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La Lista del Pueblo: pecados de juventud

por 16 agosto, 2021

La Lista del Pueblo: pecados de juventud
La Lista del Pueblo está experimentando, aceleradamente, una crisis propia del crecimiento, pero también un shock de realidad. Ha perdido cuatro constituyentes, entre renunciados y “congelados” –le quedan ahora 23–, incluyendo a Francisco Caamaño, quien obtuvo la votación más alta de la Lista, y la “tía Pikachu”. Acusaciones cruzadas de matonaje y “operaciones políticas”, expulsados, y una muy poco fina disputa por la marca. Por lo que han declarado sus propios dirigentes, especialmente su fundador, Rafael Montecinos, la LdP se habría dividido en dos bloques, aunque lo que nadie confiesa es que la ruptura tiene una explicación simple: la lucha por el poder. Igual que cualquier partido político.
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Fueron la novedad, la nota refrescante de la elección de convencionales constituyentes hace exactamente tres meses. Sorteando las trampas ideadas por los partidos tradicionales, y de manera sorpresiva, la Lista del Pueblo (LdP) logró algo que parecía imposible: elegir 27 representantes –un 17% del total de la Convención–, pese a que en el mejor de los escenarios se proyectaba que, entre los independientes, Independientes No Neutrales (INN) y la propia LdP, no llegaron a 6 en total. 

Distantes de las prácticas de los partidos, elegidos desde las bases territoriales y representantes de grupos de intereses diversos –ambientales, sociales, sexuales, culturales, etc.–, la Lista del Pueblo se convirtió en la vedette de la política chilena post-18/O. No olvidemos que este grupo nació en el corazón de la movilización social. Ni más ni menos que en la Plaza Italia o de la Dignidad y a los pies del –hoy vacío– monumento a Baquedano. Simbólico. Prometedor. 

En apenas 90 días, la LdP terminó atrapada en su propio relato inicial. Críticos de los partidos, sus prácticas, estilos y formas de hacer política, este nuevo referente debió soportar el peso que implica entrar a las ligas mayores. Primero, negociando en los pasillos de la Convención los cargos, asignaciones y comisiones. Luego, comenzó la discusión de un paso que se consideró natural: convertirse en partido. Es decir, el camino seguido por todos los movimientos que ingresaron a la política con la idealización de cambiar todo y que al poco andar se dieron cuenta de que sin una estructura, sin financiamiento –que los partidos tienen–, es difícil sobrevivir. Ahí se inició la pugna interna que terminó con el papelón mayor de la proclamación y luego la bajada de Cristián Cuevas. 

La Lista del Pueblo está experimentando, aceleradamente, una crisis propia del crecimiento, pero también un shock de realidad. Ha perdido cuatro constituyentes entre renunciados y “congelados”–le quedan ahora 23–, incluyendo a Francisco Caamaño, quien obtuvo la votación más alta de la lista, y la “tía Pikachu”. Acusaciones cruzadas de matonaje y “operaciones políticas”, expulsados, y una muy poco fina disputa por la marca. Por lo que han declarado sus propios dirigentes, especialmente su fundador, Rafael Montecinos, la LdP se habría dividido en dos bloques, aunque lo que nadie confiesa es que la ruptura tiene una explicación simple: la lucha por el poder. Igual que cualquier partido político.

Un pecado de juventud casi calcado al del inicio del Frente Amplio (FA). Una mirada despectiva del resto, algo de superioridad moral, pero, sobre todo, inocencia. Recordemos que el referente que da soporte a Gabriel Boric partió con un sorprendente 20% obtenido por Bea Sánchez en la presidencial, 20 diputados y un senador, para luego derivar en varios quiebres, renuncias y disputas de liderazgo que incluso en un momento hicieron peligrar la continuidad del conglomerado. Hoy las cosas se han estabilizado, pero el costo fue alto. En el caso de la Lista del Pueblo, cometió un error político y comunicacional tremendo. Un autogol que los deja sin mucho espacio y tiempo para alcanzar a levantar y posicionar a un o una presidenciable. Pero lo peor de todo, que los hizo caer en su propia trampa. 

Por supuesto que aún la LdP tiene la oportunidad de hacer una reflexión profunda y ordenar la casa. Es un movimiento joven, heterogéneo, pero que tiene la ventaja de haber surgido junto a uno de los grandes puntos de inflexión de la historia política de Chile. La duda es no solo si alcanzan a legitimar una elección dejando fuera a Cristián Cuevas, para luego posicionar en menos de tres meses a alguno de estos tres nombres muy poco conocidos, como Soledad Mella, Diego Ancalao o Ingrid Conejeros.

Tal vez, les convendría abandonar la presidencial y concentrarse en las parlamentarias. Sería el costo menor, de un aprendizaje a punta de costalazos por un error tan profundo como el que cometieron, porque la subida y bajada de Cuevas dejó en evidencia una división grande y, lo peor, una sensación amarga, no solo entre ellos, sino también en los que confiaron en ellos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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