lunes, 3 de agosto de 2020 Actualizado a las 16:23

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Plebiscito en tiempos del COVID

Plebiscito en tiempos del COVID
La actual pandemia ha mostrado efectos dispares sobre la concurrencia a votar. En Estados Unidos, 14 estados aplazaron sus elecciones primarias y en el único estado que no lo hizo, Wisconsin, la votación bajó casi 10 puntos. Corea del Sur votó el 15 de abril bajo una serie de medidas de seguridad sanitaria, tuvo la tasa de participación más alta en tres décadas. Mali votó el 19 de marzo, el día en que comenzaron a registrarse en ese país las primeras muertes por coronavirus y muy pocos votantes acudieron a las urnas. El domingo 28 de junio, Francia tuvo una escasa participación en la segunda vuelta municipal, mismo día que Polonia tuvo una masiva elección legislativa.
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Históricamente las epidemias han alejado a los votantes de las urnas. Las primeras referencias que tenemos sugieren que la gripe española redujo en 20% la participación en las elecciones legislativas de EE.UU. en 1918. Episodios menos dramáticos también registran efectos. Los brotes de influenza, por ejemplo, se asocian con caídas entre el 5% y 10% de la participación electoral en países desarrollados.

La actual pandemia, no obstante, ha mostrado efectos dispares sobre la concurrencia a votar. En Estados Unidos, 14 estados aplazaron sus elecciones primarias y en el único estado que no lo hizo, Wisconsin, la votación bajó casi 10 puntos. Corea del Sur votó el 15 de abril bajo una serie de medidas de seguridad sanitaria, tuvo la tasa de participación más alta en tres décadas. Mali votó el 19 de marzo, el día en que comenzaron a registrarse en ese país las primeras muertes por coronavirus y muy pocos votantes acudieron a las urnas. El domingo 28 de junio, Francia tuvo una escasa participación en la segunda vuelta municipal, mismo día que Polonia tuvo una masiva elección legislativa.

Ante estas experiencias disímiles, ¿qué hacemos con el plebiscito del octubre en Chile? Si ya existe un relativo consenso sobre la necesidad de cambiar nuestras actuales instituciones, ¿es acaso importante que los ciudadanos participemos en dicha elección?

Este sesgo es complicado de abordar, dado que la pandemia afectará la participación de los grupos con mayores tasas de contagio, cuales son aquellos de más edad y de comunas más vulnerables. Un reciente estudio sobre la elección primaria de Wisconsin mostró que la caída en la participación debido al COVID fue principalmente acentuada en los grupos más desventajados de la sociedad.

Una alta participación en el plebiscito de entrada es esencial para validar el proceso. Una votación masiva dotará de legitimidad al acuerdo constituyente, condición necesaria para dotar de estabilidad a las futuras instituciones. Pero existe otra consecuencia igualmente relevante. El plebiscito de entrada es la mejor herramienta para asegurar la participación en todo el proceso constituyente y una alta concurrencia en octubre, muy probablemente, consolidará la participación en abril. Existe evidencia concluyente del “efecto hábito” al votar: el voto en una elección aumenta la probabilidad de participar en la siguiente, hecho que se acentúa si la segunda es consecuencia de la primera. En este sentido, anular el plebiscito de entrada solo ayudaría a desmovilizar y desincentivar la participación ciudadana en la elección de los constituyentes.

Las encuestas previas a la pandemia mostraban un alto interés en participar en el plebiscito de entrada. Pero la crisis sanitaria persiste con marcada intensidad y, hoy, nadie se aventura a pronosticar lo que ocurrirá en los meses que vienen. En ese escenario, la elección de octubre parece dramáticamente cercana.

Ciertamente existen mecanismos que podrían mitigar el efecto negativo de la pandemia sobre los costos de votar, como el voto electrónico, por correo y la segregación de mesas, entre otros. Estas medidas –que ya han sido propuestas por varios especialistas– serían eficaces para asegurar el voto de la población contagiada e incluso, parece razonable extender su uso a otros grupos con difícil acceso a las urnas. Pero sus alcances, en general, son limitados. Las experiencias en otros países sugieren que tanto el voto a distancia como el voto temprano no aumentan de manera sustantiva la participación. Más aún, su uso favorece a los sectores más jóvenes y acomodados.

Este sesgo es complicado de abordar, dado que la pandemia afectará la participación de los grupos con mayores tasas de contagio, cuales son aquellos de más edad y de comunas más vulnerables. Un reciente estudio sobre la elección primaria de Wisconsin mostró que la caída en la participación debido al COVID fue principalmente acentuada en los grupos más desventajados de la sociedad.

Una dificultad adicional que tiene la aplicación de estas medidas es de carácter logístico. Ninguna de estas tecnologías electorales ha sido aplicada en Chile y cualquier falla en su implementación, aún acotada a grupos de enfermos, generaría un peligroso manto de dudas que podría ser aprovechado por sectores que buscan deslegitimar el proceso constituyente.

En este escenario, es sensato aplazar el plebiscito de octubre. Esto requeriría, desde luego, el compromiso explícito por parte de la clase política de respetar el resto del calendario acordado. Un aplazamiento de algunos meses tiene varias ventajas.

Por una parte, permitirá realizar el plebiscito cerca del verano y bajo un escenario plausiblemente menos severo de la pandemia. Relacionado a lo anterior, sería más probable una suspensión de la actual excepcionalidad constitucional, lo cual es necesario para un ejercicio democrático pleno. Finalmente, un aplazamiento dará mayor tiempo para planificar una elección que, de cualquier forma, deberá contar con importantes resguardos sanitarios. Por ejemplo, se podrían usar las primarias de noviembre para experimentar con formas de votación aún no probadas en Chile.

Otros países han implementado votaciones en medio de la pandemia. Y algunos han sido exitosos en asegurar altas tasas de participación. Pero ninguna de esas elecciones revestía la importancia que tiene nuestra elección de entrada al proceso constituyente. Sería lamentable que repitiéramos —“una vez más”, como lo reportó un artículo en Bloomberg recientemente— aquello de copiar soluciones implementadas en países ricos, para luego darnos cuenta de que no lo somos.

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