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CULTURA|OPINIÓN

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Cuando una nación cambia a sus héroes

por 7 enero, 2020

Cuando una nación cambia a sus héroes
Replantearse al país no es solo un tema de marchas y manifestaciones, implica también replantearnos los íconos culturales, nuestra idiosincrasia y los símbolos que quedarán para las futuras generaciones y representan nuestros propios ideales. Hoy, las convenciones han quedado a un lado, pensemos bien cómo queremos preservarlas para hacer memoria, para que no se olvide que durante casi tres meses la sociedad se ha manifestado sin descanso.
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Los héroes de una nación se crean para generar un modelo a seguir. Son personajes ilustres que demuestran a los ciudadanos que se puede ser mejor y que vale la pena el sacrificio de la guerra para obtener un territorio en el que todos los hombres –bajo este modelo– puedan gozar de libertad.

Durante el siglo XIX, mientras nuestro país se erigía como un Estado nación, aquellos que ostentaban el poder enaltecieron a ciertas figuras para que el chileno fuera un hombre respetable y comprometido con su territorio. Así surgió la figura de los famosos Padres de la Patria, como el descubridor Pedro de Valdivia; el emancipador Bernardo O’Higgins; o el noble Arturo Prat, que murió por su nación; pero como todos ellos eran personajes de la aristocracia y no generaban una vinculación directa con el pueblo, con los rotos, con aquel gentío tan necesario para la batalla, levantaron también al huaso chileno para que haya una identificación con el resto del pueblo o populacho (bastante inexistente, pues carece de nombre, pero absolutamente real como personaje cliché y estereotípico, tanto así que bastó con un solo nombre para identificar a un grupo completo de la población).

El despertar de Chile, como se la ha llamado a las manifestaciones sociales, no solo ha develado una crisis del manejo de la clase política respecto a los conflictos internos, sino además una impresionante desconexión entre los representantes políticos y el resto de la población, junto a los grandes niveles de violencia que puede ejercer el Estado: desde la cantidad de perdigones que han cegado tanto a manifestantes como a personas que simplemente estaban en el lugar de los hechos; hasta la falta de soluciones concretas a las exigencias de y para un nuevo Chile, que se aleje del modelo instaurado en dictadura y sin el beneplácito de la ciudadanía. Un ejemplo concreto fue el cambio de nombre que la misma sociedad realizó al centro neurálgico de la ciudad: Plaza de la Dignidad, ya no más Plaza Italia.

Lo que acá se plantea es que, dada la falta de representatividad, la falta de conocimiento de los gobernantes sobre los gobernados y la poca identificación que existe desde el pueblo hacia arriba, estamos en un momento en el que se debe cuestionar también a los héroes patrios erigidos hace más de un siglo, para que haya una construcción conjunta que no sea una invención del imaginario de tan solo un sector de la población.

En este nuevo país, ¿quiénes serán nuestros nuevos héroes patrios?

Avengers chilenos

Las redes sociales han posicionado a ciertas figuras icónicas de las marchas y manifestaciones. El Negro Matapacos es, por excelencia, el candidato número uno.

Fiel representante de la lucha contra la institución y la defensa de los movilizados, el perro que en algún momento fue parte de las manifestaciones estudiantiles, hasta su muerte el año 2017, resurgió captando la atención del mundo entero, generando imitaciones, masificando el uso de pañoletas entre los canes y transmitiendo a través de su imagen lealtad entre manifestantes en la lucha, por lo que podría reemplazar perfectamente al cóndor que pocos chilenos han visto; o al huemul, que está prácticamente extinto producto de la falta de políticas que velen por su cuidado.

Entre otros candidatos encontramos a la famosa tía del furgón escolar, “Baila Pikachú”, quien participa diariamente de las protestas para dar alegría a los manifestantes en medio de la balacera. En este momento es importante repensar nuestro imaginario sobre la base de ciertas temáticas que han cruzado la prensa en los últimos días, ¿realmente Asia se está apoderando de nuestra mentalidad? No por nada, de seguro, está el hecho de que el K-Pop aparezca en el Informe de Big Data entregado al Gobierno. Y es que lxs otakús, lxs Cosplay y todxs lxs figurxs que están al otro lado del mundo, parecieran hacerse cada vez más próximos a nosotros, tal como en el mundo bursátil, donde el mercado asiático cobra cada vez más relevancia.

Dentro de esta misma línea podríamos incluir al increíblemente tonificado “Pareman”, un latino musculoso que da la batalla en primera línea, haciéndoles frente a los pacos para que la manifestación pueda generarse en paz. El hombre fuerte –en este caso, un adolescente– que resguarda a la manada es un ícono que no puede quedar fuera, lo que entra a cuestionar la popular idea del encapuchado como un vándalo pro disturbios, para posicionarlo como un defensor de quienes se juntan cotidianamente en el centro neurálgico de la ciudad. Dejarlo fuera de la nueva estatuaria, ¿sería una contradicción antropológica contra la figura mítica y arquetípica del héroe?

Y ya que las esculturas de estos “Padres de la Patria” (con excepción de la de Manuel Rodríguez, a quien siempre se le ha reconocido como parte del pueblo y no de la elite), han sido eliminadas, secuestradas, capturadas, fracturadas y rayadas, ¿se podrían invertir los más de 40 millones que costará el Pedro de Valdivia de Concepción en un nuevo héroe que represente a esa otra parte de los chilenos?

Estos tres íconos fueron representados en un video de @nano_videos, donde se les cataloga, junto a otros más, como Avengers chilenos. Los demás, entre los que se incluye @sensualspiderman, por ejemplo, entran en una disputa que aún está por desencadenarse dependiendo del sacrificio, esfuerzo y nobleza de espíritu que demuestren durante las próximas semanas. Sin lugar a dudas, creo que Nalcaman (@nalcaman.oficial) debería obtener un título, pues las nalcas son “más chilenas que los porotos”.

Entre los ojos y Las Tesis

Ahora bien, en una nación los héroes no lo son todo. Ejemplos de cómo restaurar nuestros símbolos patrios encontramos en cada esquina, los afiches se encargan de ello radicalmente, pues pasan a convertirse en un imaginario latente de la ciudadanía, pero las ilustraciones y las frases no lo son todo, también están las activaciones artísticas como la performance de Las Tesis, replicada a nivel internacional y en diversos idiomas. Como interpelación directa involucra a los violadores y a todas las instituciones responsables de que estos actos se cometan sin consecuencias concretas o legales. Desde el último rincón del mundo surgió una activación que atañe a todo el planeta, por tanto, ¿qué rol le entregaríamos a esta performance?, ¿qué lugar podrían ocupar dentro del imaginario patrio?

Si cambiáramos los símbolos, definitivamente los ojos cerrados con lágrimas de sangre permanecerán para siempre como una forma de generar memoria, de no olvidar que aún, a 30 años de la dictadura, en Chile se siguen violando los Derechos Humanos. En esta propuesta reivindicativa, además, la Weñüfoye debería definitivamente reemplazar a aquella bandera de blanco, azul y rojo sobre la que nos enseñaron que el blanco era la nieve, el azul el color del mar y del cielo, el rojo la sangre derramada en la guerra. Hoy se ha teñido de negro entera. Y la música, la música queda para otro artículo por las complejidades de estilo, las letras con contenido crítico, la potencia y denuncia que pueden poseer.

¿Por qué cuesta tanto pensar en reformular los himnos patrios de un país, cuyo pueblo no reconoce la soberanía de los gobernantes?

Replantearse al país no es solo un tema de marchas y manifestaciones, implica también replantearnos los íconos culturales, nuestra idiosincrasia y los símbolos que quedarán para las futuras generaciones y representan nuestros propios ideales. Hoy, las convenciones han quedado a un lado, pensemos bien cómo queremos preservarlas para hacer memoria, para que no se olvide que durante casi tres meses la sociedad se ha manifestado sin descanso.

Cuando una nación reconoce a sus héroes

Los íconos anteriores parecen fáciles de reconocer, hay, sin embargo, un espacio mucho más complejo que involucra a diversos actores. La famosa primera línea de la cual mucho se ha escrito, pero jamás será suficiente.

Si en otro momento de la historia se enalteció la figura del huaso chileno, ¿por qué ahora no se hace lo mismo con las personas que arman este espacio? Caracterizado por la crudeza de la batalla, por las heridas constantes, la sangre que fluye, la pelea uno a uno, este lugar es el más rudo de las manifestaciones. ¿Quiénes lo encarnan?

Según se relata en diversos medios y en redes sociales: “Algunos viejos de 60 años más o menos”, “exmiristas”, “cabros del Sename”, “las barras bravas” y el famoso “lumpen”, dando la vida, siendo heridos y rescatados por las autogestionadas cruces rojas, todos en pro de apoyar a los brigadistas, detener el avance de las Fuerzas Especiales, de los Carabineros; con armas improvisadas hechas de objetos de la calle, como basureros y señales de tránsito, algunas máscaras de oxígeno o pañoletas, antiparras, molotovs, palos, piedras y cualquier tipo de material que se pueda arrojar; mientras la burguesía (experta en eludir el servicio militar, las responsabilidades cívicas, sociales, económicas y en mirar hacia un lado cuando se cruza a los chiquillos del Sename), se manifiesta de forma pacífica, tomándose selfies, fotografiando carteles divertidos, con cerveza en mano y fumándose unos pitos entre la torre de Telefónica y Condell.

¿Nuevamente las “clases privilegiadas” tiran al lumpen como carne de cañón? ¿Qué está pasando realmente a nivel social dentro de estas manifestaciones, más allá de los desmanes, saqueos y vandalismo? ¿Qué es lo que no estamos viendo?

Probablemente el daño social del que los chilenos somos responsables. Nadie puede decir que no sabía lo que ocurría en el Sename; lo que ocurría en las poblaciones, donde está lleno de narcotraficantes y los balazos entran hasta en los jardines infantiles. Nadie puede decir que no sabía de los problemas de desigualdad social; que el transporte público y el kilo de pan son impagables con la miseria de sueldo mínimo que aún no supera los $300 mil; o que no se puede vivir con la pensión básica del Estado.

Estos problemas existen hace años y cívicamente la clase media y/o la burguesía (porque de la alta o la “elite” ni hablar), que está “educada”, que al menos ha terminado el colegio y que parece velar por su bolsillo solamente, no había asumido –“hasta ahora”– la responsabilidad de velar por una sociedad construida en conjunto, y es que la tarjeta de crédito, las cuotas y deudas invitan a una alienación cruda de la realidad para centrarse en la producción masiva, en la pérdida de la propia subjetividad que impide ver al otro como a uno mismo. Ahora bien, ¿ocurre lo mismo con aquella primera línea que está con las orejas desmembradas a punta de lacrimógenas, frente al resto de la sociedad?

Las preguntas son miles en torno a las problemáticas sociales, pues ¿qué pasará con esta primera línea luego de que acaben las marchas? Los niños del Sename volverán a vivir debajo del puente sintiendo el olvido y la desidia de la población; el lumpen volverá a sus poblaciones para lidiar con los balazos cotidianos; los exmiristas a sus hogares destruidos por los sueños rotos en múltiples ocasiones. ¿El olvido reinará nuevamente en la población o lograremos convertirlos en héroes patrios, levantar esculturas y mantenerlos más allá de la retina? No por nada, muchos de los integrantes de este espacio manifiestan que por primera vez en su vida se sienten escuchados, acompañados y parte de algo

Ahora bien, ¿cómo sociedad chilena seremos capaces de rescatar y visibilizar a esta parte de la población que se ha preferido mantener en el olvido? Hay, por lo demás, en esta primera línea, un grupo de actores que no solamente cruzan su vida junto a los ya mencionados, sino que tienen un sentimiento común, una pasión conjunta y cuyo origen vinculado a las políticas públicas usualmente se desconoce. No hay que olvidar que, según indicó el personal que atendió a Gustavo Gatica, sin ellos, no hubiera sobrevivido.

Las barras no son solamente del fútbol

La vinculación entre la generación de identidad nacional se puede relacionar directamente a fenómenos socioculturales como el fútbol y las barras bravas. Diego Vilches Parra, en la introducción a su libro De los triunfos orales al país ganador: Historia de la selección chilena de fútbol durante la dictadura militar (1973-1989), explica cómo este deporte se posiciona a nivel país: “Históricamente la representación sociocultural del fútbol en el país se ha encontrado mediada discursivamente por la representación hegemónica de la identidad chilena, la que a su vez es por lo general la que difunde el Estado”.

De esta manera el fútbol entró a ubicarse como uno de los deportes destacados para el Estado, sobre todo con el fomento en la construcción de estadios desde principios de siglo XX. Y esta inversión tendría sus frutos en la tácita identificación de los chilenos con el futbolista; la expresión de su amor irrefutable a través de las barras bravas; y del combate absoluto contra el enemigo, como ocurre en los clásicos entre Universidad de Chile y Colo Colo, entre otros.

¿Es posible trasladar este sentimiento de pertenencia de un equipo de fútbol, hacia la nación, y luego hacia el país vecino y enemigo en los torneos mundiales? A veces este deporte puede tener más de política que de ejercicio. En palabras del mismo Diego Vilches P.: “La selección chilena de fútbol es para nuestra sociedad la representación misma de su identidad nacional, de su unidad y de las que se consideran sus características 'esenciales'”. Este deporte –al cual se le ha inyectado dinero desde principios de siglo– es, muchas veces, el único consuelo para las familias de escasos recursos, en las que a veces el pan es un lujo y donde el gol del equipo calma los corazones.

¿Existe una semejanza entre este fenómeno y el que se replica en la primera línea?

Estas barras bravas han sido envalentonadas generando un sentimiento de identidad patria desde el Estado hacia abajo, transmitiéndose el fanatismo por un equipo de fútbol de generación en generación dentro de las familias, por tanto, ¿existirá alguna semejanza entre este fenómeno y el que se replica en la primera línea? Al Estado chileno se le acusa de haber perdido la administración de la violencia y, por tanto, del pacto social por el cual la ejercía. ¿Quién se manifiesta y lo aclara en el cotidiano, sino aquellos a los que les enseñaron de manera tangencial el amor por la patria?

Pedro Lemebel señala en “Cómo no te voy a querer” (o la micropolítica de las barras), algo fundamental para entender su comportamiento, y que va más allá del fanatismo por el propio partido: “Los supuestos rencores entre las dos barras son vecinos que amortiguan las faltas económicas con el baboseo de la caja de vino compartida o en el vapor ácido de los pitos que corren en la brasa centella que dinamita la batalla. Pero más allá de la rivalidad por los goles o el penal a último minuto, ellos saben que vienen de donde mismo, se recuerdan yuntas tras la barricada antidictadura y están seguros de que la bota policial no hará diferencia al estrellarse en sus nalgas. Saben que en realidad se juntan para simular una odiosa oposición que convoca al verdadero rival; el policía, garante del orden democrático, que ahora arremete a lumazos en las ancas del poder”.

La práctica y el ejercicio del poder han llevado a la sociedad a lo que se ha convertido hoy en día y a las manifestaciones en la forma de comunicarse para ser escuchados luego de años de marchas pacíficas. Desde hace décadas se han generado formas de influir en la población para que respondan a las “necesidades” de una nación que no responde por su pueblo. ¿Dónde queda entonces el poder soberano?

Podría entrar acá a cuestionar la ya tan cuestionada educación chilena, para hacer aún más hincapié en la falta de conocimientos cívicos que ha buscado transmitirse a través de partidos de fútbol con la sola intención del amor patrio; o bien, de esa educación a la cual los niños del Sename y el lumpen solo han escuchado (si es que tienen suerte) mencionar –la verdad es que a lo que logran acceder no se le puede llamar, realmente, educación–. ¿Cuál es el país que se ha formado con las reformas económicas, sociales y educacionales? ¿En qué posición estamos que nos parece tan ajena y violentista esta primera línea? ¿Realmente, no se escuchará el cantar cotidiano de las manifestaciones y mantendremos a los “héroes patrios” de antaño, dejando a un lado a los actores actuales que no bajan la guardia para que se sienta y viva lo que la sociedad pide hace décadas?

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