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Tengo miedo chileno

por 22 diciembre, 2019

Tengo miedo chileno
Tengo tanto miedo a esta necesidad de no tener dudas como a la de replantearme términos del acuerdo que antes me parecían obvios. Terror, en síntesis, a haber cambiado unas trampas por otras y estar perdiendo el tiempo en debates que lo único que hacen es tapar las discusiones importantes. A bombas de humo como el debate de si la Convención Constituyente es o no una Asamblea Constituyente, cuando en el fondo, independiente del nombre, Chile Vamos tiene una serie de herramientas para hacer tropezar todo. Lo peor es que tengo miedo de pensar que no soy el único con estos temores. Por eso escribo esta columna. Preguntarte “¿tienes miedo, chileno?” es nuestra palabra secreta, como la tenían la Loca del Frente y Carlos. Nuestra palabra de seguridad para abrir los ojos y despertar.
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Mientras me termino "Tengo miedo torero" de Pedro Lemebel, esta calurosa noche de un 18 de diciembre en Santiago, no puedo alejar de mi cabeza precisamente esa idea: el concepto del miedo. Ya me desvelé lo suficiente con los miedos que creo, sufre la Loca del Frente. Quizás miedo a un amor imposible, a una casa vacía o simplemente, el temor que a los ojos de Carlos, no fuese una persona digna en quien depositar confianza y contarle que había en esas cajas que con tanto cariño le pedía custodiar. También pensé en los miedos que Lola Flores narra en la canción a quien la obra de Lemebel debe su nombre, miedos de quien coquetea con la muerte en una actividad que me cuesta tanto comprender.

Pero son otros los miedos que me siguen persiguiendo esta noche y temo, por muchas otras. Miedos creados (curiosamente) por nuestros diputados, luego de verlos por horas y horas (en sala y comisiones convocadas de urgencias) discutir el proceso para cambiar la Constitución acordado en ese 15 de noviembre, que hoy se ve tan lejano. Tengo miedo chileno, de creer haber abierto la puerta para poder cambiar las trampas que nuestra Constitución tiene, pero simplemente haber creado otras trampas que lo volverán imposible.

Tengo miedo, por ejemplo, a que la gente entre a la urna el próximo año y no las hayamos dotado de la información necesaria para que puedan entender la diferencia entre uno y otro mecanismo de cambio, porque la similitud del nombre en ambas opciones es, quiéralo o no, una trampa. Pero antes, también temo a una victoria aplastante en el plebiscito de entrada, dando inicio a un proceso que lo único que logre sea sumar más frustraciones a las que vengo acumulando desde el 18 de octubre.

Por lo mismo, tengo miedo de pensar una solución que vele verdaderamente por los intereses de los independientes, sin afectar los resultados de la izquierda. Un amigo me preguntó si yo conocía una mejor solución a la de la creación de listas de independientes para que se integren con igualdad de opciones al proceso. Y la verdad es que no la conozco. Pero también me cuesta imaginar una peor. Miedo a imaginar que si Jaime Bassa o Fernando Atria van como independientes, dos reconocidas cartas para asambleístas, lo único que hagan sea quitarle votos a la izquierda. Y ya no sean 4 listas opositoras las de la papeleta, sino 5, porque en ese caso no será la derecha quien te divida para vencerte, serás tú mismo quien se auto boicotee para perder.

Tengo miedo a tener las expectativas muy altas. A ilusionarme con una Comisión Constituyente 100% elegida, dándole a nuestros congresistas un claro mensaje (¡con ustedes no!), pero que luego ellos renuncien a su cargos y tuerzan la voluntad de la gente, con arrastres de por medio. No confío en nuestros políticos históricos, por eso tengo miedo.

Tengo terror de perder por goleada. Porque mi yo negativo está convencido que la derecha superará todas sus diferencias, con tal de derrotar al enemigo común. Ese enemigo poderoso e implacable -la gente- que respeta las reglas del juego que la misma derecha estuvo dispuesta a ceder, porque tenían conciencia de lo dificultoso que sería, con ciertas precauciones sutiles, destruir el legado de la figura más importante de su sector. Miedo a ver esa papeleta donde la derecha -desde José Antonio Kast hasta el ala liberal de Evopoli- se alíen en una sola lista, mientras la izquierda se fraccione, porque así acostumbran hacerlo, porque son enfermantemente vanidosos.

Tengo miedo a elegir entre una nueva lista independiente de la Democracia Cristiana, otra para el resto de la Nueva Mayoría, una con el Frente Amplio que forma parte del proceso constituyente (Boric y Cía.) y otra, donde estén quienes estuvieron contra el acuerdo del 15N: el Partido Comunista y el Partido Humanista y los descolgados del FA. Cuatro listas que, en consecuencia, sean ciegas a la necesidad de ceder para evitar el mal mayor. Miedo a despertarme el día siguiente a la elección de asambleístas y ver que Chile Vamos, pese a haber obtenido el 37% de los votos, vuelva a llevarse el 52% de los puestos disponibles, como sucedió en la mitad del Senado que se renovaba en el 2017. Todo porque unos -la derecha- supieron dejar sus diferencias detrás y otros -la izquierda- no. Todo, porque unos entendieron que ésto era más que una guerra de egos y que estábamos ante un sistema que privilegia ante todo ir unidos.

Por lo mismo, tengo miedo de pensar una solución que vele verdaderamente por los intereses de los independientes, sin afectar los resultados de la izquierda. Un amigo me preguntó si yo conocía una mejor solución a la de la creación de listas de independientes para que se integren con igualdad de opciones al proceso. Y la verdad es que no la conozco. Pero también me cuesta imaginar una peor. Miedo a imaginar que si Jaime Bassa o Fernando Atria van como independientes, dos reconocidas cartas para asambleístas, lo único que hagan sea quitarle votos a la izquierda. Y ya no sean 4 listas opositoras las de la papeleta, sino 5, porque en ese caso no será la derecha quien te divida para vencerte, serás tú mismo quien se auto boicotee para perder.

Tengo miedo chileno, a que pese a ganar en la elección de constituyentes la derecha legítimamente -porque están en su derecho- no entregue sus votos en una infinidad de materias para poder alcanzar esos 2/3 que hoy parecen imposibles. Y con ello, lleguemos a un plebiscito de salida donde tengamos que tirar al ruedo la poderosa Constitución de Guzmán contra nuestra Constitución Ciudadana de un par de artículos.

Las constituciones mínimas son bonitas, pero cuando rigen. No lo son tanto, cuando deben competir contra una Constitución que, pudiendo no gustarnos, es claramente armónica (en lo que quiere proteger y cómo). Desconocerlo sería negar la historia política de nuestros últimos 40 años. Miedo a que Chile Vamos “juegue” a ser constituyente y simplemente, nos acompañe a un abismo en el que se sentarán a disfrutar ver cómo perdemos en un plebiscito de salida indescifrable en esos términos. Miedo a que nos demos cuenta, de una vez por todas, que la derecha jamás habría cedido de corazón al tema de la carta en blanco y que esa idea que la falta de acuerdo remite todo a la ley común, aunque jurídicamente lógica, es impracticable.

Miedo también a darme cuenta poco a poco, que quizás no fue la peor medida descolgarse de este acuerdo. Miedo a que el tiempo les dé la razón al PC, al PH y aquellos del FA que creen que este acuerdo no sólo no fue el mejor, sino que es directamente malo.

Tengo tanto miedo a esta necesidad de no tener dudas como a la de replantearme términos del acuerdo que antes me parecían obvios. Terror, en síntesis, a haber cambiado unas trampas por otras y estar perdiendo el tiempo en debates que lo único que hacen es tapar las discusiones importantes. A bombas de humo como el debate de si la Convención Constituyente es o no una Asamblea Constituyente, cuando en el fondo, independiente del nombre, Chile Vamos tiene una serie de herramientas para hacer todo tropezar. Lo peor es que tengo miedo de pensar que no soy el único con estos temores. Por eso escribo esta columna. Preguntarte “¿tienes miedo, chileno?” es nuestra palabra secreta, como la tenían la Loca del Frente y Carlos. Nuestra palabra de seguridad para abrir los ojos y despertar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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