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Reconstruir el espacio público para un futuro posible

por 27 octubre, 2020

Reconstruir el espacio público para un futuro posible
Nuestro espacio público está debilitado justo cuando más sólido y vital lo necesitamos. Los enormes desafíos y oportunidades de cambio que se han abierto con el proceso constituyente, van a requerir mucha deliberación colectiva, confiable, razonada e informada. Lo vamos a necesitar para conducir la participación ciudadana amplia y eficaz que debe acompañar el proceso constituyente desde la orilla de la sociedad civil, si queremos arribar a un resultado legitimado. También requeriremos un espacio público fuerte para procesar colectiva y democráticamente las medidas y sacrificios que todos deberemos emprender para construir la nueva institucionalidad democrática, para reconstruir nuestra economía y nuestra normalidad cotidiana.
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El masivo triunfo del Apruebo el domingo ya ha hecho historia: ha canalizado un largo proceso de protesta social y ha conjurado muchos peligros para nuestra democracia. Bastaría con eso para estar satisfechos. Pero ahora se abre un futuro y, con él, nuevas tareas y desafíos. No basta la voluntad, es necesario construir las condiciones, espacios y herramientas para enfrentarlas. En materia de participación y deliberación social sobre los temas de fondo, Chile no está bien preparado, pues en las últimas décadas la hemos desaprendido, hemos clausurado espacios y silenciado voces. Pero como no habrá proceso constituyente socialmente legitimado –y es eso lo que está en juego– sin participación, tendremos que reconstruirlas. Dicho en grande, porque la tarea será grande, tendremos que reconstruir nuestro espacio público.

Es cierto que, desde hace ya unos buenos años, se han venido ampliando la intensidad y los espacios de nuestras conversaciones colectivas. Sin embargo, su confiabilidad y la calidad de su deliberación están deterioradas. Esto tuvo su origen en el largo proceso de despolitización, desconfianza de la sociedad y tecnocratización de las decisiones públicas, que promovieron la Constitución del 80 y la hegemonía neoliberal. Y se acentuó con el 18 de octubre como efecto del clima bélico, los discursos apocalípticos, las expresiones de violencia y las fake news que lo acompañaron.

Luego lo reforzó el COVID-19, lo cual era previsible, pues mientras menor es el contacto directo con el otro diferente, más lo reemplazamos por imágenes colectivas prejuiciadas, mayor es la presencia de opiniones en blanco y negro y menor la tolerancia. Y todo esto no se ha visto aminorado sino aumentado por las redes digitales, que han sido el vehículo de comunicación principal durante este año. Ellas refuerzan la homogeneidad de las tribus y las distancias con los extraños.

La situación es muy desafiante, pues la redacción de una nueva Constitución no construirá su legitimidad al margen de la calidad del debate y de la opinión ciudadana en el espacio público. Pero tenemos la oportunidad de construir sobre la marcha un espacio público más dinámico y de mejor calidad. Para eso, el proceso constituyente debe incentivar la deliberación pública y evitar la tentación de caricaturizar y amplificar sus disputas a través de los medios. Por otra parte, la propia redacción de la Constitución debiera contemplar mecanismos que promuevan la articulación entre la libertad de opinión y de prensa, con el resguardo de la calidad democrática de la información y deliberación pública. Sería incomprensible que en este punto los amarres fácticos del pasado quedaran intactos.

El espacio público es el conjunto de intercambios que construyen y expresan los valores, lugares, bienes y derechos que nos pertenecen a todos por el solo hecho de ser ciudadanos. Es la fábrica moderna de producción de lo común. Y lo produce a través de varios registros. El principal es la deliberación colectiva razonada basada en valores compartidos, pero también lo son la expresión simbólica de contenidos utópicos, los ritos que reproducen tradiciones y memorias, las protestas, el rayado, el panfleto y las expresiones emocionales del descontento o de la esperanza. El espacio público no es la suma cacofónica de la diversidad de opiniones ciudadanas, es su procesamiento y articulación en grandes cuerpos de opinión que pueden conversar entre sí.

Nuestro espacio público está debilitado justo cuando más sólido y vital lo necesitamos. Los enormes desafíos y oportunidades de cambio que se han abierto con el proceso constituyente, van a requerir mucha deliberación colectiva, confiable, razonada e informada. Lo vamos a necesitar para conducir la participación ciudadana amplia y eficaz que debe acompañar el proceso constituyente desde la orilla de la sociedad civil, si queremos arribar a un resultado legitimado. También requeriremos un espacio público fuerte para procesar colectiva y democráticamente las medidas y sacrificios que todos deberemos emprender para construir la nueva institucionalidad democrática, para reconstruir nuestra economía y nuestra normalidad cotidiana.

Para reconstruir el espacio público hay que incentivar el desarrollo de todos sus registros, tanto los racionales como los simbólicos, los que expresan el disenso y los que crean consenso. Pero aún no hemos comenzado con la tarea y, a veces, pareciera que más bien caminamos hacia atrás. La manera en que el Gobierno se ha relacionado con el espacio y la opinión pública desde el 18 de octubre ha contribuido a su deterioro. No solo ha sido errática en momentos en que la certidumbre y la solidez de la conducción eran un producto de primera necesidad, sino que creó gratuitamente prejuicios y lenguajes divisorios, como aquel de que el país está en guerra. Además, ha restado apoyo a las actividades culturales públicas, un pilar fundamental en la creación de lenguajes y de intercambios simbólicos entre los ciudadanos y las ciudadanas.

Pero no todo es responsabilidad del Gobierno. Hay que decirlo claro, las formas de propiedad, control y supervisión pública del sistema de medios chileno son un factor de deterioro de la deliberación democrática. La homogeneidad ideológica, el duopolio del control de los medios, su función como agencia de relaciones públicas y de lobby de las corporaciones y actores del poder, no contribuyen a la expresión de diversidad ni al procesamiento razonado de los argumentos colectivos. No sirve la declaración formal y la defensa de la libertad de prensa, si su operacionalización efectiva niega la función democrática de esa libertad.

Y hay también una importante responsabilidad de los actores políticos, que han reemplazado la representación colectiva mediante argumentos por la presentación personal mediante eslóganes. La personalización de la política ha sido un fuerte impulso presentarla como competencia de protagonismos y de movilidades individuales y, ha tenido el efecto nada inocente de ocultar los hechos estructurales y colectivos en los que se basan las disputas del poder. La farandulización de la política en manos de los matinales es solo un ejemplo, tal vez el menos grave. Por esta razón, y por la necesidad urgente que tienen los partidos políticos de legitimar ante la sociedad el inevitable rol que jugarán en el proceso constituyente, es que deben dar pronto las señales correctas acerca del tipo de espacio y debate público que quieren promover.

La situación es muy desafiante, pues la redacción de una nueva Constitución no construirá su legitimidad al margen de la calidad del debate y de la opinión ciudadana en el espacio público. Pero tenemos la oportunidad de construir sobre la marcha un espacio público más dinámico y de mejor calidad. Para eso, el proceso constituyente debe incentivar la deliberación pública y evitar la tentación de caricaturizar y amplificar sus disputas a través de los medios. Por otra parte, la propia redacción de la Constitución debiera contemplar mecanismos que promuevan la articulación entre la libertad de opinión y de prensa, con el resguardo de la calidad democrática de la información y deliberación pública. Sería incomprensible que en este punto los amarres fácticos del pasado quedaran intactos.

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