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CULTURA|OPINIÓN

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Acerca del libro “El octavo día de la creación” de Luis Zaror

por 25 abril, 2020

Acerca del libro “El octavo día de la creación” de Luis Zaror
El autor, desde la década de 1960 con un entonces incipiente grupo Trilce, puso en movimiento su propia interpelación poética, tributaria de la aspiración mayor: establecer la profundidad y posibilidades del mundo mediante la intervención desde la palabra.
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Desde el surgimiento de Trilce -1964- son muchos y muy variados los oleajes que han agredido los puentes y orillas de Valdivia, instalando sobre el papiro literario una serie de desgarros y textos que deben ser combinados con el quehacer escritural nacional, puesto que tales embates no son diferentes a aquellos que se han verificado en todo el país. Uno de los integrantes de Trilce fue nuestro autor.

Existe –por lo tanto- un macro escenario, en cuyo continente cabe insertar “El octavo día de la creación” (Santiago, Eutopía Ediciones, julio 2019), de Luis Zaror, autor que por décadas ha compartido ciencia y literatura, experimentando así una trayectoria propia y diferente a prácticamente la totalidad de los demás integrantes del grupo, surgido hace ya cincuenta y cinco años a orillas del Calle Calle.

Los componentes del escenario: Lugares y registro creativo

Hablamos aquí del escenario como matriz del imaginario que explica y afecta la producción creativa, sin pretender dar cuenta de todos sus componentes. A este acercamiento a una relación somera del escenario se podrían agregar, por lo tanto, otros elementos, de acuerdo de los intereses del redactor.

¿En qué contexto surge “El octavo día de la creación”?

¿Qué ha ocurrido en Chile con su poesía durante décadas?

Para intentar responder tales interrogantes resulta necesario considerar conceptos como memoria, resignificación del lenguaje y, el olvido.

Estas preguntas nos ayudan a reseñar lo ocurrido en Chile con su poesía (válidas para un acercamiento a otras disciplinas).

Podemos ver, entre otros aspectos, que se integra la memoria –como información acumulada- al proceso creativo. Y en ese proceso, esta poderosa fuente está a su vez intervenida por otras: la imaginación, los deseos ante la historia, la vivencia establecida como categoría sicológica (los invasivos estados de ánimo), la creencia en algo superior o la negación de ello… y la creatividad como ‘compensación’ ante la complejidad del mundo.

Pero… están ahí los avances, el progreso obnubilando al habitante de esta moderna edad media pues, junto al enorme avance de las ciencias, al desarrollo de la tecnología y las comunicaciones, existe una herramienta de la cual poco se habla: el olvido. Formidable herramienta funcional al poder, el cual redacta un discurso maestro cuyo vehículo es el lenguaje. Los receptores leen dicho mensaje – muchas veces en forma acrítica - resultado: un imaginario que se desplaza dentro del territorio/memoria diseñado por el olvido.

Y los escritores trabajamos precisamente con la palabra para redactar nuestros textos literarios, los que constituyen el registro verdadero de la vida de los seres humanos.

Pero nos encontramos, además, con la resignificación del lenguaje…ante contextos que se modifican.

Antecedentes acerca de la resignificación –particularmente de topónimos- tenemos en décadas pasadas en nuestro país casos como Chihuío y Cuesta Barriga. En ambos casos, al mencionar tales lugares, en la opinión pública no se configura el significado original de ellos pues –al estar señalados fuertemente como sitios de ejecuciones y ocultamiento de ejecutados políticos durante la dictadura civil-militar, dicho significado es subsumido en el imaginario para ser identificados precisamente en su condición de escenarios de asesinatos.

Pero también existe el caso de un nombre institucional: Escuela Santa María de Iquique, ejemplo antiguo que ilustra de mejor manera lo señalado. Y simultáneamente se debe considerar otro aspecto, relacionado con el arte y su función, categoría que ha despertado polémicas en más de una oportunidad.

Se debe subrayar que lo acontecido en la Escuela Santa María de Iquique a inicios del siglo 20, fue conocido masivamente en el país más de medio siglo después, gracias al surgimiento de la obra musical “Cantata Santa María de Iquique”, hecho que demuestra que en algunas ocasiones el arte supera a disciplinas como historia y educación.

La palabra y su difusión

Con esto me refiero a algo de pero grullo: la literatura en general es poco difundida. Pero, así como muchas obras literarias generadas en el territorio geográfico/cultural denominado “sur de Chile” no son difundidas más allá de la ciudad en que surgen –y en ocasiones ni siquiera en dicha ciudad- lo mismo ocurre con lo que se produce en la Patagonia, en el Norte Grande y en las diferentes comunas de la Región Metropolitana. Porque –exceptuando los nombres elevados a la condición de íconos por la “institución literaria” y la industria editorial- los demás, o sea casi todos, completan años y años como almas en pena sin encontrar un fisura que permita introducir, aunque sea furtivamente, alguno de sus publicaciones en el terreno de “lo conocido”. Más que olvidadas se trata de obras ignoradas.

Literatura mapuche: Los nuevos textos de las décadas dictatoriales

Durante la década de 1980 surgen -y comienzan a ser difundidas- en forma sistemática aunque parcial, las creaciones de los poetas mapuche. En ese proceso despunta la voz de Elicura Chihuailaf, y en décadas posteriores Leonel Lienlaf, Adriana Paredes Pinda y Roxana Miranda Rupailaf, entre una verdadera constelación de autores, cuya difusión aumenta exponencialmente desde el inicio de la post dictadura civil-militar.

La expresión poética aborigen ingresa al escenario de la ‘literatura nacional’ para quedarse…creciendo y diseñando desde su emergencia una sensibilidad antes ignorada, y desde hace al menos dos décadas expandida en las voces de numerosos autores, constituyendo así la que sería la primera expresión de una ‘nueva zona’ en el territorio de la literatura chilena.

Pero también se debe considerar que –a partir la llegada masiva de hombres, mujeres y niños de diversas latitudes de Latinoamérica- debemos prepararnos para conocer lo que debiera ser la literatura migrante en Chile. Otro fenómeno que intervendrá en el escenario nacional.

Otro fenómeno –que no será desarrollado en esta oportunidad- es el de la literatura testimonial, el cual irrumpe igualmente en el periodo dictatorial.

“El Octavo Día de la Creación”

En todo contexto escribimos desde nuestros proyectos personales.

Los aspectos formulados como componentes del escenario existente en nuestro país, permiten explicar las muy variadas expresiones de la poesía chilena del siglo 20 y de las dos décadas del actual. En esa línea es que el asunto Luis Zaror obliga a tener presente su condición de científico, con la densidad de significados que ello contiene, y que en el desarrollo de su poesía ha venido tensionando los márgenes de su preocupación autoral. No debe sorprendernos en todo caso que –después de varios libros publicados durante décadas- nos ofrezca una nueva incursión titulada “El Octavo Día de la Creación”.

Este es un texto ordenado en 4 secciones: La palabra, El amor, El ocaso y El octavo día de la creación.

Su primera sección titulada La Palabra, sin duda que funciona como una declaración de intenciones que bordea una suerte de poética del autor. La explicación sería yo escribo en la disputa con el lenguaje…que siempre está a la espera de ser utilizado.

Por lo tanto, la tensión escritural señala el “desde dónde” escribe nuestro autor. Y en tal perspectiva nos muestra una especie de ‘adoración’ del lenguaje, mencionando sus atributos, como lo señala en el poema ‘Retorno’:

“Vuelvo a mis palabras/ a su sintaxis, su sentido/ a su ritmo/ y a la arquitectura de sus letras/ No las he abandonado/ ni ellas a mí/ Una tregua nos hemos dado.” (Pág. 9)

Versos que dan cuenta de las dimensiones del mundo cobijado, confesando una suerte de supeditación al carácter superior que tiene la palabra respecto del poeta y que a ratos interpela mientras sonríe apenas y tambalea en ‘Himnos’, donde el hablante busca el sentido de las cosas. Lo cual resulta explícito en el poema Nacimiento:

“Un domingo de acuario/ me trajo la luz/ y ahí comenzaron las palabras.” (Pág. 11)

Claro, se otorga allí, como se dijo, el carácter superior ¿divino? del lenguaje ¿de la poesía?

Tales atributos explican ‘Descubrimiento’:

“En una lágrima /descubrí/ la química de las palabras./ Las palabras son / apretados botones de primavera.” (Pág. 16)

Así como la primavera explosa vida, el poema recogido sobre sí mismo explosará en significados: otras vertientes de la vida.

La segunda sección, El Amor, el poema breve ‘Volverás’ denota la presencia del probable origen literario (teillierano quizás), que sugiere apoyarnos en que:

“Tú volverás / y entrarás diciendo / no encontré pan / en el negocio de la esquina./ Estoy con frío y quiero acurrucarme.” (Pág. 30)

Idea que resulta enfatizada y desarrollada en Añoranzas, algunos de cuyos versos la hacen más evidente:

“Recuerdo las luces estáticas de la ciudad,/ el viento tratando de agarrarse en las hojas…. / …La nostalgia tiene sabor a cariño/ y las añoranzas se quedan acariciando los días pasados.” (Pág. 47)

En la tercera sección, El Ocaso, la opción radica en una reflexión al final del camino, diciendo en ‘Graficar’:

“Tal vez un día podamos graficar el más allá. / Y si no existe,/ aun así,/ habrá sido lindo soñarlo, en la ilusión de trascender.” (Pág. 55)

Aquí tenemos una suerte de “nostalgia de futuro”, sustentada desde luego en el material propio del poeta: su palabra escrita, desde la cual se autoriza ese “tal vez”: improbable concreción, o esperanza en el devenir del tiempo.

Así también la muerte ingresa al territorio del texto, explícitamente en ‘De cara al cielo’:
“Se acabaron las imágenes./ Los ojos están fijos y no guardan nada./ Solo hay unos fantasmas merodeando,/ tal vez para habitar/ las vidas perdidas.” (Pág. 60)

Con tales versos tenemos ahora un documento de ingreso a la nada, a la soledad y al abandono, áspero sendero en el que transita la muerte.

La sección final, El octavo día de la creación, junto con otorgar el título al corpus completo, denota explícitamente el carácter religioso del autor y del hablante. Así lo vemos en cada poema, bástenos citar ‘Séptimo día’:

“Amaneció el séptimo día,/ Todo estaba hecho y todo era bueno./ El espíritu de Dios abrazó su obra./ La bendijo y descansó.” (Pág. 101)

Desde luego es la aceptación de la existencia del ser superior y las atribuciones inherentes a tal condición.

El día octavo debemos anexarlo a la otra creación: la del poeta.

Finalmente

Nada ha sido en vano –ni lineal- desde aquellos lejanísimos días del origen de Trilce, así como la obtención de logros grupales al mismo tiempo que los desarrollos individuales de quienes fueron sus integrantes. Y la publicación de la revista “Trilce”, liderada por Omar Lara, se inscribe entre las experiencias más persistentes en esa cuesta arriba que es la publicación de revistas literarias…impresas.

De los integrantes iniciales del grupo, autores como Enrique Valdés y Walter Hoefler -entre otros- han sido figuras con experiencia y producción propias. Lo mismo vale para Luis Zaror y su extensa tarea científica y literaria que con “El Octavo día de la Creación” sugiere no la finalización de su obra, sino un eslabón necesario en el desarrollo del trabajo escritural.

Igualmente, no es evidente en esta obra la tributación a los cambios sufridos por el escenario del país y su potencial expresión literaria. Tal aspecto no debe observarse como un desmérito, sino que estamos ante un autor que privilegia sus propios márgenes en función del proyecto personal aludido en párrafos anteriores.

Lo señalado, en todo caso, no tensiona el hecho que el lenguaje deviene en significaciones y resignificaciones propias de una materia intervenida por los acontecimientos históricos. En tal condición es que el autor pretende – y logra- sin forzar su condición de científico y creyente, diseñar la matriz del mundo según la construcción cultural que lo perfila. En este caso dicha matriz –cristiana- envuelve elementos que no puede ser examinados separadamente: texto y fe. O dicho de otra forma: poesía y misticismo. Ello permite afirmar que la vocación científica ha alentado y nutrido la exigencia poética.

Es bajo tales variables que Luis Zaror, desde la década de 1960 con un entonces incipiente grupo Trilce, puso en movimiento su propia interpelación poética, tributaria de la aspiración mayor: establecer la profundidad y posibilidades del mundo mediante la intervención desde la palabra.

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