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Lucha de poder y ¿algo más?

por 20 junio, 2020

Lucha de poder y ¿algo más?
Decir que todos los dirigentes del fútbol chileno son malos es disparar fácil y a la bandada. Sin duda que existen aquellos que están a la altura o intentan, a lo menos, generar instancias para que el fútbol y sus distintas aristas se puedan desarrollar de la mejor forma, más allá del negocio en que se transformó desde la Ley de Sociedades Anónimas. Pero, claro, los últimos años han sido precisamente los dirigentes los que han dado la nota baja y poco afortunada, se han visto involucrados en escándalos mayúsculos y otros de una nimiedad penosa. Actuar pensando en un peso más o un peso menos, qué me conviene o cómo perjudico al que tengo al frente, los ha llevado a un descrédito gigante y, a la postre, llegan a la testera quienes pueden y no los más capacitados o mejores.
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El 31 de julio se sabrá si la lista de Pablo Milad o Lorenzo Antillo asumirá la dirección del complicado y atribulado fútbol chileno. Sin duda, con todo el efecto pandemia y las preocupaciones obvias de toda la población, este tema que otrora generaba algo de atención de la hinchada y los medios de comunicación, hoy casi pasa inadvertido y es obvio, las prioridades son otras.

De partida y más allá de la opinión que cualquiera de nosotros pueda tener, son 32 presidentes los que votan y eligen. Por lo tanto, es una votación cerrada, llena de lobby y promesas o acuerdos entre los mandamases del balompié nacional. Un círculo cerrado y que hace rato piensa mucho más en los intereses particulares que en el beneficio de la mayor actividad deportiva del país.

Por lo tanto, las capacidades y proyectos de ambos se espera puedan llegar a corregir y enmendar el rumbo de una actividad económica que, literalmente, desde octubre está paralizada. Bueno, fue la misma clase dirigencial la que no se atrevió y quiso que el fútbol se siguiera jugando. Vieron la oportunidad de terminar todo a la rápida, asegurándose cada uno su tajada de la torta en lo deportivo y económico, sin pensar en que había que buscar alguna solución para no dejar herido el accionar de un torneo que terminó con escándalo.

Y vuelvo a ese punto que genera todo quiebre en la mayoría de las situaciones: el dinero. De verdad, ver peleando o denostándose entre los jugadores, los que hicieron historia con la formación de la orgánica o aquellos que se cuadran con la actual directiva, solo me hace pensar y meditar otra vez en el punto central de esta columna. Nuestra clase dirigencial vuelve a generar noticia, no por cosas positivas. Antes de atacar, haber buscado caminos de entendimiento para luego lograr los consensos. Ya pasó en algún momento, cuando muchos jugadores participantes de procesos clasificatorios no recibieron sus premios por “supuestos acuerdos”, los cuales favorecieron a algunos que no cumplían con los requisitos solicitados.

Basta recordar lo que hicieron con Santiago Wanderers –y toda la presión mediática para revertir un error garrafal– o lo que no hicieron por tratar de darle continuidad. ¿Por qué nunca se exploró abiertamente o se decidió discutir públicamente la idea de jugar sin público? Dudas que nadie pudo y quiso aclarar o argumentar.

Decir que todos los dirigentes del fútbol chileno son malos es disparar fácil y a la bandada. Sin duda que existen aquellos que están a la altura o intentan, a lo menos, generar instancias para que el fútbol y sus distintas aristas se puedan desarrollar de la mejor forma, más allá del negocio en que se transformó desde la Ley de Sociedades Anónimas. Pero, claro, en los últimos años han sido precisamente los dirigentes los que han dado la nota baja y poco afortunada, se han visto involucrados en escándalos mayúsculos y otros de una nimiedad penosa. Actuar pensando en un peso más o un peso menos, qué me conviene o cómo perjudico al que tengo al frente, los ha llevado a un descrédito gigante y, a la postre, llegan a la testera quienes pueden y no los más capacitados o mejores.

Muchos, sin un gran presente en la dirigencia o con años que los avalen para esto. Y, claro, sin colocar en tela de juicio la probidad, son las capacidades de liderazgo y toma de decisiones en cuanto al “producto”, lo que lleva a insinuar si quienes lleguen a Quilín podrán o tendrán las herramientas necesarias para “salvar” el buque del deporte popular, por que hoy es así: el fútbol chileno está críticamente cuestionado y dañado en sus arcas.

Y esto lo ligo, además, por la disputa y pelea entre el SIFUP y la agrupación de exjugadores, quienes han manifestado su disconformidad y cuestionamiento hacia la directiva de Gamadiel García por el reparto de dineros provenientes de los fondos de retiro acordados entre el sindicato y los provenientes de la televisión. Una pelea que me mostró tal cual por redes sociales –hoy el gran tablero y fichero de opiniones y debates, muchos de ellos in sentido– acusaciones de un lado y otro, con frases de titular, pero muchas sin el argumento y contrapeso de un debate para nivelar hacia arriba.

Y vuelvo a ese punto que genera todo quiebre en la mayoría de las situaciones: el dinero. De verdad, ver peleando o denostándose entre los jugadores, los que hicieron historia con la formación de la orgánica o aquellos que se cuadran con la actual directiva, solo me hace pensar y meditar otra vez en el punto central de esta columna. Nuestra clase dirigencial vuelve a generar noticia, no por cosas positivas. Antes de atacar, haber buscado caminos de entendimiento para luego lograr los consensos. Ya pasó en algún momento, cuando muchos jugadores participantes de procesos clasificatorios no recibieron sus premios por “supuestos acuerdos”, los cuales favorecieron a algunos que no cumplían con los requisitos solicitados.

Por eso, siempre tras una crisis, y más allá de ser una frase hecha, existe una oportunidad. La de cambiar y generar nuevos espacios para la credibilidad, esa que cuesta años ganarla y defenderla, la que tan solo en un segundo se puede perder. Reconstruirla es obligación de la clase dirigencial chilena.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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