miércoles, 8 de julio de 2020 Actualizado a las 11:10

OPINIÓN

Autor Imagen

Dos papas, un mismo pecado

por 3 enero, 2020

Dos papas, un mismo pecado
Benedicto XVI y Francisco I son responsables del modo en que han implementado el Concilio Vaticano II. El caso es que ni uno ni otro ha comprendido que la apuesta aperturista del Concilio ha implicado una democratización de su institucionalidad. Si en tiempos de monarquías absolutas la Iglesia católica se instituyó como una monarquía de este tipo, en tiempos de democracias ha debido acoger este valor político. Por no haberlo hecho, ninguno de los últimos papas ha representado adecuadamente la unidad de la Iglesia. Si esa es la principal de sus responsabilidades, la han cumplido de un modo vertical y uniformando las diferencias culturales.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

El filme de Fernando Meirelles, Los dos papas, vale la pena. Las actuaciones son espléndidas. Los diálogos, muy pertinentes, teológicamente lúcidos. Meirelles hace queribles a dos personajes muy controvertidos. Pero, por lo mismo, conviene aclarar que se trata de una ficción. Estos encuentros papales no consta que se hayan dado, aunque ambos papas representan bien dos modelos eclesiológicos para nada ficticios. El intento del director es muy meritorio, pues al simbolizar la diversidad y el conflicto como características constitutivas de la Iglesia, hace explicable su existencia milenaria.

Sin embargo, si uno observa con atención la escena de las “confesiones” que los papas se hacen uno al otro, en ellas no aparecen los pecados de gobierno y los que sí aparecen no está del todo claro que lo hayan sido. Benedicto confiesa a Jorge Bergoglio haber encubierto a Marcial Maciel. Este pecado es menos grave en su caso que en el de Juan Pablo II. Se sabe que, mientras Juan Pablo II fue papa, Ratzinger tuvo el informe de Maciel en su escritorio y no pudo hacer nada. Era su subalterno, pero apenas fue elegido papa, sancionó a Maciel. Bergoglio, por su parte, confiesa un tormento más que un pecado. Aquí y allá se le ha acusado de haber traicionado a los sacerdotes Jorio y Jalics, torturados durante la dictadura argentina. Pero no es claro –y la película lo muestra– que los haya traicionado.

Francisco ha sido un papa autoritario. Los laicos de Osorno nunca recibieron de él una petición de perdón por el trato que les dio. Los obispos chilenos tampoco fueron bien tratados. Bergoglio en la Catedral les predicó contra el clericalismo, pero –a renglón seguido– los mandó llamar a Roma como si fueran monaguillos, les pidió la renuncia y les hizo volver a Chile completamente desautorizados. En otras palabras, nuestro líder de la opción por los pobres, aunque nos duela reconocerlo, también es clericalista, también tiene un modo romano absolutista de entender la institucionalidad eclesiástica; uno que, en última instancia, aniquila los procesos de inculturación regional del evangelio. Su gran proyecto evangélico, lamentablemente, puede fracasar cuando asuma el próximo papa.

Independientemente de la culpabilidad que cabe atribuir a estos dos papas en estos hechos, ellos sí son culpables de otros pecados. Mejor dicho, son responsables de un asunto mayor: el modo en que han implementado el Concilio Vaticano II. El caso es que ni uno ni otro ha comprendido que la apuesta aperturista del Concilio ha implicado una democratización de su institucionalidad. Si en tiempos de monarquías absolutas la Iglesia católica se instituyó como una monarquía de este tipo, en tiempos de democracias ha debido acoger este valor político. Por no haberlo hecho, ninguno de los últimos papas ha representado adecuadamente la unidad de la Iglesia. Si esa es la principal de sus responsabilidades, la han cumplido de un modo vertical y uniformando las diferencias culturales.

¿Es este un “pecado” grave? Sí, porque el Vaticano II es uno de los concilios más importantes en dos mil años y, en todo caso, se trata del acontecimiento eclesial en el cual se estableció qué se entiende por fe en Jesucristo a estas alturas de la historia.

El cardenal Ratzinger fue el intérprete más importante del Concilio y su cancerbero. El papa alemán, sin embargo, aunque participó activamente en la redacción de los documentos conciliares, luego relativizó su importancia, despreció la reforma litúrgica y se convirtió en el mejor representante de las fuerzas conservadoras adversas (aunque no pactó con los lefevristas). Juan Pablo II y Ratzinger cuadraron los nombramientos episcopales exigiendo una adhesión rígida a la doctrina: los que se ajustaban a ella podían hacer carrera, los candidatos más libres quedaron en el camino. Los teólogos progresistas fueron castigados.

¿Cuál fue el asunto de fondo? Ratzinger defendió una idea estrecha de la tradición de la Iglesia, identificándola más de la cuenta con la versión europea de la misma –griega, latina y germánica– y motejando de relativistas las interpretaciones más creativas de esta tradición. Esta postura, en la práctica, dificultó el ecumenismo y los intentos de desarrollo de una Iglesia policéntrica. Algo así como una Iglesia organizada en torno a polos culturales diversos –Asia, África, América Latina, Europa y Oceanía, como fue la Iglesia de los antiguos patriarcados de Jerusalén, Roma, Antioquía, Alejandría y Constantinopla– ha podido parecer peligroso para la unidad de la fe.

La Iglesia latinoamericana sufrió las consecuencias. En los años sesenta había experimentado una renovación sin precedentes, alentada por el Concilio y atenta a sus propios signos de los tiempos. Su interpretación inculturada latinoamericana del evangelio, a decir verdad, nunca fue aceptada por el cardenal Ratzinger.

Bergoglio, en cambio, ha sido el mejor representante de la “opción por los pobres” de la Iglesia Latinoamericana. Aunque de formación tradicional, Francisco la ha interpretado bien en la tarea de acoger creativamente el Vaticano II. Los teólogos de la liberación, obnubilados con un papa que declara querer “una iglesia pobre para los pobres”, han celebrado sus discursos y gestos, pero no siempre han reparado en que el modo de gobierno de Bergoglio es, justamente, lo que ha impedido que surja en el continente una Iglesia regional auténticamente latinoamericana.

Los latinoamericanos estamos felices con un papa que representa nuestros anhelos de justicia y que, por otra parte, impulsa una “Iglesia en salida”, que le da la comunión a los divorciados vueltos a casar y en la que ni el papa teme decir que puede equivocarse.

Pero los chilenos lo sabemos muy bien, Francisco ha sido un papa autoritario. Los laicos de Osorno nunca recibieron de él una petición de perdón por el trato que les dio. Los obispos chilenos tampoco fueron bien tratados. Bergoglio en la Catedral les predicó contra el clericalismo, pero –a renglón seguido– los mandó llamar a Roma como si fueran monaguillos, les pidió la renuncia y les hizo volver a Chile completamente desautorizados. En otras palabras, nuestro líder de la opción por los pobres, aunque nos duela reconocerlo, también es clericalista, también tiene un modo romano absolutista de entender la institucionalidad eclesiástica; uno que, en última instancia, aniquila los procesos de inculturación regional del evangelio. Su gran proyecto evangélico, lamentablemente, puede fracasar cuando asuma el próximo papa.

En otras palabras, Benedicto y Francisco comparten el mismo “pecado”. La versión monárquica, estatal y romana de la Iglesia impide el desarrollo de una verdaderamente “católica”, es decir, universal. Mientras no haya un cambio estructural de grandes proporciones, el divorcio diagnosticado en varias iglesias locales entre la institución eclesiástica y el común de católicos no cesará.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV