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“La ciudad y sus muros inciertos” de Murakami: entre el mundo ideal y el mundo real CULTURA|OPINIÓN

“La ciudad y sus muros inciertos” de Murakami: entre el mundo ideal y el mundo real

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Max Valdés / Letras de Chile
Por : Max Valdés / Letras de Chile Novelista, cuentista, editor, antólogo, escritor de literatura infantil. Es Magister en Edición de la Universidad Diego Portales y Máster en Edición de la U.Pompeau Fabra de Barcelona.
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Los protagonistas de esta obra no tienen nombre, son un chico de 17 años y una chica de 16 años. Ambos van a escuelas distintas, pero el destino los unió en una ceremonia de entrega de premios de un concurso de redacción de la preparatoria, cuyo título del concurso debía apelar a “Mis amigos”.


Haruki Murakami es conocido por novelas como “Tokio Blues” o “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, entre muchas otras. Acaba de sacar su última novela “La ciudad y sus muros inciertos”.

Es la primera novela que escribe Murakami en seis años, siendo su última “La muerte del comendador” escrita en 2017. “La ciudad y sus muros inciertos” narra sobre el autodescubrimiento de un joven después de que la chica de la que está enamorado desaparezca de su vida. Una novela de un amor perdido y la búsqueda de la identidad.

El escritor es conocido por su estilo de escritura, casi siempre en primera persona y de una pluma muy íntima, en que la acción se limita a dos o tres grandes temas trabajados con intensidad y eficacia: el amor, trágico e intenso, la suspensión del mundo real por instantes eternos a cambio de un lirismo fantástico, y la búsqueda del ser humano en cuanto a lo que contiene este que le otorgue sentido. El autor tiene 15 novelas y 5 relatos, y con ellos ha ganado diferentes premios.

Esta novela de más de quinientas páginas posee características mágicas, a veces surrealistas. Convoca al mundo de los sueños y es precisamente el personaje quién será invitado a una misteriosa ciudad, que parece no existir en el mundo material, a leer los sueños de habitantes enigmáticos y lejanos, rodeados de una alta montaña.

La biblioteca que contiene los sueños posee: “…estantes de la sala de depósito que no contenían libros, sino una infinidad de viejos sueños dispuestos en largas hileras y quieto reposo, cubiertos por finas capas de polvo blanco, indicativas de una prolongada inactividad”.

Todo es inusual en esa ciudad tras sus muros. Hay un único guardián (el mismo que le solicitará que se desprenda de su sombra) que vigila el ingreso. En una oportunidad invita al protagonista a su cabaña y le dice: “Hay gente que dice que el cuerpo es el templo donde se aloja el alma. Tal vez tengan razón. Pero es difícil verlo así cuando te pasas los días, como yo, enterrando unicornios y quemando cadáveres; entonces uno empieza a verlo más como una miserable casa en ruinas que como un templo…”.

Los protagonistas de esta obra no tienen nombre, son un chico de 17 años y una chica de 16 años. Ambos van a escuelas distintas, pero el destino los unió en una ceremonia de entrega de premios de un concurso de redacción de la preparatoria, cuyo título del concurso debía apelar a “Mis amigos”.

Él escribió sobre su gata; ella sobre su abuela materna. Él obtuvo el tercer lugar y ella el cuarto. No entendía cómo su escrito podría estar por sobre el de ella, que era “más reconfortante y que llegaba al corazón”. Ambos no habían conocido a nadie con quien pudieran expresar sus sentimientos y pensamientos con libertad y naturalidad. Parece casi milagroso que lograsen conocer a un compañero así. Dos adolescentes extraños y profundos que comenzarán una aventura fantástica.

“Quiero ser toda tuya”, dice ella. Pero, le revela a él: “La que ves aquí, y ahora no, es mi verdadera yo. Solo soy una sombra efímera”. “La verdadera yo”, dice, “vive en una ciudad rodeada de altos muros”. Fuera de la ciudad hay un inmenso manzanal, pero la única puerta al mundo exterior está custodiada por un gran guardián y los habitantes no pueden salir de ella. Solo las bestias de un solo cuerno, cubiertas de pelo dorado y que viven en manadas, pueden viajar entre el interior y el exterior de las altas murallas. Y la gente que vive en esa ciudad no tiene sombras.

En esa ciudad la chica trabaja en una biblioteca que colecciona “viejos sueños”, pero la única forma en la que él puede conocer a la “verdadera joven” es convirtiéndose en “lector de sueños” y yendo a la “ciudad rodeada de altos muros”. Pero, ¿dónde está esa misteriosa ciudad y cómo se puede entrar en ella? Para convertirse en habitante de esa ciudad, hay que desprenderse de las sombras.

Esto tiene una importancia crucial en la historia. La novela profundiza metafóricamente preguntas que nos atemorizan; la dualidad de dos mundos, uno que debiera ser real y el otro que está en nuestras aspiraciones, en lo que deseamos ser, aquello que aspiramos y que de alguna manera el mundo físico nos lo impide. “¿En cuál de estos mundo estoy arraigado, a cuál pertenezco?”

Dos modalidades de existir: la realidad versus la irrealidad. Preguntas que continuarán a lo largo de la novela con el chico ya convertido en un adulto de casi cincuenta años que continúa vinculado con ese mundo adolescente y con esa joven extraña que escribió un poema a su abuela materna. El nuevo personaje es parte de un mundo real y en el que parece necesitar del pasado para sobrevivir en él. Un amor sano y adolescente (como debieran ser las primeras experiencias amorosas) que se resiste al olvido.

Quizá para comprender este libro y en general todo su estilo narrativo sea bueno saber qué piensa él de su escritura: Dice el autor: “Para mí, escribir una novela es como soñar; me permite soñar adrede mientras estoy despierto. Puedo continuar un día el sueño del día anterior, algo que no puede hacerse normalmente. Es también una forma de descender profundamente en mi conciencia. Así que aunque sea algo onírico, no es fantasía. Para mí lo onírico es muy real”.

Para los seguidores de Haruki Murakami su última obra abre un misterio literario poco conocido del autor, misterio que será descubierto solo si leemos hasta el final.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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