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Sin justicia no habrá paz: George Floyd respira a través del grito de millones

por 11 junio, 2020

Sin justicia no habrá paz: George Floyd respira a través del grito de millones
Ya no es solo la brutalidad policial el foco de las masas de estadounidenses que, desafiando el coronavirus, han decidido arriesgar un poco de lo que George Floyd entregó por completo. Donald Trump ha logrado, de alguna forma, transformarse en otro sujeto de crítica y contralucha de los cientos de miles de estadounidenses que han salido a las calles. El presidente los ha declarado enemigos, terroristas, criminales, mientras que frente a los grupos supremacistas blancos que han salido a protestar y asesinar, como lo demostró Charlottesville, se ha guardado tales epítetos.
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Es difícil describir la energía comunitaria creada en esta semana de protestas masivas en todo el país. En Washington DC, el sábado 6 de junio se vivió como una fiesta popular llena de simbolismos de toda índole: conmovedores, de rabia, de esperanza, de agresividad contenida, de belleza. Toda esa amalgama de sentimientos creados por el brutal asesinato de George Floyd, a manos de un policía blanco en Minneapolis, se reprodujo en las calles de la capital de EE.UU., a metros de una Casa Blanca sitiada por enormes rejas.

Más de 200 mil personas, la más alta concentración en todo el país, pacífica, sin ningún arresto. En una ironía semiótica enorme, se creó una barrera de metal para frenar el avance de las miles de almas y, al mismo tiempo, cimentó una trampa de encierro para el dueño de casa temporal, Donald Trump. El presidente, solitario en su intolerancia y lenguaje militarista, ha construido su propia realidad de agresión contra un sentir nacional de estupefacción y conmoción humanitaria que parece no entender en lo absoluto.

¿Qué pasa por la mente de Trump en estos momentos de soledad moral y política, uno de los presidentes más impopulares de la época contemporánea, oculto tras los muros de la oficina oval? Los gruesos cortinajes de la Casa Blanca, sin duda, no bastan para silenciar las miles de voces que hacen retumbar los edificios bajo el grito de “Hands up, don’t shoot!” ("¡Manos arriba, no dispares!") y “Black lives matter!” ("¡Las vidas de los negros importan!"), a pocos metros del solitario edificio de Pennsylvania Ave, en el corazón (herido) de Washington DC.

Trump ha agregado un lamentable capítulo de deshumanización a su largo prontuario de pecados políticos. Todo comenzó con la historia delirantemente falsa que difundió por años, sobre el supuesto nacimiento del expresidente Barack Obama en África. O quizás comenzó mucho antes, en los años setenta, cuando junto a su padre, Fred Trump, enfrentaba demandas judiciales del Departamento de Justicia por discriminación racial contra afroestadounidenses en los edificios que controlaba en Nueva York.

Más recientemente, demostró en toda su dimensión su desconexión con la realidad infame de otro asesinato, el de Heather Heyer, en Charlottesville, Virginia. Con su actitud de igualar al supremacismo blanco con las protestas pacíficas que se organizaron para oponerse al neonazismo estadounidense en ese pueblito del antiguo sur, Trump pareció ponerse junto al volante del joven de extrema derecha que lanzó su poderoso auto contra una muchedumbre, aplastando para siempre la vida de la joven abogada.

Ahora, tras una asfixia de pesadilla que nos unió a todos en el grito de “I can’t breathe!” ("¡No puedo respirar!") frente a la parsimonia global de las cámaras, de un George Floyd que expiró frente a todos nosotros en 8 minutos de agonía, Trump nuevamente se autoubica tambaleante en un precipicio amoral, ambigüedad que es peor que defender algún valor concreto, por repudiable que sea.

Llegaron las filtraciones sobre cómo sus asesores más cercanos trataron de conminarlo a preparar un discurso presidencial que aquietara y uniera al país, que solidarizara con los hijos de George, con su esposa. Pero Trump, dicen las fuentes, no tenía nada que decir. No había alma en Trump para traducir en sentimientos. No hubo conmoción emocional del habitante solitario de la Casa Blanca. En su torpeza calculadora, decidió entonces caminar a la pequeña iglesia St. John, cruzando la plaza Lafayette frente a la Casa Blanca, y en su camino ordenó, a punta de bastonazos, bombas lacrimógenas y brutalidad policial, limpiar el camino de manifestantes, para que, sosteniendo una biblia, forzara una foto surrealista y confusa frente a la capilla colonial junto a incómodos funcionarios de su gabinete.

En ese mismo lugar, se han concentrado miles y miles de personas conmovidas con el sufrimiento a plena cámara de George Floyd. En esa misma esquina, la alcaldesa de Washington, Muriel Bowser, ordenó cambiar los carteles de “Calle 16” por “Black Lives Matter Plaza” (“Las vidas de los negros importan”). Con un agresivo grafiti auspiciado por la propia alcaldía, gigantescas letras amarillas de pintura para asfalto (que la lluvia no borrará por meses) enmarcan con el mismo “Black Lives Matter” el camino hacia la Casa Blanca. Edificio que, gran ironía del destino, destaca en su nombre la raza de todos los policías involucrados en casos de muerte, heridas graves y abusos de miles de afroestadounidenses y otras minorías.

Ya no es solo la brutalidad policial el foco de las masas de estadounidenses que, desafiando el coronavirus, han decidido arriesgar un poco de lo que George Floyd entregó por completo. Donald Trump ha logrado, de alguna forma, transformarse en otro sujeto de crítica y contralucha de los cientos de miles de estadounidenses que han salido a las calles. El presidente los ha declarado enemigos, terroristas, criminales, mientras que frente a los grupos supremacistas blancos que han salido a protestar y asesinar, como lo demostró Charlottesville, se ha guardado tales epítetos.

¿Qué pasa por la mente de Trump en estos momentos de soledad moral y política, uno de los presidentes más impopulares de la época contemporánea, oculto tras los muros de la oficina oval? Los gruesos cortinajes de la Casa Blanca, sin duda, no bastan para silenciar las miles de voces que hacen retumbar los edificios bajo el grito de “Hands up, don’t shoot!” ("¡Manos arriba, no dispares!") y “Black lives matter!” ("¡Las vidas de los negros importan!"), a pocos metros del solitario edificio de Pennsylvania Ave, en el corazón (herido) de Washington DC.

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