cierto patrón. Tarantino se inclina por tomar un género de nicho y anticuado, en general asociado con cine de poco prestigio, y actualizarlo para un paladar moderno. Esta vez, la inagotable nostalgia del director se dirige hacia las series de televisión del viejo oeste de los años cincuenta.

Rick Dalton es el protagonista venido a menos de una de estas antaño exitosas series que busca un nuevo camino para su carrera en la bisagra entre la década de los sesenta y los setenta. Hollywood está cambiando; Dalton se muestra viejo, alcohólico y acabado.

Dalton y su amigo Cliff, su doble de acción, son o pretenden ser machos recios a la antigua y miran con desaprobación a los hippies que se instalan cada vez con más descaro por la ciudad de Los Ángeles. A Dalton le toca ahora hacer papeles de malo en series más novedosas y más violentas; aunque al principio le cuesta, encuentra en esos papeles un punto de fuga para su frustración.

Ahí residen algunos de los puntos más eléctricos de la película, con Tarantino haciéndonos entrar y salir de la ficción western, pasando por el set y por el camarín, hasta que ya no sabemos quién es quién: solo queda el placer que produce la gimnástica actuación de Leonardo DiCaprio.

El film se engolosina reconstruyendo cada detalle de los sesenta, desde las maletas (con patrones a cuadros), los copetes (un bloody mary con un enorme tallo de apio sobresaliendo del vaso), los autos, los peinados, los acentos, los carteles publicitarios y los spots radiales.

En medio de ese marasmo de detalles, Dalton maneja con lentitud por las diferentes calles de Hollywood, como si Tarantino quisiera aclararnos que el protagonista de la película es en realidad ese lugar prodigioso que por esos años ya agonizaba, o estaba a punto de convertirse en otra cosa.

Y, quizás por lo mismo, la película tiene un efecto extraño: cuando la he discutido con personas cuya juventud rozó los sesenta y conocieron el atractivo de ese Hollywood a la distancia, su impresión del film tiende a ser más bien positiva.

A mí, por el contrario, más que otra cosa me generó indiferencia. A pesar de su (como siempre) altísimo nivel de factura, no me resultaron encantadores ni los personajes ni la época ni muchos de los chistes, que antes que nada se basan en que uno esté familiarizado con los personajes, películas y estrellas a los que hacen referencia. Y más aún, que sienta nostalgia por esos objetos culturales. La película, por lo demás, no convence mucho de que esta sea una época digna de nuestra nostalgia.

Mejor es no hablar mucho del intento que hace el director de conectar los destinos de estos cowboys aguachentos con un espantoso asesinato que tuvo lugar por esos años. En esto, como en todas las materias abiertamente violentas, Tarantino hace gala de un infantilismo que en este caso llega a ser impresionante.

Un director joven y eléctrico que busca provocar a su audiencia puede resultar encantador. Cuando se trata de un señor de casi sesenta que se rehúsa a dejar ir el aura interesante y juvenil que le otorgaron sus películas de mafiosos, el resultado es más triste que otra cosa.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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