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Tres tipos de ateismo político

por 15 diciembre, 2019

Tres tipos de ateismo político
¿Qué mecanismos son posibles para resolver el conflicto, si la mayor parte de los actores que tienen incidencia han dejado de creer en algo común, más allá de sus propias emociones? El conflicto social surgido del estallido del 18-O podrá desarrollar formas inciertas en lo que viene, pero con seguridad la inminencia del final de ciclo del modelo de acumulación capitalista promueve la revisión de las creencias sobre nuestro pasado. Enfrentados a la cotidianeidad, las personas corrientes no revisamos creencias ni tampoco nos detenemos a cuestionar el sentido profundo de nuestra vida. Parece necesario estar al borde del abismo para reinterpretar el pasado.
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Según John Gray, el ateo es alguien para quién la idea de un Dios creador del mundo no es posible.En su libro “Siete tipos de ateísmo”, señala que ha existido una amplia gama de “ateísmos” que no renuncian a la idea de un poder superior que garantice orden, sino que pueden refugiarse en otras creencias que cumplen la misma función de construcción de sentido. Tal sería el caso del
humanismo laico, que postula alguna forma de salvación a través de la historia, la creencia religiosa en la ciencia o las religiones políticas modernas.

¿Es posible que la democracia sobreviva o se fortalezca si los ciudadanos dejan de creer en ella?
La crisis política en Chile tiene aspecto de fin de ciclo y se puede interpretar a partir del ocaso o muerte de ciertos dogmas: ya sea que el objeto de las creencias se sustituyen por otras o, que exista una declinación sin posibilidad de reemplazo.

En la sexta semana de la crisis se observan tres agendas para abordar las diferentes dimensiones
del conflicto: una especialmente centrada en la reforma de la Constitución, otra centrada en
reformas sociales y un tercer track referido al restablecimiento del orden público.

Después de 1989 los partidos políticos se han desvinculado de las organizaciones sociales ayudados por la profesionalización de la actividad política, pero también por un profundo recelo  frente a la participación, la protesta social y la acción colectiva. Como contra parte, las organizaciones sociales y la protesta callejera en la actualidad se caracteriza por su autonomía en relación a los partidos. Esta última forma de ateísmo incluye el problema de la reproducción social de las creencias frente a la política, la democracia y representa la dimensión más compleja de la crisis que vive Chile.

Cualquiera sean los énfasis y prioridades que se adopten, parece improbable que se recuperen a la brevedad condiciones para el desarrollo político en el país. Esto es así, porque existen múltiples factores que han generado perdida de adhesión y confianza hacia instituciones y actores políticos.
Asumiendo que se trata de un fenómeno más complejo y extendido, acá solo nos detenemos en
tres manifestaciones de “ateísmo político”:

Una primera manifestación de “ateísmo” en la derecha, consiste en la pérdida de certeza en el
Estado. Renato Cristi y Carlos Ruíz -en su libro “El Pensamiento Conservador en Chile”- distinguen
tres derechas: la derecha nacionalista, la derecha gremialista y la derecha neoliberal. Cada una defiende creencias opuestas o incompatibles. Desde 1990, la variante de la derecha neoliberal, agnóstica en asuntos éticos y escéptica en lo institucional, se convierte en hegemónica. ¿De qué manera este sector dispone de un repertorio que posibilite resolver la crisis desde el Estado y desde la política? ¿Qué tipo de relación y lealtades puede activar este sector con las organizaciones sociales, los partidos políticos, el mundo empresarial e incluso con las Fuerzas
Armadas?

Una segunda expresión de “ateísmo político”, consiste en el abandono de los proyectos históricos
por parte de los partidos progresistas en Chile. El mayor impulso para que éstos dejaran
atrás sus creencias tradicionales, estuvo dado por la necesidad de derrotar a la dictadura en un
contexto internacional en el que declinaban los regímenes socialistas y los Estados de bienestar. La necesidad de organizar una oposición moderada a la dictadura, determinó un alto pragmatismo en
el “juego de la transición”, subordinando las plataformas partidarias a los imperativos estratégicos del momento. La “renovación socialista” consistió en un esfuerzo adaptativo de una parte de la izquierda mediante el cual aceptaron la democracia como un fin y al modelo de acumulación capitalista, como una condición política ineludible.

Con el avance de la década de 1990 el progresismo en Europa y América Latina derivó en
reivindicaciones identitarias, que subordinaron los sesgos clasistas de este sector, que fueron
tradicionales durante el siglo veinte. A este giro se ha referido en extenso Félix Ovejero en su libro “La deriva reaccionaria de la izquierda”. El ensayista catalán, sostiene que la evolución de la izquierda contemporánea sitúa al sentimiento como fundamento principal de la acción política:
“Se atribuye calidad moral a la emoción, que resulta valiosa por sí misma y no necesita
justificación ulterior”.

La tercera versión del ateísmo político consiste en la desconfianza radical hacia las instituciones por parte de los ciudadanos. Sabemos que Chile, comparativamente, se caracteriza por altos niveles de desconfianza entre las personas y respecto de las instituciones. No sabíamos hasta ahora que esa falta de confianza en la política institucional podía devenir en la violencia y la anomia de estas semanas. Hoy, abandonada nuestra infinita inocencia, entendemos un poco más
de todo esto.

Después de 1989 los partidos políticos se han desvinculado de las organizaciones sociales
ayudados por la profesionalización de la actividad política, pero también por un profundo recelo
frente a la participación, la protesta social y la acción colectiva. Como contra parte, las
organizaciones sociales y la protesta callejera en la actualidad se caracteriza por su autonomía en relación a los partidos. Esta última forma de ateísmo incluye el problema de la reproducción social de las creencias frente a la política, la democracia y representa la dimensión más compleja de la crisis que vive Chile.

Actualmente, la reproducción social se alimenta de las narrativas antisistema y se potencia en las
cajas de resonancia de los medios y las redes sociales. Medios de comunicación y redes sociales en
contexto de completa desregulación, pueden exacerbar los sesgos y polarizar a la sociedad,
debilitando la noción de tolerancia.

Por todo lo anterior ¿Qué mecanismos son posibles para resolver el conflicto, si la mayor parte de
los actores que tienen incidencia han dejado de creer en algo común, más allá de sus propias
emociones? El conflicto social surgido del estallido del 18-O podrá desarrollar formas inciertas en lo que viene, pero con seguridad la inminencia del final de ciclo del modelo de acumulación
capitalista promueve la revisión de las creencias sobre nuestro pasado. Enfrentados a la cotidianeidad, las personas corrientes no revisamos creencias ni tampoco nos detenemos a
cuestionar el sentido profundo de nuestra vida. Parece necesario estar al borde del abismo para
reinterpretar el pasado.

Como decía Tolstoi en “La muerte de Iván Ilich”, solo frente a la proximidad de la muerte podríamos llegar a pensar que: “todo lo que ha constituido y constituye tu vida, es (o puede ser) falso”. Y por cierto, en ese trance, usted puede aceptar las cosas tal cual son o puede recuperar y fortalecer su fe.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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