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Osamu Dazai y el asco de sentirnos cercanos al mundo

por 4 junio, 2021

Osamu Dazai y el asco de sentirnos cercanos al mundo
El escritor japonés narra en “Indigno de ser humano” (Sajalín, 2021) la vida de Yozo, un joven de provincia que se traslada a estudiar a Tokio luego de un intento de suicidio. Tres fotografías y tres cuadernos de distintas épocas nos entregan no solo pistas sobre el protagonista, sino también del autor que se suicidó una semana antes de cumplir los 39 años. La novela, publicada originalmente en 1948, nos revela el desolador paisaje que dejó la Segunda Guerra Mundial en toda una generación de jóvenes que experimentaron en la tragedia el sinsentido de la vida.
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Osamu Dazai (1909-1948) publicó “Indigno de ser humano” (Sajalín, 2021) en el año 1948, apenas unos meses antes de quitarse la vida junto a su amante. Portavoz del hastío y absurdo que suelen dejar las guerras en sus habitantes, fue capaz que traducir esa derrota humana entre el alcoholismo, las bombas y la vida que siempre continúa.

Tres fotografías y tres cuadernos de distintas épocas, encontrados por un narrador presente en el prólogo y epílogo, son los que delinean un argumento sencillo pero denso en su espesor. En los cuadernos leemos los pensamientos de Yozo, un joven de provincia que se traslada a Tokio luego de un intento de suicidio.

Las dificultades de socializar de manera real e íntima con otro ser humano se ven reflejadas desde un inicio. Su carácter, calculador e inmutable, se delinea en la impostación de un molde de persona aceptable y digerible para la sociedad. Es el niño sensible sin traumas, el bufón que hace reír a sus amigos y a las mujeres, el alumno ejemplar que saca buenas calificaciones y que tiene aptitudes para el dibujo y la pintura. Un artista en potencia. Un amante dócil, feliz y controlable.

No obstante, a través de los años su actuación se descascara como un muro ajado que termina por mostrar su color original. Yozo pierde la consistencia cínica de la juventud y sus mentiras terminan por ser una decadente performance para encajar en el mundo. Yozo escribe en uno de sus cuadernos:

“La sociedad. Para entonces hasta yo estaba empezando a tener una ligera idea de qué se trataba. O sea, una lucha entre individuos. Y una lucha que el ganarla lo supone todo. El ser humano no obedece a nadie. Hasta los esclavos llevan a cabo entre ellos mismos sus venganzas mezquinas. Los seres humanos no pueden relacionarse más allá de la rivalidad entre ganar y perder. A pesar de que colocan a sus esfuerzos etiquetas con nombres grandilocuentes, al final su objetivo es exclusivamente individual y, una vez logrado, de nuevo solo queda el individuo”.

El mundo se nos presenta abstracto y complejo. Es una carga pesada que llevamos. Osamu Dazai pone de manifiesto lo absurdo de ciertas normas sociales y el modo automático en que funciona la sociabilización. La sociedad es un molde que nos convierte en personas en serie que responden a patrones y gustos determinados. Yozo, en su eterno descontento y declive, pareciera decirnos que la diferenciación social, por la que tanto luchamos, es solo una trampa más del sistema para rompernos desde adentro.

La última derrota

Osamu Dazai se erige como uno de los grandes narradores modernos de Japón, posiblemente junto a maestros de la talla de Mishima y Kawabata. La desgracia marcaría su vida. En 1945 viviría un suceso que lo marcaría para siempre. Su casa fue destruida en un ataque estadounidense y vio en primera persona los horrores y el sinsentido de la guerra. Este hecho, sin dudas, marcaría su personalidad y le daría un tono pesimista y poético a su obra.

Ya en 1948 acumulaba un par de intentos de suicidio y unos meses después de publicar “Indigno de ser humano”, se lanzó al río Tama de Tokio junto a su amante.

Dazai no alcanzaría a cumplir los 39 años, y sus novelas y relatos retratarían ese terreno inestable desde donde se construyó su propia vida. Sus personajes —distantes y autobiográficos— hacen patente la indiferencia de la sociedad hacia el individuo dañado. Yozo vacila ante la vida, busca refugio en el alcohol, en la morfina, en las prostitutas y en el vago aroma del amor, pero no logra encontrar refugio ni siquiera en la miseria humana.

“En mi existencia ya no existe la felicidad o el sufrimiento. Todo pasa. Esa era la única verdad en toda mi vida, transcurrida en el interminable infierno de la sociedad humana”, diría Yozo hacia el final de la novela.

Osamu Dazai es un gran maestro porque nos muestra la última partícula de esperanza que subyace antes de la derrota total del individuo. La belleza de ese lugar, efímero y fugaz, es la daga con que su prosa nos quiebra y nos desmantela. Nos muestra la luz que da lugar a un atardecer infame y vacío. Vemos, finalmente, al humano despojado de sus máscaras.

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