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Gerente del apocalipsis

por 30 julio, 2020

Gerente del apocalipsis
Los gabinetes no se construyen de esperanzas, sino de personas disponibles. Sacar a un Gobierno de un pantano tiene su atractivo para personalidades osadas, pero es un disuasor efectivo la casi certeza de que Piñera no se ajustará al papel de resolutor de última instancia. Al gabinete se le está pidiendo algo que solo puede entregarle un Presidente que, en dos mandatos, ha fracasado en el intento. La falta de convicciones y el excesivo oportunismo le están pasando la cuenta al Mandatario. Al actuar como un cazador de oportunidades, según se vayan encontrando en el camino, termina por convertir el constante zigzagueo en un derrotero sin rumbo ni destino.
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El proceso que terminó con la aprobación del retiro del 10% mostró a las claras las carencias del liderazgo del Presidente Sebastián Piñera. Lo que le ha acontecido al Mandatario es que terminó por rendirse, al extremo del camino, cuando ya no tenía alternativa, después de acumular todo el desgaste posible en el trayecto. Para peor, su desgaste personal se está traspasando al desgaste institucional.

La idea de aceptar un deterioro permanente de ingresos futuros para salvar una urgencia, debió tener una alternativa disponible mucho antes. Se conjuraba en un inicio o, luego, la angustia colectiva se llevaría todo por delante. Un buen Presidente lo hubiera entendido a la primera, habría convocado a los líderes opositores y oficialistas, anticipando un acuerdo. No lo hizo, sino que dio todo el tiempo del mundo para que una respuesta improbable llegara a ser vista como la única disponible y al alcance de la mano de la mayoría.

Siempre existieron los canales para llegar a tiempo con mejores alternativas, pero no hemos tenido un Presidente que entienda las señales de advertencia en el camino, sino que hemos visto uno que acelera cuando no debe hacerlo y frena de improviso –en el instante final– para evitar una colisión de frente. El choque por alcance afecta a todos los que siguen. No es que el país haya caído presa de un ataque de populismo ni son los grupos radicalizados los que dictan las normas, es que el responsable mayor lo hace mal.

Un especulador sin éxito es un solitario sin remedio. Esto ya se ha convertido en una constatación que se puede sacar casi a diario. El rosario de fracasos que ha ido enhebrando Piñera ha consumido buena parte de su prestigio político y, mucho peor, está afectando al prestigio casi religioso que ha investido siempre a la Presidencia en Chile. El resultado es lamentable de ver. El carisma que irradia la Presidencia se ha esfumado, el halo de autoridad que rodea a las apariciones de un Mandatario, ha desaparecido.

El resultado obtenido desprestigiaría a cualquiera que tuviera prestigio previo. En menos de 72 horas, el Gobierno pasó de declarar que la aprobación de un proyecto de ley era la antesala del apocalipsis a comprometerse con una entrega rápida y eficiente de los recursos. Lo dicho no tiene consistencia ni continuidad, es lo que hace que todos entiendan que prestar atención a lo que dicen las autoridades es una pérdida de tiempo. La inconsistencia se convierte en irrelevancia. Los que protagonizaron las volteretas lo sabían mejor que nadie.

Piñera había dicho que los ministros estaban trabajando “con compromiso”. En realidad trabajaban mirando sobre su hombro a la espera de una noticia que tarde o temprano les llegaría. Porque, una de dos: ellos asumían el costo de los errores o se reconocía la responsabilidad del Presidente. Piñera no tenía por dónde perderse.

Este es el cambio de gabinete más anticipado del que se tenga registro y del que menos esperanzas se tiene de que represente una modificación de fondo. Si algo permitía una sombra de duda, era la expectativa de que se incorporaran figuras que no teman sostener una opinión propia ante Piñera y que, además, fueran escuchadas por el Mandatario.

Pero los gabinetes no se construyen de esperanzas, sino de personas disponibles y que cumplan con las condiciones señaladas. Sacar a un Gobierno de un pantano tiene su atractivo para personalidades osadas, pero es un disuasor efectivo la casi certeza de que Piñera no se ajustará al papel de resolutor de última instancia. Así se llegó a Víctor Pérez. Al gabinete se le está pidiendo algo que solo puede entregarle un Presidente que, en dos mandatos, ha fracasado en el intento. ¿Quién puede creer que tal cosa vaya a ocurrir ahora?

La falta de convicciones y el excesivo oportunismo le están pasando la cuenta a Sebastián Piñera. Al actuar como un cazador de oportunidades, según se vayan encontrando en el camino, termina por convertir el constante zigzagueo en un derrotero sin rumbo ni destino. La especulación no es un proyecto político, es una práctica arbitraria que solo puede ser tolerada cuando es coronada por el éxito. Si se logra, se consigue la admiración de los apostadores, pero nada parecido a la amistad cívica que concita el seguir juntos un gran propósito.

Un especulador sin éxito es un solitario sin remedio. Esto ya se ha convertido en una constatación que se puede sacar casi a diario. El rosario de fracasos que ha ido enhebrando Piñera ha consumido buena parte de su prestigio político y, mucho peor, está afectando al prestigio casi religioso que ha investido siempre a la Presidencia en Chile. El resultado es lamentable de ver. El carisma que irradia la Presidencia se ha esfumado, el halo de autoridad que rodea a las apariciones de un Mandatario, ha desaparecido.

Las ceremonias públicas de la última semana han resultado desoladoras. Carente de la investidura de reverencia que aportaban los espectadores, un protocolo desangelado nos mostraba a un señor, acompañado de su esposa, que aparece rodeado de unos colaboradores que mostraban el grado de optimismo y alegría propios de los que caminan al patíbulo. Es el problema de estar bien informados.

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