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La pandemia, el derrumbre de las bolsas y la impotencia de los estados

por 23 marzo, 2020

La pandemia, el derrumbre de las bolsas y la impotencia de los estados
No es posible entender la alta volatilidad que presentan las bolsas, los fuertes cambios que en pocos meses experimentan los pronósticos de crecimiento, sin tomar en cuenta que la economía global está marcada por lo que se podría denominar la era de las incertidumbres. La economía mundial siempre ha estado sujeta a ciclos económicos, diversos imponderables y problemas geopolíticos. No obstante, la situación actual se caracteriza por un cuestionamiento radical de las instituciones básicas de dicha economía que alcanza a la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Unión Europea, entre otras. Existen crecientes temores respecto a que el deterioro global del medioambiente, el cambio climático, pongan en cuestión, incluso, la idea del crecimiento.
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Con una imagen del mundo en que aparece un letrero con la palabra “closed” (cerrado), la prestigiosa revista inglesa The Economist grafica la dramática situación que vive el planeta. Los países les piden (o exigen) a los ciudadanos que “eviten a la sociedad” –cierre de centros de educación, de actividades culturales y deportivas, de comercios y otras actividades productivas– para intentar controlar la pandemia.

La aplicación de un modelo estadístico en Gran Bretaña concluye que dejar que la pandemia se expanda provocaría 2,2 millones de muertos en Estados Unidos y 500 mil en el primer país. Las vacilaciones de Italia en enfrentar con decisión la crisis, ha tenido como efecto que ya el 19 de marzo haya superado el número de fallecidos que tuvo China. La enfermedad y estas medidas están generando un costo económico de tal magnitud, que llevará a una recesión que algunos consideran será mayor que la que produjo la crisis financiera del 2007-2008 y está obligando a los gobiernos a gastar billones de dólares en ayuda. Lo peor, sostiene la revista, es que terminar con la enfermedad puede requerir “shutdowns” (cierres) repetidos, que podrían condenar a la economía a quizás intolerables daños.

La pandemia ha dejado en evidencia la poca preparación de los diversos países para enfrentar la enfermedad. En Estados Unidos no existen suficientes test para determinar la existencia o no de la misma, diversos gobernadores han llamado la atención de que se carece de recintos hospitalarios suficientes, que no hay ventiladores ni camas para tratamiento intensivo. En Italia han sido reiteradas las denuncias respecto a que la escasez de instrumentos ha obligado a los médicos a elegir qué pacientes salvar y cuáles dejar morir. Similares noticias se reciben desde España.

Crisis política

Los sistemas políticos han sido puestos en graves aprietos. El caso extremo es sin duda el de Estados Unidos, donde su presidente, Donald Trump, el 5 de marzo todavía ponía en cuestión las tasas de mortalidad de la enfermedad de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la base de una “corazonada”. El 10 de marzo señalaba que cualquiera que lo quisiera tenía a su disposición el test necesario para constatar si está infectado o no, pese a que ello todavía no es posible y que en el mismo momento en que Steve Wozniak, cofundador de Apple, denunciaba que ni el ni su esposa habían podido hacerse el test. Haciendo caso omiso a las opiniones expertas, Trump sostenía que la pandemia era menos grave que la influenza, que la enfermedad se pasaría muy luego, para terminar diciendo en conferencia de prensa, la semana de 16 de marzo, que tenía la pandemia bajo control.

¿De qué otra forma cabe, por ejemplo, explicar que el estallido iniciado el 18 de octubre –que puso en cuestión la presunta primacía de la economía en la resolución de los problemas sociales– haya puesto a la sociedad chilena en el curso del proceso constituyente? ¿Cómo explicar sino el derrumbe de los sueños aislacionistas tipo Brexit y tipo Trump al ser puestos en cuestión por el coronavirus universal? ¿Se habrá imaginado alguna vez Trump que un “virus chino”, al hacer caer las bolsas estadounidenses en 35% –el 20 de marzo Dow Jones había perdido todo lo ganado desde la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos– y abrir la posibilidad de que el desempleo se eleve a dos dígitos, puede poner en cuestión una reelección que le parecía segura?

También ha llamado la atención que los gobernadores estatales han asumido un rol protagónico frente a las vacilaciones del presidente Trump. También ha sido grave la actitud del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que calificó de “fantasía” la crisis sanitaria, de “alarmistas” a los gobernadores que empezaron a tomar medidas e, incluso, una vez que el ministro de Salud comenzó a implementar y coordinar una política nacional y a restringir los encuentros sociales, el mandatario sostuvo que su eventual contagio era un asunto personal y que pensaba realizar una “festinha” (fiestecita) en palacio para celebrar el cumpleaños de su señora. La grave situación que enfrenta Italia tiene mucho que ver con la tardía respuesta del sistema político.

En el caso de Chile, las autoridades comunales han jugado un papel fundamental en el cierre de colegios, de los locales comerciales –con la excepción de supermercados y farmacias–, entre otras medidas. La propia sociedad civil ha sido decisiva en este campo, específicamente en el cierre de las actividades presenciales en las universidades, entre otras. Respecto a nuestro país, ya en el período abierto con el estallido del 18 de octubre, quedó en evidencia la falta de iniciativa política del Ejecutivo y el aumento del protagonismo del Congreso, en particular para llegar al acuerdo del 15 de noviembre, que abrió paso al proceso constituyente. También ha destacado el protagonismo de las municipalidades, que decidieron realizar un plebiscito respecto a si los chilenos querían o no una nueva Constitución, en la búsqueda de una salida a la crisis. Ahora han liderado, junto con el Colegio Médico, la demanda por una cuarentena generalizada.

La fragilidad de la economía mundial

No es posible entender la alta volatilidad que presentan las bolsas, los fuertes cambios que en pocos meses experimentan los pronósticos de crecimiento, sin tomar en cuenta que la economía global está marcada por lo que se podría denominar la era de las incertidumbres. La economía mundial siempre ha estado sujeta a ciclos económicos, diversos imponderables y problemas geopolíticos. No obstante, la situación actual se caracteriza por un cuestionamiento radical de las instituciones básicas de dicha economía que alcanza a la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Unión Europea, entre otras. Existen crecientes temores respecto a que el deterioro global del medioambiente, el cambio climático, pongan en cuestión, incluso, la idea del crecimiento.

Este contexto, de suyo difícil, se ve agravado por la fuerte disputa por la hegemonía mundial entre China y los Estados Unidos, que se desarrolla en el campo comercial, pero bajo lo cual subyace una disputa por el liderazgo en la transformación tecnológica. Están también en cuestión los fundamentos de la gestión macroeconómica y sus instituciones. Cada vez resultan más evidentes los límites de la política monetaria para resolver los problemas de los países desarrollados.

Al mismo tiempo, la política fiscal encuentra dificultades para jugar un rol más relevante, por la oposición de la ortodoxia económica. De todo eso deriva una gran vulnerabilidad que tiene como consecuencia, por ejemplo, que un gesto positivo del presidente de los Estados Unidos hace subir las bolsas, para que al día siguiente otro, negativo, genere fuertes bajas. La política gana preeminencia por sobre los ciclos económicos en la determinación del desempeño económico global.

La sociedad del riesgo

Son muchos los economistas e intelectuales que vienen propagando las virtudes del neoliberalismo y de la modernización. Enfatizan que, más allá de todo, el capitalismo es un gran creador de riqueza. Pierden de vista la gran capacidad de destrucción que lo caracteriza, siendo la crisis financiera y la actual situación económica las más recientes expresiones de ello. Conciben la sociedad como sistemas parciales, dominados cada uno por lógicas propias (las leyes económicas; la lógica populista de la política) y conciben el proceso social como uno de racionalización lineal, unidimensional en el sentido de un despliegue de la racionalidad con arreglo a fines.

Todo esto, sin embargo, no ha evitado que estemos enfrentando la dramática situación en que convergen la pandemia que ya ha provocado más de 10 mil decesos y que solo en 24 horas causó la muerte de más de 600 personas en Italia, dirigentes políticos en los principales países del mundo que deciden sobre la base de corazonadas (como Trump cuando anuncia que se ha encontrado la vacuna contra el coronavirus), una grave crisis económica mundial que está dejando sin empleo a cientos de miles de personas y graves conflictos entre países (la que perdura en el tiempo entre China y Estados Unidos y la más reciente entre Rusia y Arabia Saudita, que está llevando a una seria crisis el mercado del petróleo, agravando aún más la seria crisis económica mundial). Todo en conjunto está provocando el desplome de las bolsas a nivel mundial, graves problemas a las cadenas internacionales de valor y el peligro concomitante, no poco probable, de que se quiebre la cadena de pagos. Y todo, sin hablar del cambio climático, la crisis ambiental, ni la amenaza que las grandes empresas tecnológicas representan para la privacidad y la democracia.

Ha sido probablemente Ulrich Beck quien ha llamado con más fuerza la atención que, junto con la modernización, entendida como proceso autónomo de innovación, surge la sociedad del riesgo, que alude a una fase de desarrollo de la sociedad moderna en la que los riesgos sociales, políticos, ecológicos e individuales generados por la misma dinámica de la renovación, se sustraen crecientemente a las instituciones de control y aseguramiento de la sociedad industrial. Ella surge del desarrollo mismo de un proceso de modernización independizado, ciego en cuanto a sus consecuencias y peligros, que cuestionan y modifican los fundamentos de la sociedad industrial.

Con la modernización la estructura social se desplaza hacia lo informal, lo indefinido y lo inconcebible, la ley de la selva se propaga bajo la apariencia del orden. Se generan transformaciones no políticas y no buscadas, con baja incidencia de las instancias de decisión política, pasando por delante de todos los foros de decisión, líneas de conflictos y controversias político-partidarias. No es la racionalidad teleológica (con arreglos a fines), sino que son los efectos concomitantes (colaterales) los que se convierten en el motor de la historia social.

¿De qué otra forma cabe, por ejemplo, explicar que el estallido iniciado el 18 de octubre –que puso en cuestión la presunta primacía de la economía en la resolución de los problemas sociales– haya puesto a la sociedad chilena en el curso del proceso constituyente? ¿Cómo explicar sino el derrumbe de los sueños aislacionistas tipo Brexit y tipo Trump al ser puestos en cuestión por el coronavirus universal? ¿Se habrá imaginado alguna vez Trump que un “virus chino”, al hacer caer las bolsas estadounidenses en 35% –el 20 de marzo Dow Jones había perdido todo lo ganado desde la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos– y abrir la posibilidad de que el desempleo se eleve a dos dígitos, puede poner en cuestión una reelección que le parecía segura?

Frente a esta situación se impone el retorno de la política, pero, como dice Beck, no por una política dirigida por reglas que han perdido la conexión con la realidad, sino una política modificadora de reglas, creadora, no conformista, en suma, una reinvención de lo político.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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