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CULTURA|OPINIÓN

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Pequeña crónica póstuma: in memoriam de Jorge Teillier

por 24 abril, 2020

Pequeña crónica póstuma: in memoriam de Jorge Teillier
El pasado 22 de abril se cumplieron 24 años de la muerte del poeta Jorge Teillier. El siguiente texto fue escrito muy poco tiempo después de ese hecho, el autor fue un testigo directo de lo que ocurrió cuando lo trasladaron del Hospital Gustavo Fricke a su casa en el Molino de Ingenio y, al día siguiente, lo llevan a la Iglesia de la Ligua. Una reflexión íntima y un testimonio de lo que ocurrió antes de que el cuerpo del poeta fuese entregado al homenaje público.
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Relato del traslado del cuerpo de Jorge Teillier desde Viña del Mar al Molino de Ingenio y de su velatorio privado.

Alrededor de las cinco y media de la tarde, llegué al hotel donde Cristina Wenke se había alojado parte del tiempo que el poeta permaneció en el hospital Gustavo Fricke, al que había sido llevado una semana atrás, de noche, con una fuerte hemorragia. Una corazonada –o simplemente otro regalo del poeta– me había hecho llegar hasta allí (antes pensé irme directamente de Santiago al Molino de Ingenio, cuando, yendo hacia Viña del Mar, me enteré por radio que Teillier había muerto) y llegar a tiempo, pues Cristina, Rodrigo Miquel, sobrino de esta, y los hijos de Jorge, Carolina y Sebastián, se disponían a trasladar al poeta a su casa del Molino de Ingenio. El encuentro fue bueno y necesario: «Están haciendo lo correcto», habría dicho él. Al poco rato, nos dirigimos a la funeraria, donde solo se esperaba a la familia de nuestro querido vate para iniciar el traslado de su cuerpo.

El viaje de ida a Ingenio fue de pocas personas. Íbamos solo los que he nombrado, más el conductor de la carroza y yo. En esta se fue Cristina, junto a su amado poeta. En el auto que los acompañaba, Carolina, Sebastián, Rodrigo y quien escribe estas líneas. Salimos de Viña del Mar pasadas las seis de la tarde y tomamos el camino costero. Había un ambiente de recogimiento, de recuerdos y también de serenidad. Íbamos con el poeta de regreso a su casa. El camino nos pareció hermoso, sobre todo cuando nos percatamos de que un sol rojizo, o fuertemente anaranjado, con una gran presencia en el horizonte marino, nos acompañaba. Comentamos que era una digna despedida del día a Teillier. En  ocasiones, en alguna curva del camino, la carroza y el sol quedaban en un mismo campo de visión, y eran un perfecto complemento, una poética unidad, como si el vehículo que llevaba al poeta se fuese a introducir en el sol. Nos alegramos de este adiós del ocaso del 22 de abril.

La noche nos sorprendió yendo hacia el Molino de Ingenio, y Sebastián, quien sabe del cielo nocturno, nos enseñó algunas estrellas y constelaciones. Y Carolina, la luna que apareció también a despedir al poeta. Llegamos a Ingenio cerca de las ocho. La gente que trabaja en la casa recibió a la pequeña comitiva con una conmovedora actitud de respeto y recogimiento. La noche estaba intensamente estrellada. Bajamos el féretro –Carolina comentó después: «Todo ha estado como él hubiera querido: la tarde, la noche y seis hombres justos para tomar el ataúd»–, y lo llevamos a una capilla que se había reparado en el molino mismo. Ese viejo molino que perteneciera a la Quintrala, que inspirase algún poema a más de un poeta y el título de un libro de Teillier: «El Molino y la Higuera», y que ahora está transformado en un acogedor taller y lugar de estar. A poco de permanecer el poeta en la capilla, se cortó misteriosamente la luz. Coincidimos todos en que era otra de sus jugarretas... El féretro quedó flanqueado por velas y flores: bellas y aromadas rosas, claveles blancos y rojos y a la cabecera, un gran ramo de buganvilias. No obstante el dolor, yo percibía un ambiente de paz. Me pareció que cada uno experimentaba más la cercanía del poeta que la definitiva lejanía de su muerte.

Aquella noche no hubo más gente que la que habíamos  llegado con él al Molino de Ingenio, y algunos parientes y familiares de Cristina que se incorporaron luego: Aída Wenke y su esposo, una joven pianista nuera ellos, Gonzalo Miquel y los amigos de la familia, Dito  y Alina. Ya bastante avanzada la noche, llegó el gobernador de la provincia. Él expresó el deseo de la comunidad de La Ligua de tener al poeta en la iglesia, para hacerle un homenaje. Cerca de las dos de la noche, o de la madrugada, nos juntamos todos los que estábamos en casa y leímos poemas de Jorge y comentamos sobre él, la vida de este «eterno incorregible» (la expresión la acuñó amorosamente Cristina), el gran poeta Jorge Teillier. Creo que él nos devolvió momentos de profunda belleza y serenidad. Si había pena, también comunión, paz, diálogo íntimo, poesía. Recordé al poeta Eduardo Molina Ventura: «Dale al muerto un guijarro, uno solo, / y él te devolverá el interior de una montaña.»

La noche fue pasando rápidamente. Muy tarde, algunos se retiraron a descansar, pensando en las jornadas que vendrían; otros permanecimos en vela, y hubo quien recibiera de ese «eterno incorregible» angelical que prefirió a cualquier cosa «gastar sus codos en todos los mesones», aquellas revelaciones y plenitudes que los verdaderos poetas pueden otorgar.

Llegó el día y Carolina abrió todas las ventanas para que entrara toda la luz y con ella, el canto de los pájaros, el sonido metálico de los picaflores, el inconfundible del zorzal y el de las imitadoras tencas, el verdor y el movimiento leve de los árboles: higueras, chirimoyos, paltos, álamos, lúcumos y otros. El alba saludó al poeta.

La mañana transcurrió también en el mismo tono de la noche anterior. Muy temprano, Cristina Wenke tomó lugar junto al féretro, donde estuvo la mayor parte del día, en una actitud que pertenece a aquellas profundas, íntimas, que vivimos cuando estamos ante la muerte de seres admirados y amados. En silencio o hablando en sordina pasamos las horas de la luminosa mañana. Alrededor de las once llegó un joven que se mantuvo largo rato junto al ataúd. Tenía los ojos llorosos. Felipe, uno de esos amigos-discípulos de Jorge Teillier. Me conmovió su actitud. Lo vi después siempre, callado paseando por los jardines o como un contemplativo en la capilla donde se velaba al poeta. Vino también el actor Luis Alarcón, quien saludó y estuvo poco rato. Permanecía el ambiente de privacidad todavía esa mañana, el que no se rompería sino hasta dejar el cuerpo del poeta en la iglesia de La Ligua. Poco a poco fueron llegando los parientes de Jorge que venían de lejos, del Sur: sus hermanos Sara y Fernando, y otros.

Algo antes de la tres de la tarde entró un picaflor a la salita clara y florida donde se encontraba Jorge y, aunque estaban las ventanas entreabiertas, no había manera de hacerlo salir. Hubo que traer una malla y ni aun así se lograba cogerlo para liberarlo. Costó muchísimo su captura, hasta que alguien lo tomó mientras chocaba contra el ventanal, a la altura del cuerpo del poeta. Son las coincidencias poéticas, los significativos hechos, partes del entramado sutil que los poetas han enseñado a ver, a develar mientras han vivido y que nos dejan para siempre descubiertos cuando ya han muerto.

A las cuatro de la tarde, justo a las cuatro de la tarde, Rodrigo Miquel hizo el anuncio de que la carroza estaba ya dispuesta para trasladar al poeta a La Ligua. Sacamos el féretro de la capilla y lo llevamos al vehículo. Allí sentí la realidad tal como era: el poeta Teillier se iba de su casa para siempre. Así lo experimentamos. Digno y amoroso llanto de su hija. Todo cuanto ocurriese de ahora en adelante entraría ya en el ámbito de lo público (un poeta es también de su pueblo y debe estar con ese, sobre todo un poeta que no rehuyó a la gente). Fue un viaje triste esta vez; el anterior había sido venir a casa y este, irse de casa. ¿Cómo describir aquello? Árboles, muchos, un camino, alguien a quien queremos llora... ¡Adiós al poeta, uno de los grandes y más verdaderos y que estuvo entre nosotros!

(Abril de 1996)

 

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