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Guaidó/Maduro: posición de tablas

por 30 abril, 2019

Guaidó/Maduro: posición de tablas
El caso venezolano ejemplifica un viejo debate al interior de los estudios internacionales: ¿qué es lo determinante, la espada o las justas aspiraciones? Algo que Guaidó siente a medida que avanzan los días. Y, a su vez, el gran aserto de Talleyrand en orden a que las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse, calza perfecto en las tribulaciones de Maduro y su entorno.
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A medida que avanzan las semanas, la situación en Venezuela entra en lo que en ajedrez se denomina “posición de tablas”, donde ninguno de los dos contendientes es capaz de imponerse. Por un lado, mientras Juan Guaidó concita la simpatía de la mayoría de la población, Nicolás Maduro controla el territorio apoyado por las Fuerzas Armadas, el SEBIN y, principalmente, por esos corrosivos colectivos armados.

Mientras Guaidó tiene el soporte de la fuerza diplomática de Estados Unidos, Europa occidental y de la mayoría de los países latinoamericanos, Maduro aprovecha los espacios ofrecidos por los choques geopolíticos del mundo de hoy. Un cuadro que en lenguaje schmittiano sería un nomos fracturado con una soberanía disputada en los planos interno y externo.

El caso venezolano ejemplifica un viejo debate al interior de los estudios internacionales: ¿qué es lo determinante, la espada o las justas aspiraciones? Algo que Guaidó siente a medida que avanzan los días. Y, a su vez, el gran aserto de Talleyrand en orden a que las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse, calza perfecto en las tribulaciones de Maduro y su entorno.

¿Cuánto tiempo podría durar este impasse?

Venezuela vive un quiebre abismal y no es menor el hecho de que los dos líderes de las “fuerzas profundas” que se enfrentan, hayan egresado de programas de formación tan disímiles.

Difícil predecir. Deben sedimentar aún las energías políticas desatadas el 23 de enero, fecha en que la Asamblea Nacional decidió “encargar” a Guaidó las tareas del Ejecutivo, ateniéndose a los artículos 233, 333 y 350 de la Constitución. Recién decantado aquel combustible, se irá perfilando el futuro escenario político. Bajo tal supuesto, este permanece abierto y con el espectro de la guerra civil –con fuerte participación extranjera– a la vuelta de la esquina.

Por ahora, los dos personifican una tensión llena de simbolismos políticos. Maduro –de oficio chofer y sindicalista– es un egresado de la más selecta Escuela de Cuadros del Partido Comunista cubano, llamada Antonio “Ñico” López, en honor a uno de los más leales colaboradores de Fidel Castro en tiempos de la revolución, y donde estudió el actual premier isleño Miguel Díaz-Canel. Maduro egresó en 1987, tras dos años de estudios, donde algunas fuentes familiarizadas con aquella escuela señalan que fue compañero de promoción de Evo Morales. Pocos deberían dudar que Maduro ha exhibido capacidad para navegar en aguas procelosas, respondiendo a la imagen de caudillo protervo y verborrágico, tan común en la historia latinoamericana.

Paralelamente ya logró reinstalar en la memoria de los sectores populares venezolanos la idea de que un “hombre duro” es capaz de soportar presiones externas, tal cual lo hizo su ídolo Cipriano Gómez, quien gobernó a inicios del siglo XX y fue sacado del poder por su compadre y segundo a bordo del régimen, J. Vicente Gómez.

Guaidó –exdirigente estudiantil de clase media– es ingeniero con formación en la prestigiosa Universidad Católica (jesuita) Andrés Bello de Venezuela y en la American University de Washington, y ha demostrado ser un hábil y aguerrido líder. Su máximo logro es haber jubilado de un plumazo a una clase política anquilosada, sumida en reyertas infinitas, periféricas al poder. En gran medida corresponsable del colapso de la democracia venezolana. Ello con apenas 35 años de edad.

Venezuela vive un quiebre abismal y no es menor el hecho de que los dos líderes de las “fuerzas profundas” que se enfrentan, hayan egresado de programas de formación tan disímiles.

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