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Las secuelas en la memoria histórica tras los azotes pandémicos

por 20 marzo, 2020

Las secuelas en la memoria histórica tras los azotes pandémicos
"Toda epidemia deja secuelas en la memoria", apunta el historiador y académico de la Universidad de Concepción, Diego Mundaca. Las epidemias han acompañado al ser humano desde los inicios de la historia, con efectos en el desarrollo de la ciencia, el arte y la arquitectura, entre otros. "Mirar el pasado es vital no solo para comprender en algo nuestro presente, sino también para dimensionar un futuro con mayor esperanza, con transformaciones solidarias que a la larga pueden tener efectos positivos, a pesar de los dramas vividos", señala la historiadora Ximena Illanes, académica del Instituto de Historia de la UC.
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Las epidemias han sido parte de la humanidad y algunas de ellas han derivado en la creación de los hospitales e impulsado la medicina moderna. Al contrario de lo que sucede en la actualidad, hasta el siglo XX convivir con las enfermedades y la muerte era algo normal.

Así destacan varios historiadores en vista de la pandemia actual del coronavirus que afecta al planeta.

"Mirar el pasado es vital no solo para comprender en algo nuestro presente, sino también para dimensionar un futuro con mayor esperanza, con transformaciones solidarias que a la larga pueden tener efectos positivos, a pesar de los dramas vividos", señala la historiadora Ximena Illanes, académica del Instituto de Historia de la UC.

Desde los griegos y romanos

Peste de Antonina.

La historia de Occidente tiene registro de diversas enfermedades desde la época de los griegos, hace más de 2.500 años, según reseña el historiador Diego Mundaca, académico de la Universidad de Concepción.

"Las epidemias acompañan a la especie humana desde el origen mismo de la humanidad. La posibilidad de enfermar y morir siempre estuvo presente de manera agobiante para todos los grupos humanos hasta por lo menos los siglos XVI y XVII, en que comienza un cambio de actitud frente a la muerte que revela la extensión de la vida y cierta seguridad en la existencia", afirma Marcelo Sánchez, académico del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos (Cecla) de la Universidad de Chile.

Mundaca menciona, entre otros, la peste en la guerra del Peloponeso (entre griegos y espartanos, en el siglo V antes de Cristo), que fue consignada por el gran historiador griego Tucídides y que tuvo dentro de sus víctimas más conocidas al mismísimo Pericles.

Luego estuvo la llamada “peste Antonina”, en honor a la familia que gobernó Roma durante el siglo II y que se extendió por toda Italia hasta la actual Francia. Se dice que fallecieron alrededor de 50 mil personas.

La peste negra

«El triunfo de la muerte», de Peter Brueghel el Viejo.

Una de las más conocidas, sin duda, es la peste bubónica o peste negra, que asoló a Europa entre 1348 y 1457, durante más de un siglo.

"Al igual que coronavirus provino de oriente y está asociada a los animales. Los primeros contagios letales se produjeron entre mercaderes venecianos y el imperio mongol por la ruta de la seda. La peste viajó desde las estepas al mar Negro, alcanzando la ciudad de Constantinopla (actual Estambul), Asia Menor, África, Europa y todo el mar Mediterráneo", explica.

Este mal llevó a que se realizaran procesiones colectivas donde los flagelantes pagaban sus castigos; otros quisieron disfrutar al máximo porque el mundo se iba a acabar; algunos buscaron entretenerse en aislamientos voluntarios (Bocaccio, El Decamerón), recuerda Illanes.

En ese sentido, la historiadora destaca toda una reflexión "sobre la fugacidad de la vida. Morían ricos y pobres, pues la muerte acechaba a todos por igual. Junto con ello, el carpe diem, pues por la misma fugacidad de la vida, se debían exaltar al máximo los placeres mundanos como las tabernas, las relaciones furtivas y los juegos".

Soldados atacados del tifus y sacados de Maguncia.

La peste negra también causó numerosos pogromos, en que miles de judíos fueron asesinados, acusados injustamente de causar la enfermedad.

"El presente es confuso y genera angustia, temor y mucha incertidumbre en distintos niveles. No podemos mirar con claridad y en todas sus dimensiones lo que significa el impacto de este virus con forma de corona", admite Illanes.

"Sin embargo, cuando uno observa momentos de crisis profundas en las sociedades pasadas, como lo fue la peste negra, podemos mirar con más calma nuestro día a día, pues empatizamos con otras y otros que sufrieron, se aterraron y manifestaron lo que sentían con una enfermedad contagiosa. También comprendemos que las crisis no fueron eternas y, como consecuencia de ello, surgieron estrategias y propuestas creativas", destaca.

Colonización de América

Virus de la Sífilis.

 

A partir de la colonización de América, otras enfermedades surgirían. Al comienzo, millones de indígenas murieron de enfermedades desconocidas en América.

"Durante el siglo XV, se construyeron edificios alrededor de los puertos, para que los tripulantes de las embarcaciones que estaban sanos esperasen allí el tiempo establecido, antes de ingresar a las puertas de la ciudad", explica Illanes.

"Los enfermos, en cambio, eran trasladados a instituciones asistenciales. Hay registros, por ejemplo en el Hospital de la Santa Creu de Barcelona, de una presencia significativa de galeotes (hombres esclavos que remaban las galeras) contagiados durante las travesías marítimas".

Porque los navegantes no solo sufrieron el escorbuto, asociado a la falta de vitaminas, sino también transmitieron males como fiebre amarilla y la sífilis. Respecto a esta última, a comienzos del siglo XX, el 15% de la población europea la padecía. Entre los personajes famosos que la contrajeron, se hallan Beethoven, Oscar Wilde, Baudelaire y Van Gogh.

En 1830 surgió el cólera, que demoró poco más de medio siglo en llegar a Valparaíso, sin olvidar la poliomelitis y la fiebre española (1918-1919), que mató más gente que la Primera Guerra Mundial.

Poliomelitis.

"Por último, mencionar el sida, que trastocó también a las sociedades y volvió a hacernos preguntar por la sexualidad y nuestro cuidado del cuerpo. Además que hizo que los prejuicios de género comenzaran a ser menos discriminatorios para las personas que eran y son portadores", resalta Mundaca.

"La epidemia siempre ha generado temor y miedo colectivo, ha significado encontrarse con la muerte desde cerca y desde lejos, ha convivido con todo tipo de prejuicios hacia los enfermos y explicaciones irracionales", reflexiona Illanes.

"Desde nuestro presente, tendemos a creer que el ser humano puede controlar todo y, por ende, la expansión y descontrol de una enfermedad genera caos, críticas a las distintas políticas adoptadas. A su vez, como bien planteaba en su momento Philippe Ariès, en su libro Morir en Occidente: desde la Edad Media hasta la actualidad, la muerte hoy en día la escondemos, la disimulamos, la trasladamos a lugares que no son visibles, es cosa de ver los nuevos cementerios".

Efectos en arte y arquitectura

En cuanto a los efectos, no solo estuvo el aislamiento y millones de víctimas fatales. Las repercusiones no únicamente fueron en el desarrollo de la ciencia, sino también en áreas impensadas como la arquitectura y el arte.

Sánchez destaca que la idea de frontera y de ciudades amuralladas, si bien tiene una fuerte base en la defensa contra ataques armados, tiene también un origen en la idea de un cerco sanitario.

Esa idea de cordón sanitario se traspasa a las ciudades del siglo XIX y las reformas a que fueron sometidas ciudades como París, Madrid, Río de Janeiro, Santiago de Chile, entre muchas otras, mediante las que se pretendía derribar las aglomeraciones medievales y premodernas para abrir amplias avenidas que permitieran tanto la circulación del aire como el control de la población y, cuando la situación lo exigiera, establecer cordones sanitarios que aislaran y salvaran a las clases acomodadas, ejemplifica.

"Aunque no se tuviera una claridad total del comportamiento de los fenómenos epidémicos, lentamente fue surgiendo una experiencia y un conocimiento práctico", explica Sánchez.

Así surgieron los censos de enfermos, los controles, los cercos, murallas y las cuarentenas, todos mecanismos que se fueron consolidando y que estaban muy claros al llegar el siglo XIX, por más que la causalidad de muchas enfermedades con la capacidad de transformarse en epidémicas no se conociera bien hasta el desarrollo de la bacteriología y microbiología a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, añade.

"Recordemos que las primeras observaciones del mundo microscópico fueron comunicadas a la Real Sociedad de Inglaterra por el naturalista holandés Anton van Leeuwenhoek a fines del siglo XVII y con ello se abrió la investigación de los 'pequeños animales' que era posible observar en una gota de agua de un estanque".

La muerte ronda el Támesis (Cólera).

Asimismo, desde mediados del siglo XIX en adelante se volvió común la desinfección de barcos, trenes y tranvías y las cuarentenas para buques de comercio y de transporte al ingresar a los puertos. Uno de los grandes impulsos que tuvo Estados Unidos para extender su control sobre América Latina fue lograr el control sanitario de todos los puertos involucrados en el transporte internacional de personas y mercancías, como una medida de seguridad para sus propios puertos y población. La desinfección mediante químicos y gases fue una experiencia extendida en toda ciudad y puerto occidental desde fines del siglo XIX en adelante.

La salud como política de Estado

A nivel de salud, las epidemias estuvieron en el surgimiento mismo de la salud como política de Estado. También en Chile.

La idea de una "medicina social", es decir, de la responsabilidad política del Estado en la protección de la salud de la población surge, con ese nombre, de la denuncia que el médico alemán Rudolf Virchow hizo de las pésimas condiciones de higiene, habitación y salud de la población alemana en Alta Silesia, afectada por una epidemia de tifus exantemático, recuerda Sánchez.

"El mismo Virchow, famoso mundialmente por su aporte a la anatomía patológica, fue un activo político liberal que impulsó la responsabilidad del Estado en materia sanitaria. A fines del siglo XIX y principios del siglo XX resultó muy claro para las elites burguesas y capitalistas que una nueva fase de acumulación solo sería posible con una masa trabajadora saludable, disciplinada, higiénica", dice.

Al calor de la idea de "capital humano", los estados de todo el mundo se lanzaron a la tarea de higienizar a las masas y protegerlas tanto de enfermedades llamadas 'sociales' –por ejemplo la tuberculosis, el alcoholismo y la sífilis– como de epidemias, comenta.

La experiencia chilena

Para América Latina resulta de mucha importancia el agudo terror provocado por la expansión de una epidemia de fiebre amarilla en la década de 1870 por diferentes ciudades.

Al menos en Chile es esa fatídica experiencia la que lleva a trasladar la responsabilidad sanitaria desde una sede civil y de connotación de caridad cristiana a una autoridad estatal y gubernamental como la que implica la creación del Consejo Superior de Higiene en 1892 y luego del Instituto Superior de Higiene, que tenía a su cargo ya una misión estatal de velar por la salubridad del agua, la carne, la leche y ejercer tareas de desinfección y vacunación frente a brotes epidémicos, entre otras responsabilidades, dice Sánchez.

Tanto la cuestión del control epidémico como la mejora en las pésimas condiciones higiénicas de los pobres se encuentra en el desarrollo de una tradición local de medicina social en la que es necesario reconocer el aporte de muchos médicos chilenos.

Su protagonista más conocido puede ser seguramente Salvador Allende Gossens, pero el historiador también dice que es justo reconocer el empeño por lograr una salud pública robusta en médicos como Alejandro del Río, Exequiel González Cortés, Eduardo Cruz-Coke Lasabé, Eloísa Díaz, Juan Marín y muchos otros médicos.

"Si bien prosperaron personalmente al amparo del desarrollo estatal en materia sanitaria, tuvieron siempre muy clara la responsabilidad del Estado y de lo público en el logro de metas sanitarias y en la ansiada higienización del pueblo y de la nación que tenía la más alta mortalidad infantil registrada para una país occidental en la primera mitad del siglo XX", agrega.

Salitreras y tifus

En ese sentido, a Sánchez le resulta interesante analizar en breve las consecuencias sociales y políticas derivadas de la epidemia de tifus exantemático vivida en Chile entre 1931 y 1935, aproximadamente.

"Chile fue uno de los países más afectados en occidente por la crisis económica de 1929. Muchas salitreras se cerraron, los obreros y sus familias fueron confinados a los puertos a la espera de algún traslado y en malas condiciones higiénicas, que favorecieron el contagio del tifus exantemático que transmite el piojo del cuerpo humano", explica.

Esas familias y obreros solitarios fueron trasladados a las tareas de cosecha en el sur o se embarcaron para Valparaíso y Santiago. Desde unos pocos casos en 1930, la epidemia se disparó en Temuco, Chillán, Valparaíso y con especial intensidad entre la población urbana pobre de Santiago.

"Hablamos de una enfermedad cuya letalidad alcanzó en algunos momentos al 25 % de los infectados", resalta.

Para contener la epidemia ya desatada, el Gobierno cerró los teatros, cines, escuelas, universidades y procedió a una política muy agresiva sobre los pobres, obligándolos a portar un pasaporte sanitario. Se dieron facultades a carabineros y militares para trasladar cualquier persona a las "Casas de Limpieza", en las que hombres y mujeres eran obligados a un corte de pelo total (rapado), a tomar una ducha y a desinfectar sus ropas. La autoridad también podía requisar las ropas de los habitantes de los conventillos para desinfectarlos y proceder a la desinfección de piezas y habitantes. Todo ello en una política pública orientada específicamente a controlar el tifus entre los pobres y que nunca afectaba a las "gentes de bien".

"El descontento de la población creció y hasta surgieron pintadas en las paredes como 'queremos pan y no baño'. Las tareas de desinfección no pocas veces terminaban en abortos para las gestantes o en muerte para los ancianos", dice.

"En fin, esta experiencia nos lleva a reflexionar sobre las condicionantes de clase que pueden surgir en contexto epidémicos y en el uso de las medidas sanitarias incluso como herramienta política. Hay una memoria popular de esta experiencia en la expresión 'te pilló sanidad', que se usaba cuando alguien se rapaba la cabeza y que para muchos adultos era todavía un signo de vergüenza hasta no pocos años", comenta.

Este es un ejemplo local de la aplicación de una tecnología sanitaria antiepidémica que tuvo su triste y trágico despliegue en la aplicación de la ducha o gaseado en los campos de concentración del nazismo. De hecho, el mismo producto aplicado en el exterminio para el gaseado, el Zyklon B, era el usado para desinfección en Chile con fines sanitarios en los años 30 del siglo XX y que los nazis ocuparon con fines genocidas.

Conclusiones

Toda epidemia deja secuelas en la memoria. La importancia reside en que la sociedad no se olvide, "y para eso está la educación que es responsabilidad de todos, pero también del Estado, que debe garantizarla y asegurarla para todos", reflexiona Mundaca.

"Por lo tanto, ojalá que lo que estamos experimentando nos ayude a darles importancia a labores fundamentales en la sociedad: salud y educación, actividades que producen prácticas sociales sanas y duraderas", además de resaltar lo importante de la ciencia en el desarrollo de los estados, agrega.

"Estudiar siglos remotos que consideramos tan lejanos, tan diferentes y exóticos, nos ayuda volver a comprender que los seres humanos no somos invencibles, no controlamos todo y, por ende, debemos respetar con mayor profundidad nuestro entorno social, cultural y natural", complementa Illanes.

Dimensionar esto, permite que, a pesar del aislamiento, las cuarentas, las restricciones que van apareciendo día a día, "volvamos a pensar de manera colectiva y no solo de manera individual".

"Quizás debemos vivir esta crisis sanitaria para volver a desarrollar con fuerza una renovada empatía".

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