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Los Rolling Stones, el coronavirus y la ciudad fantasma

por 19 mayo, 2020

Los Rolling Stones, el coronavirus y la ciudad fantasma

The Rolling Stones en el Global Citizen, abril 2020. Youtube.com, CC BY-SA

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Tras ocho años de silencio, los Rolling Stones acaban de publicar un single: Living in a ghost town. Como parte de la cultura popular, las letras pueden ilustrarnos acerca de un sentir colectivo. Todos apreciamos que “la vida era tan hermosa, hasta que nos encerramos y nos sentimos como un fantasma, en una ciudad fantasma”.

Tiene sentido que una banda de música tan longeva y urbana como los Rolling esté entre los primeros en sentir la necesidad de reflexionar artísticamente sobre la situación. La pandemia y el confinamiento afectan de lleno a las dos ideas centrales de una gran mayoría de sus canciones: la celebración en grupo, y la ciudad como lugar de encuentros y sorpresas.

La situación de confinamiento y el vacío del espacio público se reflejan en obras musicales. Como escuchamos en la recuperación de una canción de John Lennon, Isolation, que no puede ser hoy más actual:

“Usted es sólo un ser humano, una víctima de la locura, tenemos miedo de cada uno, como miedo del sol, aislamiento”.


Las canciones de los Rolling Stones son un indicio de las tendencias sociológicas. En 1965, (I can’t get no) Satisfaction constataba la paradoja de la sociedad de la abundancia, en términos del economista John K. Galbraith en su libro La sociedad opulenta. Era el grito de descontento de una juventud hedonista que intuía que el bienestar material no era suficiente para vivir bien.

La vida urbana: “Soy un fantasma viviendo en una ciudad fantasma”

Ante las imágenes de calles vacías y la ausencia de una vida urbana cotidiana, surge la cuestión de qué es lo que perdemos con el confinamiento. La ciudad fantasma es la anulación del espacio público como eje para espontaneidades y emancipaciones.

El antropólogo Manuel Delgado nos decía que una ciudad es tanto el lugar de disciplinas, de control por parte de los poderes, como el de los ardides de los ciudadanos para escapar a la autoridad. Es el lugar de las revueltas, como escuchábamos en otro himno de los Stones, Street Fighting Man.

El encuentro con desconocidos

Al vivir en una ciudad confinada, el ciudadano se encuentra a merced de unas rutinas preestablecidas. Y por ello mismo, la calle, la acera, la plaza pública, que son lugares de encuentro con la diversidad, de efervescencia colectiva, pierden su razón de ser.

El contacto espontáneo con lo que es diferente a uno mismo, que es una de las funciones principales de la calle para la socióloga Jane Jacobs, se suprime. La calle es encuentro con el azar, como dados que ruedan.

Esa vida pública cercenada y ausente consiste en salir al encuentro de los demás: mezclarnos en lugares públicos donde nacen vínculos precarios y efímeros. Pero vínculos, a fin de cuentas, que son el germen de las solidaridades y reciprocidades con desconocidos.

Somos fantasmas cuando el espacio público se convierte en un mero vector de tránsito, un no lugar, para el antropólogo Marc Augé, sin memoria y sin identidades que confluyan. ¿Es algo nuevo?

Todos anónimos, sin contacto. Vivir entre muchos, “asumiendo el compromiso con un mundo que no es el espejo de uno mismo” era, conforme al sociólogo Richard Sennett, una de las virtudes del espacio público y la ciudad.

Lo inesperado

Si la vida era hermosa, se debía a ese estar fronterizo en el espacio público, en la calle, al encuentro de lo inesperado a pesar de los comportamientos pautados de la urbanidad. Es hermosa por el hecho de perderse en un paseo, sin rumbo fijo, como experimentaron Walter Benjamin y Franz Hessel en sus Paseos por Berlín.

Y esta sensación de estar perdido puede generar también angustias, la necesidad de encontrar refugios en un ambiente hostil y peligroso, a la intemperie. Es el precio a pagar por abandonar el lugar de confort, como escuchamos en Gimme Shelter.

Pero aventurarse en el espacio público es también una “mezcla feliz” con el paisaje urbano, con los edificios, las avenidas, las plazas y sus viandantes. Esta canción es también la nostalgia del flâneur que tan bien retratara el poeta Charles Baudelaire: el paseante que en la ciudad hace “botánica del asfalto”.

Y por el hecho social de que la calle esté llena de ruido, de caos, “de sonidos de saxofones, vidrios rotos y címbalos resonando”. En ese caso, los lugares públicos hablan, murmuran, insuflan vida.

La jaula virtual: “Tanto tiempo para perder, sólo viendo mi teléfono”

El mundo virtual ha venido finalmente a sustituir las relaciones interpersonales directas. Pero tanto, el teletrabajo, como la teleamistad, carece de esa cercanía corporal y de la proximidad a lo distinto.

Son sólo simulacros, como diría el filósofo Jean Baudrillard, sucedáneos de vida pública que nos dejan una sensación de vacío.

La interpretación del clásico You Can’t Always Get What You Want en el evento Global Citizen, cada uno desde su casa y conectados a través de las pantallas, nunca podrá suplir la riqueza sensorial de compartir el mismo lugar. No siempre se consigue lo que se quiere.

Quizás ya antes del confinamiento éramos fantasmas en una ciudad fantasma, pendientes más del smartphone que de la vida real y próxima. Cada uno ya encerrado en su propia jaula virtual, sólo atento a lo que es familiar, purificado de la riqueza de la diversidad. Distraídos del mundo y concentrados en la pantalla.

Es posible que ahora esas promesas digitales de una vida idílica, entre las pantallas de los smartphones, revelen que relacionarse con imágenes, e incluso, convertirse uno mismo en imagen, es el camino para el empobrecimiento de nuestra vida.

Lo genuino urbano contrasta con la sociedad del espectáculo que ya denunciara el filósofo Guy Debord en los años 60. Tampoco estamos satisfechos con la vida en las pantallas. Salimos a la calle para esperar a un amigo, como escuchamos en Waiting on a friend. Las pantallas no pueden sustituir esta cercanía.

“Es sólo Rock’n’Roll, pero me gusta”

“No es divertido” que la fiesta sea una “fiesta de uno”: es un contrasentido. La fiesta en tanto actividad masiva implica multitud, densidad y acercamiento, según el escritor Elias Canetti.

En la fiesta transgredimos las disciplinas de lo cotidiano, el control de los poderes, con el propósito del goce común, del estar juntos. Ya no sentimos miedo al contacto con los demás. Es lo que escuchamos en otro de los himnos de los Stones, It’s only rock’n’ roll.

Un abismo separa el hecho de ver un vídeo de la viva experiencia de compartir un lugar, en copresencia física, en un concierto o en la calle. La fiesta, como el espacio público, ha de ser vivida con intensidad. El estar juntos y mezclados es su sentido.The Conversation

Antonio Fernández Vicente, Profesor de teoría de la comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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