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¿La última oportunidad para el Ministerio de Ciencia? CULTURA|OPINIÓN

¿La última oportunidad para el Ministerio de Ciencia?

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Pablo Astudillo Besnier
Por : Pablo Astudillo Besnier Ingeniero en biotecnología molecular de la Universidad de Chile, Doctor en Ciencias Biológicas, Pontificia Universidad Católica de Chile.
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Quienes han liderado el MinCiencia han optado por menospreciar activamente todo el capital cultural acumulado tras años de debates, discusiones y análisis, por parte de una serie de personas y agrupaciones, y los procesos de diálogos que ha desarrollado la cartera han sido o bien deficientes, o simplemente excluyentes. Y este espíritu ha sido extensivo a toda la institucionalidad científica, desde la ANID (que presidía hasta hace un tiempo Aisén Etcheverry) hasta el Consejo de CTCI.


Cuatro ministros (precisando el lenguaje, dos ministros y dos ministras) en poco más de tres años de existencia oficial: sin duda, es un balance poco auspicioso el que carga a cuestas el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (en lo sucesivo, “MinCiencia”) durante su breve existencia. Ni siquiera el Ministerio de Educación, siempre tan proclive a las rotaciones ministeriales, muestra una inestabilidad similar en el mismo periodo.

¿Por qué le ha costado tanto afianzarse a un ministerio tan importante para el país, y cuya creación tomó varios años de trabajo (entre campañas, debates, comités presidenciales y demases)? Podríamos especular sobre las razones.

Quizás, más allá de los discursos, ha habido escaso interés político. Quizás la conducción de sus ministros hasta ahora no ha sido la adecuada (posiblemente algo de esto es parte de la explicación). Quizás las expectativas depositadas sobre el ministerio han sido demasiado elevadas.

Lo cierto es que el MinCiencia se ha visto hasta ahora como una instancia hermética, con escasa habilidad para entablar diálogos de calidad con una comunidad más amplia, y con una incapacidad relativa para demostrar logros concretos en una diversidad de áreas (quizás la equidad de género es el único ámbito en el cual el ministerio se ha visto más activo y decidido, pero en otros sigue en deuda).

En consecuencia, no resultó muy sorpresiva la salida de la ministria Silvia Díaz (aunque en estricto rigor, estamos más bien ante un enroque). Su reemplazante, Aisén Etcheverry (con experiencia en el área, tras su paso por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, ANID, y el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, que ahora presidirá la exministra Díaz), encaja en cierto modo en el relato que se ha intentado instalar en los días posteriores al cambio de gabinete, centrado en la “gestión”.

Sin embargo, es posible que el problema del MinCiencia no sea necesariamente uno de gestión, o al menos no de gestión técnica. El problema parece ser más bien uno de objetivos, de obsesiones, y de una forma algo elitista de hacer política. En definitiva, es un problema de visión y conducción.

Esto se traduce en al menos tres frentes en los cuales el MinCiencia debería poner atención, si no quiere dilapidar lo que quizás sea su última oportunidad para consolidarse y dejar de ser “la oficina al fondo del pasillo”, como la catalogó alguna vez un conocido periodista:

a) Un ministerio para el país, pero también para los científicos: la mayor debilidad del MinCiencia, desde el día uno, ha sido su afán por presentarse como un ministerio “para el país, no para los científicos”. El MinCiencia, en la visión de quienes han conducido la cartera hasta ahora, tiene por objetivo “poner la ciencia al servicio del desarrollo” (sea cual fuere la definición de “desarrollo”, escasamente socializada por lo demás).

Sin embargo, este espíritu, por muy bienintencionado que sea, olvida un detalle importante: necesitamos una ciencia sólida que podamos “poner al servicio”, en primer lugar. Y en este sentido, el MinCiencia sigue ignorando los graves problemas estructurales que enfrenta el sector, actuando de algún modo como si Chile tuviese el sistema científico de Estados Unidos, algunos países nórdicos, o Singapur.

En los pocos años que el MinCiencia lleva en funcionamiento, no solo no se ha impulsado ninguna reforma estructural al sistema científico nacional, sino que ni siquiera se ha fortalecido de forma ostensible. Seguimos con escasas oportunidades profesionales (como muestra, véase el crudo reportaje “Lo que callan los doctorados”, publicado hace algunos días en La Tercera), y en consecuencia todavía perdemos talentos, ante la persistente baja tasa de adjudicación de muchos concursos; la ciencia —en particular básica— sigue enfrentando una evidente estrechez de recursos.

El personal de I+D sigue enfrentando condiciones laborales precarias; los proyectos no se reajustan, pese al difícil contexto inflacionario; y seguimos enfrentando exigencias desmedidas de una productividad científica considerada por muchos expertos como innecesaria, dañina y superflua. Y esto es solo por mencionar parte de los problemas actuales.

Mientras el MinCiencia no asuma de una vez por todas que esta cartera también debe ser para los científicos, es posible que siga pareciendo una entidad distante y que obedece más bien a visiones particulares (ya me he referido en una columna anterior, en este mismo medio, a la escasa participación con la que se ha concebido el misterioso “modelo de desarrollo” al que supuestamente debe “servir” la ciencia nacional).

b) Concretar una vocación de apertura y diálogo: una de las características más marcadas del MinCiencia hasta la fecha ha sido el hermetismo con que se ha conducido desde el punto de vista de sus estrategias y políticas.

Quienes han liderado el MinCiencia han optado por menospreciar activamente todo el capital cultural acumulado tras años de debates, discusiones y análisis, por parte de una serie de personas y agrupaciones, y los procesos de diálogos que ha desarrollado la cartera han sido o bien deficientes, o simplemente excluyentes. Y este espíritu ha sido extensivo a toda la institucionalidad científica, desde la ANID (que presidía hasta hace un tiempo Aisén Etcheverry) hasta el Consejo de CTCI.

Basta un ejemplo: una vez más nos hemos enterado por redes sociales de los ejercicios de “diálogo” (en los que siempre caben unos pocos) del Consejo de CTCI, en una historia de nunca acabar: la institucionalidad científica como un club en el que unos pocos sabios o nobles (no obstante sus eventuales méritos) se reúnen a discutir lo que es mejor para una comunidad que, si bien es pequeña en comparación con países desarrollados, reúne a miles de personas y continúa enterándose de todo por Twitter e Instagram.

c) Moderar las expectativas: una de las consecuencias evidentes del anhelo de “poner la ciencia al servicio del desarrollo” es generar expectativas poco realistas respecto a lo que la ciencia puede ofrecer y, en última instancia, resolver.

Independiente de que el conocimiento científico puede y debe ser aplicado a una multitud de problemáticas y desafíos sociales, económicos y políticos, en el caso del MinCiencia se ha generado una diversidad de iniciativas y liderazgos de políticas (o participación en estas) que acarrean como consecuencia la dispersión de los esfuerzos y la creación de nuevos y variados instrumentos, en condiciones que uno de los objetivos de la nueva institucionalidad era tanto evitar duplicidades como concentrar esfuerzos.

Por lo demás, el visible interés y participación del MinCiencia en esta serie de mesas, políticas, estrategias e iniciativas sectoriales contribuye a una inflación de las expectativas, según la cual se espera que el MinCiencia resuelva los problemas asociados a la inteligencia artificial, la recuperación tras los incendios forestales, el cambio climático, los recursos hídricos, o el desarrollo sostenible.

Este espíritu es bien intencionado, desde luego; sin embargo, es importante avanzar hacia un modelo en que la ciencia y el conocimiento sean parte integral de la agenda de los diversos ministerios, y que sean estos los que lideren las iniciativas que vinculen el conocimiento con sus respectivas labores sectoriales, permitiendo así que el MinCiencia pueda enfocar sus esfuerzos en el fortalecimiento integral del sistema científico.

En definitiva, es posible que estemos ante la última oportunidad para que el MinCiencia se consolide como una instancia que aporte al bienestar y progreso del país, pero también como una oportunidad para que Chile dé el salto en materia científica que necesitamos para dar sustento, y sobre todo realismo, a la aspiración de poner la ciencia al servicio del país. Mucho dependerá de que la nueva ministra Aisén Etcheverry impulse una nueva forma de conducir este ministerio, más abierta, integral, participativa y consciente de las debilidades estructurales de nuestro sistema científico.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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