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Allende, un líder excepcional de su época

por 25 junio, 2019

Allende, un líder excepcional de su época
Siendo Presidente de la República, no dejó de ser hombre de partido y por eso señaló: “Todo lo que soy y he sido se lo debo a mi partido y a mi pueblo”. Incluso siendo minoría, actuó para fortalecerlo, siempre con lucidez y serenidad sobre su perspectiva histórica. Su lealtad fue a toda prueba, jamás se podría prestar a socavar o romper la institucionalidad del partido de toda su vida. Ese compromiso es esencial en su legado y hay que subrayarlo ante figuras que se alejan o acercan según la ocasión.
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Un nuevo natalicio del Presidente Salvador Allende, este miércoles 26 de junio, es una buena ocasión para reflexionar sobre su personalidad política, su legado de alcance universal y su obra cúlmine: la “vía chilena al socialismo, en democracia, pluralismo y libertad”.

De acuerdo a las condiciones históricas en que se formó como militante socialista y forjó su identidad de líder democrático y popular, luego de firme estadista ante la intromisión foránea y, finalmente, de férreo defensor del mandato constitucional ante la conjura fascista, en ese conjunto de hechos y circunstancias, Allende emerge como una figura excepcional y, aunque algunos quisieran intentarlo, no es posible copiar su estatura histórica, porque esa época en Chile y a escala global, no se repetirá jamás.

En efecto, el año 1970 en los términos de entonces, la tensión internacional estaba “al borde de la guerra”, vale decir, la hostilidad entre las alianzas estatales geoestratégicas encabezadas por los Estados Unidos y la ex Unión Soviética llegaban al límite de la guerra nuclear. Por un lado, la situación se caldeaba con la intervención norteamericana en Vietnam, que invadía con medio millón de soldados y bombardeaba con napalm a la población indefensa y, por el otro, con la ocupación de Checoslovaquia por el ejército soviético en 1968. La tensión internacional abrazaba países y regiones a niveles nunca antes alcanzados en la era nuclear.

Al término de la II Guerra Mundial, el fin de siglos de autocracia monárquica y la revolución campesina en China y las luchas independentistas de la India, Vietnam y de Argelia, gestaron el auge de la lucha por la liberación nacional que cambió el mundo, acelerando la decadencia de los imperios coloniales de Francia, Portugal y Gran Bretaña. Asimismo, en Egipto en 1952 cayó la monarquía y Gamal Abdel Nasser abría otro horizonte para el mundo árabe. La expresión política de ese vasto acontecer fue la creación de nuevos estados y la formación del movimiento de países no alineados como potente interlocutor internacional, que incluía en Europa a la antigua Yugoslavia, liderada por Josip Broz Tito.

Asimismo, para Allende la victoria no era posible sin “la unidad popular”, es decir, sin lograr la unidad del pueblo como requisito esencial para avanzar y llegar a la meta. Por eso, apoyó sin cansarse el entendimiento de socialistas, comunistas, radicales, cristianos de ideas avanzadas, laicos racionalistas e independientes de centroizquierda, con vistas a contar con la mayoría política y social necesaria para derrotar a las fuerzas conservadoras de ultraderecha, retrógradas pero influyentes y poderosas, que se nutren del miedo a los cambios existente en diversos grupos sociales.

Sin embargo, América Latina se quedaba atrás. Los países de inestables estructuras democráticas se estancaban, sus recursos naturales eran succionados por el capital foráneo y las oligarquías venales seguían sumidas en una ineptitud que agravaba el atraso y la pobreza. Ante el surgimiento de caudillos populistas como Perón en Argentina, se producía la intervención militar de los centros de poder más conservadores.

La crisis del subdesarrollo, la soberbia farra oligárquica y la ineficacia de gobiernos despóticos o corruptos generaron la rebeldía transformadora que se expresó en América Latina en los años 50, en particular, a través de los regímenes nacionalistas en Bolivia y Guatemala, luego en la revolución cubana en los años 60 y en gobiernos progresistas como el de João Goulart en Brasil. Esas experiencias tuvieron como cruenta réplica la instalación de regímenes castrenses en la mayor parte del continente, incluida la intervención militar de Estados Unidos en República Dominicana en 1965.

A mitad de los 60 la guerrilla del “Che” en Bolivia era cercada hasta su derrota y la muerte de Ernesto Guevara se unía a la de incontables jóvenes de izquierda que, en los años 60, estimulados por el impacto de la revolución cubana, abrazaron las ideas antiimperialistas y murieron como él, creyendo en la “vía armada” como la ruta a una segunda y definitiva independencia.

Ante los nacionalismos antiimperialistas, la rebeldía popular por el atraso del capitalismo dependiente y la irrupción de fuerzas socialistas como alternativa, la decisión del núcleo de poder imperial fue aplastar a los pueblos, abolir las libertades y los derechos ciudadanos. En suma, ahogar la democracia.

En ese contexto, Salvador Allende concluyó que la ruta para Chile era seguir un camino propio, cuyas raíces se hundieran profundamente en la realidad nacional, imprimiéndole su identidad esencial. Era la revolución chilena “con sabor a empanadas y vino tinto”, que en el cerrado escenario de la Guerra Fría su opción fue asumir ese dilema universal de un modo auténticamente nacional, de sucesivo fortalecimiento y profundización de la democracia. Su orientación era una enérgica lucha social, popular y antiimperialista, era un camino de auténtico carácter nacional. En esa respuesta palpita infatigable la unión del socialismo con la libertad y la democracia.

La convocatoria de Allende se dirigía a un amplio frente pluriclasista, de ancha base social, sostenido en la fuerza y la conciencia de la poderosa clase obrera, asentada en los cordones industriales generados por el “modelo de desarrollo hacia dentro” iniciado en los años 40. Pero no se aislaba, se abría a la numerosa “clase media” de profesionales, técnicos, funcionarios públicos y sectores productivos y de servicios interesados en un proyecto nacional y, asimismo, integraba al campesinado y nuevos actores como los pescadores artesanales, comerciantes y trabajadores por cuenta propia e invitaba a los intelectuales de las corrientes de pensamiento crítico, surgidas en ese periodo.

Allende pensaba en un bloque nacional de extensas ramificaciones, que estuviera en auténticas condiciones de hacer posible una nueva “vía” para Chile, dejando atrás la crónica dependencia del centro imperialista mundial. Así, en esa concepción estratégica, solo una “vía chilena” conduciría a la victoria la larga y esforzada lucha de la clase trabajadora y del pueblo por la justicia social. Pero no todos asumían lo que hoy se valora y admira en la enorme visión histórica de Allende, se menoscababa su “reformismo” y era denigrado desde la “ultra" izquierda.

Por cierto que el obstáculo principal fue la obstinada oposición de los poderosos intereses económicos afectados, cuya máxima expresión fue la conjura financiada por los Estados Unidos, aplicada ciega y fielmente por la derecha chilena.

Asimismo, para Allende la victoria no era posible sin “la unidad popular”, es decir, sin lograr la unidad del pueblo como requisito esencial para avanzar y llegar a la meta. Por eso, apoyó sin cansarse el entendimiento de socialistas, comunistas, radicales, cristianos de ideas avanzadas, laicos racionalistas e independientes de centroizquierda con vistas a contar con la mayoría política y social necesaria para derrotar a las fuerzas conservadoras de ultraderecha, retrógradas pero influyentes y poderosas, que se nutren del miedo a los cambios existente en diversos grupos sociales.

Llegado el momento, apoyó el acuerdo de la UP con la DC para suscribir el Acuerdo de Garantías Constitucionales y garantizar que el Congreso Pleno lo proclamara Presidente de Chile al no contar con la mayoría absoluta en los comicios del 4 de septiembre de 1970.

Más tarde, en agosto del 73 y ante el peligro golpista, concurrió con dignidad republicana a la residencia del cardenal Raúl Silva Henríquez, a dialogar con el entonces presidente de la DC, Patricio Aylwin, con el objetivo de evitar el derrumbe de la institucionalidad democrática. Lamentablemente para Chile ese diálogo no fructificó, pero Allende no dejó de buscar una alternativa política, supo dialogar y se jugó su autoridad política en ello. Jamás pensó rendirse.

Ante el agravamiento de la situación decidió –pero no pudo– implementar una convocatoria plebiscitaria en septiembre de 1973, para que la ciudadanía decidiera en forma soberana el camino a seguir, en medio de las dificultades económicas y la polarización generada en el país. El golpe de Estado lo impidió.

Allende nunca se apartó de su condición de Presidente constitucional, electo mediante el sufragio universal, sujeto a la Constitución y la ley. Su legado se distingue de cualquier gobernante autoritario que abuse del poder y se aferre al mismo en contra de la voluntad popular y, también, de mandatarios que se dejaron avasallar por golpistas corruptos y sanguinarios. Allende luchó hasta el final, no se sometió a la usurpación del poder. Su vocación republicana lo hizo tomar la decisión de morir antes que rendirse. Ante la conjura golpista no podía arrodillarse, jamás.

Allende, siendo Presidente de la República, no dejó de ser hombre de partido y por eso señaló: “Todo lo que soy y he sido se lo debo a mi partido y a mi pueblo”. Incluso siendo minoría, actuó para fortalecerlo, siempre con lucidez y serenidad sobre su perspectiva histórica. Su lealtad fue a toda prueba, jamás se podría prestar a socavar o romper la institucionalidad del partido de toda su vida. Ese compromiso es esencial en su legado y hay que subrayarlo ante figuras que se alejan o acercan según la ocasión.

Allende luchó por el socialismo a través de la democracia, de un camino de reformas que permitieran crear conciencia social, educar y hacer pedagogía democrática, construir la mayoría política y social requerida, acumular fuerzas y consolidar, en forma sucesiva, los avances sociales y económicos obtenidos, teniendo como línea estratégica fortalecer la institucionalidad democrática y su carácter transformador. Fue un revolucionario que, siguiendo una vía reformista, se convirtió en un líder excepcional de su tiempo.

Allende luchó toda su existencia. No fue ni un aventurero ocasional ni un aparecido en la lucha social, tampoco un oportunista que se aferra al poder como sea. Su “vía chilena” tuvo impacto universal y, por ello, fue la reacción que generó en el fascismo para destruir esa experiencia y sus enseñanzas. Pero la memoria histórica persiste y ese legado está vivo en el alma del pueblo de Chile.

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