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El momento constituyente en Chile: entre la esperanza y la sospecha

por 4 noviembre, 2020

El momento constituyente en Chile: entre la esperanza y la sospecha
Reducir la incertidumbre social será una de las grandes tareas de la Convención. Lo anterior requerirá reconstruir un lazo social perdido, abrir espacios de escucha, generar mecanismos de participación eficientes y ya no solo simbólicos. Se trata de una ciudadanía que no se conformará con un bonito discurso o un buen ejercicio de deliberación y diálogo. Hoy la ciudadanía quiere estar sentada incidiendo, construyendo con sus propias manos su destino. La esperanza en el presente y la sospecha en el futuro, es la tensión que estará presente en el periodo que viene. El resultado del proceso constituyente estará -en parte- radicado en la forma en que se reduce tal brecha (una más).
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Vivimos un momento paradójico en la República, un momento que simultáneamente combina esperanza e incertidumbre, entusiasmo y temor, autoafirmación y sospecha. La plataforma Contexto –Universidad Diego Portales, Espacio Público, Observatorio Ciudadano, Humanas– junto a Subjetiva, iniciaron un panel cualitativo con dos grupos que se reúnen periódicamente para conversar sobre cómo han venido percibiendo el proceso constituyente. Se trata de hombres y mujeres de estratos socioeconómicos medios. Hay profesionales, técnicos y estudiantes. Ninguno milita. Algunos tienen participación en organizaciones sociales y comunitarias.

¿Cuáles son los relatos que emergen de estas conversaciones? El primero tiene que ver con la esperanza, con las ganas de que algo cambie en la sociedad para que exista más justicia, menos abusos y desigualdades. En las conversaciones anteriores al plebiscito, se mencionaba una expectativa de alta participación y un convencimiento del triunfo de la opción Apruebo. Pero, además, en el relato existe un retorno al pasado, a reiniciar algo que comenzó hace treinta años, pero que no se ha materializado socialmente: la verdadera transición. Nos indica uno de los participantes: “El 26 [de octubre] me hace tanto recordar al 6 de octubre del 88. Se va a descomprimir, se va a empezar a pensar formar la comisión constituyente”.

El plebiscito es percibido en esta perspectiva como un punto de inflexión, como una oportunidad para –al mismo tiempo– contener las frustraciones sociales y transformar las cosas: “Yo creo que es necesario hacerlo [el plebiscito] por este tema de evitar la rabia que puede haber contenida en la sociedad y para que también las empresas tengan claro a qué van a atenerse de aquí en adelante”.

Entonces, esta toma de conciencia de la responsabilidad de informarse, de no dejar pasar la oportunidad, provoca un constante estado de alerta social respecto de los tomadores de decisión: ¿Quiénes efectivamente podrán presentarse? ¿Habrá barreras para dirigentes sociales, para gente que no forme parte del circuito del poder? ¿Cómo se financiarán las campañas? ¿Cuántas firmas se requerirán? ¿Se incluirá a los indígenas, a las personas con discapacidad? La conversación gira en torno a la demanda por una Convención que refleje, que sea idealmente un espejo de la sociedad. Las personas desean verse retratadas en dicho cuerpo deliberativo.

Ni siquiera el costo económico del plebiscito desalentaba el interés por participar de este momento histórico. Nos indicaba una de las participantes: “Vale la pena [hacer el plebiscito]. Si se gasta plata en aviones, en cosas militares que no sirven a nadie, yo creo que esto… me parece que es invertir en la ciudadanía, en participación de una manera así, real”.

Lo anterior plantea para algunos el anhelo de participación como un componente central del ciclo que se inicia. Se tiene conciencia del momento histórico crítico que se vive y aquello genera un interés genuino por participar. Volviendo la vista hacia atrás, existe un aprendizaje social respecto de la experiencia del plebiscito de 1988, dado que “en ese momento del Sí y el No estábamos dependiendo de las personas que llegaron a hacer el cambio, pero ahora el cambio lo vamos a hacer nosotros. Nosotros como sociedad, esa es la diferencia de ahora… esa es la gran diferencia”.

Pero esta expectativa de convertirse en protagonistas no queda subsumida en el hecho de asistir a votar y se tiene una clara opinión sobre el asunto: “Obviamente –nos dice uno de los participantes–, los partidos van a querer poner su voluntad, pero creo que es importante que la gente y nosotros también nos preocupemos de participar, encontrar la forma de participar de forma independiente. Yo creo que no nos tenemos que quedar solamente en el voto y quedar mirando, como lo hemos hecho otras veces”. Otro de los participantes critica las franjas por su falta de contenidos: “Siento que tenemos un problema de contenido para poder educar a la comunidad, a la ciudadanía, para que pueda votar informada”.

Entonces, esta toma de conciencia de la responsabilidad de informarse, de no dejar pasar la oportunidad, provoca un constante estado de alerta social respecto de los tomadores de decisión: ¿Quiénes efectivamente podrán presentarse? ¿Habrá barreras para dirigentes sociales, para gente que no forme parte del circuito del poder? ¿Cómo se financiarán las campañas? ¿Cuántas firmas se requerirán? ¿Se incluirá a los indígenas, a las personas con discapacidad? La conversación gira en torno a la demanda por una Convención que refleje, que sea idealmente un espejo de la sociedad. Las personas desean verse retratadas en dicho cuerpo deliberativo.

Son los que, pese a la desconfianza, confían en sus propios recursos para sortear los obstáculos que perciben desde la “esfera política tradicional”. Otros observan desde una desesperanza y no manifiestan compromisos del todo nítidos. Lo que hace la diferencia tienen que ver con sus trayectorias sociales y políticas, pero también la esperanza parece ser más fuerte en el relato femenino.

De las altas expectativas a la sospecha

Pero así como existen esperanzas del proceso que se abre, también emerge el miedo e incertidumbre respecto del proceso y del resultado del mismo. De partida, algunos señalan cierta claridad respecto a que el proceso constituyente fue parte de un arreglo entre las cúpulas de los partidos: “Esto es un chiste al final. Esto fue un arreglín entre los mismos de siempre y chao... que la gente lo idealice es una tontera de la gente no más”. Otros valoran ese “ponerse de acuerdo” inicial por parte de los actores políticos y, por lo mismo, critican el que no “hayan estado a la altura de los tiempos” en relación con el fracaso de la oposición para concordar un sistema de primarias para elecciones de alcaldes y gobernadores.

Sería equívoco indicar que la gente acudiría a las urnas pensando que luego del plebiscito las cosas cambiarían de la noche a la mañana. Prima el realismo en las opiniones de la gente. Saben que por mucha protesta social, las diferencias sociales y los privilegios no se acabarán de la noche a la mañana. Se percibe que esta es una sociedad donde las cosas no cambian, donde los privilegiados siguen saliéndose con la suya: “¿Cómo le van a pedir a la gente que devuelva las 500 mil lucas cuando a Ponce Lerou le están perdonando 120 millones de dólares?”, nos comenta alguien.

Aquí y en otros estudios, surge nítidamente la desconfianza respecto de los partidos, a los que se les ve en otro mundo, velando por sus propios interés y protagonismo, desconectados de las preocupaciones de la gente. Ante esa desconexión, emergen en la conversación nombres de figuras independientes o alejadas de los partidos y que han estado en el debate público recientemente: “Imagínate que participara gente como la Alejandra Matus o la Mónica González. Sería bacán…”, señala una participante del panel.

El realismo cala hondo. Aunque les gustaría ver a alguien de los suyos sentado en esta Convención, se reconocen las dificultades materiales para hacerlo: “Hoy día, para que alguno de ustedes sea constituyente, tiene que tener 60 millones, juntar no sé cuántas firmas, ¿cuándo, dónde y a qué hora”. La ilusión de construir un Chile distinto choca con la cruda realidad de convivir en una sociedad de mercado, donde el dinero y la pertenencia social son las únicas vías para acceder al poder.

La solución está en apelar a que ciertos personajes reconocidos del mundo de los medios y del debate público, puedan representarlos en sus intereses: Pedro Cayuqueo, Fernando Atria, Alejandra Matus o Francisco Huenchumilla.

Reducir esta incertidumbre social será una de las grandes tareas de la Convención. Lo anterior requerirá reconstruir un lazo social perdido, abrir espacios de escucha, generar mecanismos de participación eficientes y ya no solo simbólicos. Se trata de una ciudadanía que no se conformará con un bonito discurso o un buen ejercicio de deliberación y diálogo. Hoy la ciudadanía quiere estar sentada incidiendo, construyendo con sus propias manos su destino.

La esperanza en el presente y la sospecha en el futuro, es la tensión que estará presente en el periodo que viene. El resultado del proceso constituyente estará –en parte– radicado en la forma en que se reduce tal brecha (una más).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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