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OPINIÓN

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La otra primera línea

por 20 junio, 2020

La otra primera línea

Crédito: Agencia UNO

Se han montado sistemas de contención con las familias y estudiantes desde las visitas del profesor jefe del niño o la niña, la dupla psicosocial, cuando no de equipos especializados del municipio local. En muchos establecimientos, también, se generó un sistema de entrega gratuita de alimentos sin publicidad, pero con mucha solidaridad hacia aquellas familias cuyos padres están sin trabajo. Los docentes, junto a sus equipos directivos, han podido constatar, además, que a estas alturas lo curricular pasó a segundo plano y dedican gran parte de la retroalimentación pedagógica a la contención emocional. Lo curricular se puede recuperar luego, no así la salud mental de niños y niñas. Dada la situación particular por la que estamos atravesando, en el sistema educativo se está acumulando una tensión que, si no se gestiona bien, puede reventar de la peor forma.
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Ya llegamos al punto que muchos pronosticamos desde abril: nuestro sistema de salud colapsado y la pandemia, aún lejos de llegar a “la meseta prometida” hace dos meses. El ideologismo gubernamental –al igual que en 1983, 2011 y 2019– ha dejado al desnudo todas las falencias del “modelito” chileno y ha sumado ahora a la crisis institucional y económica, la sanitaria y social. Estamos en el peor de los mundos y los chilenos, casi abandonados a su propia suerte, de no ser por las primeras líneas que mantienen un mínimo de cohesión social y permiten dotarnos de los insumos básicos para poder seguir dando la batalla al virus.

Hemos sabido, conocido y aplaudido a los profesionales de la salud que han estado desde marzo al pie del cañón enfrentando la peligrosa peste, aunque el Gobierno no les ha entregado ningún bono adicional como el que dio a Carabineros en octubre pasado, para que apalearan chilenos y chilenas.

Están los trabajadores que recogen diariamente la basura, siempre mal pagados, pero imprescindibles, arriesgando su vida cada día cuando recolectan los desechos de nuestras casas: la basura no tiene cuarentena. También están aquellos que permiten que el circuito de la cadena alimentaria no se rompa, desde el pequeño agricultor, pasando por las industrias de alimentos, los camioneros, el supermercado o el boliche de la esquina, que nos permiten disponer y abastecernos de los insumos básicos para alimentarnos y poder seguir viviendo cada día, dando una pelea invisible pero no menos heroica a esta peste posmoderna y cuando ya todos nos hemos enterado de bajas importantes en nuestro entorno próximo.

Los establecimientos educacionales de toda naturaleza y según la disposición de recursos, a la semana de haberse suspendido las clases fueron armando un sistema de enseñanza remota con sus estudiantes que les ha funcionado, en los casos que conozco, hasta hoy entre un 80% y 100% en particulares pagados con clases diarias regulares como si fuesen presenciales. Entre un 70% y un 90% en establecimientos municipales y particulares subvencionados, con desempeños altos según la categorización de la Agencia y municipales y particulares subvencionados con desempeños medios y bajos con un 40% y 65% de tasas de respuesta de retorno. En especial, donde ha sido más difícil retroalimentar es en los 1° Básicos y 1° Medios, cuyos alumnos apenas llevaban una semana y media de clases cuando se decretó la suspensión y los profesores apenas alcanzaron a conocerlos.

También estás nuestros profes y sus equipos directivos, menos visibles que los profesionales de la salud, pero desempeñando roles muy significantes para las familias chilenas, ya que han posibilitado que –en especial a las familias más vulnerables– llegué no solo la contención emocional y social necesaria, incluso la caja de mercadería sin instructivos, publicidad ni funcionarios con chaquetas rojas, respetando la dignidad de las personas.

Han posibilitado con ello que el feble hilo que mantiene vivo el sistema educativo nacional no se rompa, pese a las erráticas y zigzagueantes directrices gubernamentales, que un día señala que no se suspenderán las clases y que a las horas cambia de opinión, que luego, apenas se está instalando un sistema de trabajo escolar remoto decreta vacaciones y que, después, a mediados de abril, cuando Ciper anuncia que Chile no está aplanando la curva, sino que la perdió de vista, el Gobierno por boca del Presidente y su amigo, el exministro de Salud, decretan “el retorno seguro”, obligando a muchos funcionarios públicos retornar a sus puestoS de trabajo con el riesgo inminente, como efectivamente comenzó a suceder, que muchos de ellos contrajesen el virus y otros falleciesen es ese proceso.

Por cierto, los directivos de escuelas y colegios que viven en la realidad y no en el paraíso de la ideología, consultaron a sus apoderados y el "No" fue rotundo, incluso en escuelas y colegios particulares subvencionados, donde hasta el 95% de los apoderados respondió negativamente el llamado a un eventual retorno a clases que planteó un Gobierno, que esa semana sucumbió rápidamente, y como siempre, a la presión empresarial que se hizo por diversos medios, los que, además, son de su propiedad.

Y sin embargo, la cadena que mantiene vivo el sistema escolar no se vino abajo porque la gente que vive en el mundo real –directivos de escuelas, docentes, funcionarios y familias– ya habían generado un sistema de retroalimentación escolar heterogéneo y diverso, desde la entrega de guías presenciales, pasando por los grupos de WhatsApp, la cesión de pendrive, a veces incluso de computadores transitorios (Palmilla) hasta el empleo de plataformas muy sofisticadas para hacer teleclases.

Por supuesto, también se han desnudo aún más las inequidades de esta sociedad pudibunda: la pésima señal de internet que entregan las compañías, denuncia que Conadecus viene reiterando desde hace años, reclamando por la baja inversión de las empresas del rubro, pero que hoy día afecta a todos, cuando ha puesto en la disyuntiva familiar el tener que optar entre el plan telefónico o comer, como me lo relató una directora de Peralillo al ir a visitar físicamente a un niño, luego que el papá ya no contestaba el teléfono ni el estudiante reportaba sus tareas.

El sistema escolar se balancea sobre los hombros de la escuela

Los establecimientos educacionales de toda naturaleza y según la disposición de recursos, a la semana de haberse suspendido las clases fueron armando un sistema de enseñanza remota con sus estudiantes que les ha funcionado, en los casos que conozco, hasta hoy entre un 80% y 100% en particulares pagados con clases diarias regulares como si fuesen presenciales. Entre un 70% y un 90% en establecimientos municipales y particulares subvencionados, con desempeños altos según la categorización de la Agencia y municipales y particulares subvencionados con desempeños medios y bajos con un 40% y 65% de tasas de respuesta de retorno. En especial, donde ha sido más difícil retroalimentar es en los 1° Básicos y 1° Medios, cuyos alumnos apenas llevaban una semana y media de clases cuando se decretó la suspensión y los profesores apenas alcanzaron a conocerlos.

Por supuesto, las clases no son las mismas, la retroalimentación tampoco es la mejor, pero el proceso de enseñanza-aprendizaje de las escuelas en torno a la pandemia ha sido notable para las familias, posibilitando que miles de ellas no rompan, habiendo motivos de sobra, el lazo con la escuela.

El implementar sistemas de retroalimentación con las familias y sus estudiantes, luego monitorear a aquellos que no responden, permitió saber primero que, en muchas casas, en especial en comunas rurales, no hay computador ni plan de internet; que a veces los padres son analfabetos y, por lo tanto, no pueden colaborar en las tareas de sus hijos, que hay problemas entre los padres en casa, como me lo comentó un rector de un colegio particular pagado, o enterarse de los otros daños colaterales que ha generado la pandemia: la violencia intrafamiliar o excesivo consumo de alcohol.

Rápidamente, montaron sistemas de contención con las familias y estudiantes, desde las visitas del profesor jefe del niño o niña, la dupla psicosocial, cuando no de equipos especializados del municipio local. En muchos establecimientos, también, se generó un sistema de entrega gratuita de alimentos sin publicidad, pero con mucha solidaridad hacia aquellas familias cuyos padres están sin trabajo. Los docentes, junto a sus equipos directivos, han podido constatar, además, que,a estas alturas lo curricular pasó a segundo plano y dedican gran parte de la retroalimentación pedagógica a la contención emocional. Lo curricular se puede recuperar luego, no así la salud mental de niños y niñas.

Incluso los docentes, en especial los de historia y ciencias sociales y del área artística, han sido bastante creativos al momento de vincular la pandemia que vivimos con plagas anteriores que vivió la comuna, la provincia o la humanidad. Así, lo hicieron los del liceo industrial de San Fernando, implementando formas creativas para abordar la actual pandemia –deformada por la hiperrealidad de los matinales basuras– en relación con otras pestes que sí fueron letales, como la que destruyó a Atenas, la bubónica que amenazó la existencia misma de Europa a fines de la Edad Media, la viruela que llegó con los españoles y que acabó con el Imperio Inca y que, según diversos historiadores, en el siglo XVI cobró la vida de 11 mil habitantes de la Nueva Extremadura o el cólera, la gripe asiática o la española, que mató a más de 40 mil chilenos, cuyos gobiernos ya por esos tiempos habían adquirido la mala costumbre de alterar la estadística sobre fallecidos.

Otra docente, en este caso de Artes Visuales del Liceo Víctor Jara de Peralillo, que a través de los colores de los trabajos que le envían sus alumnos descubre si hay adolescentes con depresión, o la de Historia que inventó el proyecto “Cartas a la historia”, donde sus estudiantes botan y liberan tensiones contando cómo están viviendo la experiencia de la pandemia, registro que será fuente de investigación y que quedará para la comuna y que, sin duda, será consultado por investigadores locales décadas después.

En general, los docentes –muchos de los cuales se sienten privilegiados por seguir recibiendo su sueldo mensual– han inventado o creado formas novedosas de hacer pedagogía y responder con calidad por su trabajo, pero se están comenzando a cansar, porque han pasado a ser psicólogos, terapeutas, orientadores y a veces padres de sus alumnos. La contención emocional de los estudiantes puede pasarles la cuenta a los colegios y sus consecuencias ser más nocivas que el COVID.

Epílogo: el sistema escolar se puede quebrar…

Hace dos semanas comencé a detectar, en las múltiples reuniones en las que participó, a través de plataformas digitales, que independientemente del tema que abordaremos, se repetía la queja por el cansancio emocional que está generando en los docentes la situación social extrema que estamos viviendo. De hecho, por esa misma fecha, a raíz de la petición que hizo un equipo directivo, asistí a una reunión para entregar contención emocional a los docentes que estaban a punto de rebelarse.

En el sistema educativo, dada la situación particular por la que estamos atravesando, se está acumulando una tensión que puede, si no se gestiona bien, como ha ocurrido siempre en la historia de Chile, reventar de la peor forma, en particular cuando hay una administración que sigue, como lo dijimos en una columna anterior, gobernando desde la ideología a espaldas del mundo real.

Hago clases de Historia de Chile, donde planteo una tesis que no es mía, pero que he hecho propia: la violencia histórica que pesa sobre nosotros y que se repite, como los terremotos, cada 20-30 años y cómo se traspasa luego a nuestra institucionalidad –tres constituciones impuestas a sangre y a fuego– y a las políticas públicas –el Transantiago, por ejemplo–, que hace que se acumulé una tensión social que siempre explota de la peor forma con asonadas populares –ayer la Huelga de la Chaucha o de la carne, hoy los $30 del metro– y que, en general, culminan con golpes de Estado o gobiernos más autoritarios.

No esperemos a que ello ocurra en el sistema escolar, pues se trata de los niños y niñas que son la riqueza más preciada de esta nación, simplemente porque fuimos incapaces de retroalimentar adecuadamente a los pilares que sostienen hoy ese feble sistema: docentes directivos y profesores.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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