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¿Una oposición para quién?

por 17 enero, 2019

¿Una oposición para quién?
Definitivamente llegamos a la crisis de nuestra democracia, donde la suma de siglas no se traduce en una suma de fuerzas reales, como pudo ser en la década del 90. Así las cosas, ganarle a la derecha nos obliga a combatir una cultura abstencionista y a organizarnos para movilizar la esperanza de quienes, con vacilación, participan. Este desafío requiere de menos voluntarismo matemático y muchas más ganas por superar la vieja burbuja de gobernabilidad que nos arrastra a su ocaso.
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La sola suma para ganar va en declive. Sobre todo cuando la gente se ahoga en razones para desconfiar, no solo en el arte del representante, sino también en los horizontes compartidos que hacían que ese representante significara algo, históricamente, delineado. Frente a la liquidez imperante, es poca la movilización que podría ofrecer (otra vez) la unidad contra la derecha, sin cumplir antes la tarea de entender cómo hemos llegado aquí, sabiendo que el terreno que decidimos transitar antes es el mismo que terminó produciendo el segundo Gobierno de Sebastián Piñera. Esto no con el afán de abrir heridas, sino para evitar que el futuro nos amarre a repertorios defensivos.

Las últimas elecciones fueron las menos comunes de la transición. Sus protagonistas dijeron que la unidad del progresismo no sumó debido al quiebre orgánico del comando, que el apoyo de nuestra presidenciable llegó tarde o que el bajo esfuerzo hacia el centro político lo copó la derecha social. Algunos apuntaron al excesivo relato a favor de las “minorías” en vez de la economía, mientras otros culparon a la amenaza de #Chilezuela, montada por la ultraderecha. O, simplemente, “todas las anteriores”.

Lo cierto es que, desafiando toda aritmética, la derecha terminó movilizando a cerca de 400 mil votantes más por sobre el diferencial democratacristiano.

¿Qué elementos nos permiten afirmar que hoy la situación es diferente? Más allá de los autogoles del Gobierno, ninguno. Nos hemos sumergido en un cuadro global de incertidumbres, donde refugiarse en la calculadora para ganar, es comenzar a perder. Los apoyos cruzados ya no nos alcanzan cuando los que miran el partido, modelados por décadas de consensos homogéneos, no logran distinguir entre derecho y consumo, entre intereses públicos y codazos. Las reglas se han desdibujado y es nuestra responsabilidad ir por nuevas pautas.

Para cuestionar en serio a las derechas, inmediatamente debemos interpelar también las condiciones que las premian como alternativas, hasta convertirlas en Gobierno. La incapacidad de superar el estancamiento transicional por quienes también lo administraron, ha sido su propio caldo de cultivo. La normalización de la política pública hiperfocalizada que fraguó al nuevo consumidor de ciudadanía, terminó produciendo que el miedo “al otro” movilice bastante más que la inclusión de “ese otro” hacia un rutinario círculo de abuso y desigualdad, del cual no hay seguridad de salir. Es la carga de la experiencia vivida, en una ciudad que te repite veinte veces al día que no hay suficientes recursos para todos y que es más viable abrirnos paso a codazos, cueste lo que cueste. Entonces, ¿qué otro horizonte nos queda?

No estamos desechando la unidad, sino resignificándola para ir por ella. Por supuesto que el avance local y global de una derecha ultraconservadora nos preocupa. ¿Cómo no?, si la negación de los mínimos civilizatorios alerta desde el mismo Gobierno hasta la falange. Sin embargo, este avance no ha sido matemático en pactos electorales, y su creciente autonomía política se forja palabra tras palabra, emplazamiento tras emplazamiento, socavando el debilitado horizonte progresista en función de sus “fracasos”, para entonces instalar nuevas divisiones y sospechas ante quienes nos compiten.

Frente a esto, ¿cuál unidad construir desde la oposición?

Para cuestionar en serio a las derechas, inmediatamente debemos interpelar también las condiciones que las premian como alternativas, hasta convertirlas en Gobierno. La incapacidad de superar el estancamiento transicional por quienes también lo administraron, ha sido su propio caldo de cultivo. La normalización de la política pública hiperfocalizada que fraguó al nuevo consumidor de ciudadanía, terminó produciendo que el miedo “al otro” movilice bastante más que la inclusión de “ese otro” hacia un rutinario círculo de abuso y desigualdad, del cual no hay seguridad de salir. Es la carga de la experiencia vivida, en una ciudad que te repite veinte veces al día que no hay suficientes recursos para todos y que es más viable abrirnos paso a codazos, cueste lo que cueste. Entonces, ¿qué otro horizonte nos queda?

La derrota de la unidad no fue solo por “todas las anteriores”, sino principalmente por la dificultad estratégica para articular una esperanza movilizadora frente al establishment, que irradie otro Chile posible sin pisarse la cola. Hablamos de una oportunidad para empujar voluntades sobre la base de formas y fondos diferenciadores, en medio de la crisis global del “centro”, copándolo o desfondándolo, según gustemos.

No se trata de desconocer 30 años de reducción de la pobreza dura y de la emergencia de las capas medias, pero repetir la fórmula es ofrecer poco cuando la angustia de las deudas nos explota en la cara. No es que la izquierda ahora se preocupa más de las mujeres, del cambio climático y de las minorías identitarias en vez de la economía (¡estúpido!), sino que es la ausencia de estrategia para comunicar cómo y dónde se entrelazan estas múltiples formas de opresión, incluida la economía, cuyo hastío, para la gente, no se ha resuelto con avances simbólicos.

Por eso, enfrentar las contradicciones laborales, ambientales, feministas, educacionales o plurinacionales desde sus conexiones y lugares comunes, nos permitiría anular los chivos expiatorios que hoy ayudan a la derecha a dividirnos. ¿Acaso no será momento de esforzarnos mucho más por desnaturalizar la política del chorreo?

Definitivamente llegamos a la crisis de nuestra democracia, donde la suma de siglas no se traduce en una suma de fuerzas reales, como pudo ser en la década del 90. Así las cosas, ganarle a la derecha nos obliga a combatir una cultura abstencionista y a organizarnos para movilizar la esperanza de quienes, con vacilación, participan. Este desafío requiere de menos voluntarismo matemático y muchas más ganas por superar la vieja burbuja de gobernabilidad que nos arrastra a su ocaso.

Estamos parados justo en un punto de inflexión, donde la disputa en positivo y desde las alianzas sociales, se torna urgente. El 2019 será un año clave para construir nuestra unidad, no solo mirando 30 años hacia atrás, sino que sobre todo empujando 30 años hacia adelante, donde la política y la sociedad se vuelvan a encontrar.

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