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El huevo de la serpiente o la universalización del populismo

por 27 abril, 2021

El huevo de la serpiente o la universalización del populismo
Se han escrito magistrales columnas sobre la materia, de Ortúzar, Cavallo, Ottone, Contardo, Colodro, Soto, Peña, etc. Mientras, vemos a la clase política haciendo su número, corriendo por los pasillos del Parlamento con alas rosadas, dando brincos como el Nosferatu de Herzog, buscando la mejor forma de congraciarse con sus electores, eludiendo el sano juicio y toda perspectiva de mediano y largo plazo.
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El 2019, recordamos que Bergman filmó su película The Serpent’s Egg con una historia que acontecía en Berlín en 1923. El huevo de la serpiente tenía en su cáscara un trabeculado que permitía visualizar el producto en gestación. Es decir, todos podían ver lo que se estaba gestando y cómo crecía. El espectador podía verlo. El populismo estaba al acecho, personificado, dijimos.

Y henos aquí, más de un año más tarde, habiendo evolucionado los acontecimientos del modo en que hemos visto desde el estallido social a la pandemia, que hoy por hoy copa nuestra agenda pública a la espera de la inmunidad de rebaño. En el proceso, el huevo de la serpiente perdió su trabeculado y se hizo completamente transparente, como un embrión en su saco vitelino. Y descubrimos que el problema se universalizó y que Chile se hizo populista. Al decir de Harboe, el populismo está sentado en el living de la casa.

El problema es a lo que hemos llegado, qué es lo que nos queda y cuánto más tendremos que perder. La clase política, en su afán por hacerse del poder o conservarlo a cualquier precio, ha incurrido en un “notable abandono de deberes”, aquellos deberes que entendemos han de formar parte de su tarea principal: la construcción de posibilidades y certezas para Chile. Muy lamentable. Estamos fritos. Si siguen así las cosas, prefiero quedarme confinado, pero muy preocupado por los que vendrán detrás de mí.

Magistrales columnas se han escrito sobre la materia, Ortúzar, Cavallo, Ottone, Contardo, Colodro, Soto, Peña, etc. Son las voces de la conciencia, la reserva moral, Pepe Grillos. Mientras vemos a la clase política haciendo su número, corriendo por los pasillos del Parlamento con alas rosadas, dando brincos como el Nosferatu de Herzog, buscando la mejor forma de congraciarse con sus electores, eludiendo el sano juicio y toda perspectiva de mediano y largo plazo.

No supimos interpretar el clamor de la gente, dicen los más sobrios, tanto es así que ha llegado el momento de poner oreja. ¿Qué dice el público? ¿Acaso escuchar es lo único que la política puede hacer por nosotros? ¿Y quién ordena el naipe? ¿Quién ayuda a comprender la realidad y quién la construye y conduce? Remata últimamente el tema con 5 candidatos a la Presidencia de la República de la oposición, que acusan al Gobierno por la magnitud de la epidemia y lo responsabilizan de las muertes, luciendo sus mejores y sonrientes rostros para la ciudadanía-objetivo de tan oportuno “acto de justicia”. Se debate por estos días cuánto dinero más agregar a la cacerola. Ojo, que pronto ya no habrá de dónde sacar una chaucha, salvo que nos endeudemos mucho más allá de lo prudente, ¡o que recaudemos! Los políticos podrían quedarse, en definitiva, sin liquidez. Ya están al borde de la quiebra.

Ad portas de una serie de comicios que culminarán con la elección del nuevo Presidente de la República, hay muchos que pretenden ese puesto. Salvo Lavín, que se ha especializado en el tema, Jadue que se adelanta y suma sus votos duros y “la Abuela” que pareciera interpretar nuestro interés en la farándula, que no es poco –somos una “secuela cultural” de Don Francisco–, el resto dista de producir entusiasmo alguno en el electorado. Sus cifras en las encuestas son magras.

Por lo pronto, se despliega un gran “cachipún”, como hacía 007 en Solo se vive dos veces, insinuándose fobias, cálculos y también posibles pactos de diversa índole que se construyen en la escena conceptual e ideológica más profunda de la clase política, a la que se recurre inevitablemente en los intentos por reconstruir la identidad que los partidos han perdido en sus desbordes de clientelismo y en su baja densidad política para la construcción del bien común. Como se sabe, los zombis han emigrado y los partidos se han quedado con una militancia reducida a su mínima expresión, que pesa menos que un paquete de cabritas. Pronto solo quedarán los accionistas principales, que se las arreglarán para llegar al Parlamento con nuestros votos, los de quienes todavía ejercemos ese ritual. Allí se sienten más seguros, es su hábitat.

El problema es a lo que hemos llegado, qué es lo que nos queda y cuánto más tendremos que perder. La clase política, en su afán por hacerse del poder o conservarlo a cualquier precio, ha incurrido en un “notable abandono de deberes”, aquellos deberes que entendemos han de formar parte de su tarea principal: la construcción de posibilidades y certezas para Chile. Muy lamentable. Estamos fritos. Si siguen así las cosas, prefiero quedarme confinado, pero muy preocupado por los que vendrán detrás de mí.

 

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