martes, 28 de septiembre de 2021 Actualizado a las 16:05

OPINIÓN

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Los desplazamientos del poder

Los desplazamientos del poder

Crédito: Aton

Treinta y un años después del cambio de mando de Pinochet a Aylwin, iniciamos un nuevo ciclo político, un nuevo desplazamiento de los centros de poder. Se trata de una transición muy distinta, y la instalación de la Convención Constitucional refleja nítidamente aquello. No se trataba de un pueblo unido que llegaba al Congreso, sino más bien de una diversidad de opciones sociales y políticas, una Convención plurinacional que va definiendo sus formas a partir de una serie de microactos que apelan a un Chile distinto, lejos del Gobierno y de las prácticas tradicionales de la política. Este desplazamiento se dará en varias veredas y, por lo tanto, habrá que estar atentos a las señales.
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El 11 de marzo de 1990 se produjo uno de los momentos más esperados de la transición democrática. Ese día, en Valparaíso, el hasta entonces dictador entregaba el mando al recién electo Presidente de la República, Patricio Aylwin. Cada detalle de la ceremonia fue cuidadosamente planificado. Importaban demasiado los símbolos. Se estableció incluso un comité que negociaría cada hito de esa importante ceremonia. Llegada la ocasión, el presidente del Senado, Gabriel Valdés, sería el encargado de leer un texto de juramento de respeto a la Constitución del nuevo Presidente. Valdés le entregaría una banda presidencial a Aylwin, quien luego de colocársela abrazaría efusivamente a Valdés. Frente a ellos, Pinochet se sacaría la banda, sin entregársela al nuevo Presidente. Aylwin no aceptaría recibir la banda presidencial de manos de Pinochet. Lo único que hizo este último fue entregarle subrepticiamente la “piocha” de O’Higgins.

Se trataba de un cambio de mando donde Pinochet impuso muchas de las condiciones bajo las cuales se definiría esa transición. Pero incluso en esta asimétrica relación, la oposición iba demarcando con ciertos símbolos el tenor de lo que sería un acto de transferencia de poder de una transición limitada.

Treinta y un años después iniciamos un nuevo ciclo político, un nuevo desplazamiento de los centros de poder. Se trata de una transición muy distinta y la instalación de la Convención refleja nítidamente aquello. El día domingo, los y las representantes del pueblo confluyeron desde lugares muy distintos de la ciudad hacia el edificio del Congreso en Santiago. Mientras algunos apelaban a la figura de Allende, otros partían desde la Plaza Dignidad, desde el cerro Huelén los Mapuche, desde la Plaza Yungay y, algunos solitarios constituyentes, lo hacían desde el monumento a Pedro Aguirre Cerda. No se trataba de un pueblo unido que llegaba al Congreso, sino más bien de una diversidad de opciones sociales y políticas que confluían a un mismo edificio, con mucha desconfianza entre algunas personas, rabia en otras, e incertidumbre y temor de que todo pudiese fracasar.

La represión policial y la ausencia del Gobierno marcaban otro signo de los tiempos. No se sabía muy bien quién estaba dando las órdenes, pero al parecer se mantendrían las mismas rutinas y prácticas policiales y de la protesta que venimos observando por décadas. Se hacía presente también el Estado en la figura de Carmen Gloria Valladares, quien fue demarcando un ritmo sobrio, respetuoso, republicano.

La falta de pulcritud y los errores manifiestos del Gobierno para garantizar el correcto funcionamiento de la Convención también demarcan el signo de este momento. La Convención Constitucional apela a otras instituciones del Estado (la Universidad de Chile, el Senado) y otras organizaciones de la sociedad civil (el Colegio Médico) para que las cosas puedan funcionar. Una instancia plurinacional que va definiendo sus formas a partir de una serie de microactos que apelan a un Chile distinto, lejos del Gobierno y de las prácticas tradicionales de la política.

Los símbolos y quienes los representan marcan los valores que dan curso a un nuevo relato republicano, donde el ámbito político se expande. La imagen de una funcionaria pública de carrera abandonando sola la sede del Congreso de noche, después de haber llevado a buen término una difícil jornada, se contrapone a la del secretario ejecutivo de la Convención, de confianza política, huyendo de las cámaras de televisión en el segundo día instalación de este órgano constituyente. El rector de la Universidad de Chile acogiendo a los representantes de la Convención para ofrecer una alternativa de funcionamiento. Una contraposición entre el relato que ha levantado una parte de la derecha sobre la ineficiencia del sector público ante el mercado y el que reivindica la función pública y el rol del Estado en la promoción de estrategias de cambio.

Este desplazamiento se dará en varias veredas y, por lo tanto, habrá que estar atentos a las señales.

La primera es la política. Por lo pronto, las que emanen de un sistema presidencialista en que el Ejecutivo enfrenta el mayor desgaste desde 1990, y el Legislativo, altos niveles de desconfianza ciudadana comparados con la que se deposita en la Convención Constitucional (52 y 20 por ciento, respectivamente, según reciente encuesta Cadem).

La demanda de una parte de los constituyentes de aprobar la ley que indulta a los detenidos en las movilizaciones desde octubre del 2019 y el cuestionamiento a la norma de los 2/3 para la aprobación de los artículos de la nueva Constitución, son las primeras señales a observar en un año marcado por el mayor ciclo electoral de nuestra historia. ¿Cuánto se impone la iniciativa política de la Convención? ¿Cómo se proyecta ello más allá de su duración en la configuración de los nuevos centros políticos de poder?

Así, aunque la Convención tiene un propósito jurídico acotado –escribir un borrador de texto Constitucional–, la crisis de representación actual la convierte en un actor político de primer orden. Aunque sus declaraciones no sean vinculantes, sus pronunciamientos no podrán ser esquivados o desoídos por otros poderes del Estado. Y está que la Convención Constitucional llena un vacío de poder que ha estado presente desde hace ya un par de años en la política chilena.

La segunda vereda es la simbólica, lo que permite recuperar una dimensión que es fundamental para la reconexión de la política con la ciudadanía. Las primeras señales las vimos por las pantallas en los juramentos de los nuevos alcaldes y alcaldesas: la alcaldesa de Valdivia saludó en mapudungun y utilizó lenguaje de señas; su par en Quilpué usó vestimenta propia de su etnia; y en el frontis de la Municipalidad de Santiago cuelgan banderas de la diversidad y la chilena. Aunque lo más significativo y demarcador fue la elección de Elisa Loncon como presidenta de la Convención. Después de un tenso día de instalación, Loncon pronunció un discurso conmovedor y en que recorrió cada rincón del territorio. Junto a ella estaba la autoridad espiritual, la machi Francisca Linconao. En la vereda de enfrente, algunos convencionales se vistieron de huaso o portaron banderas chilenas para expresar su defensa de un mundo que concebían como el único posible, y que ahora es uno más en un Chile multicolor.

Los símbolos y quienes los representan marcan los valores que dan curso a un nuevo relato republicano, donde el ámbito político se expande. La imagen de una funcionaria pública de carrera abandonando sola la sede del Congreso de noche, después de haber llevado a buen término una difícil jornada, se contrapone a la del secretario ejecutivo de la Convención, de confianza política, huyendo de las cámaras de televisión en el segundo día instalación de este órgano constituyente. El rector de la Universidad de Chile acogiendo a los representantes de la Convención para ofrecer una alternativa de funcionamiento. Una contraposición entre el relato que ha levantado una parte de la derecha sobre la ineficiencia del sector público ante el mercado y el que reivindica la función pública y el rol del Estado en la promoción de estrategias de cambio.

En los próximos meses las tensiones políticas y simbólicas por estos desplazamientos de poder serán constantes y alimentarán la polémica. Lo importante es no perder de vista si son efectivamente señales de un cambio significativo en las relaciones de poder político social o solo disputas menores que finalmente favorecen el statu quo. El mismo que desde las calles o las urnas se ha puesto en duda una y otra vez.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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