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Salman Rushdie: el auge de los fascismos y el péndulo de la historia

por 17 agosto, 2022

Salman Rushdie: el auge de los fascismos y el péndulo de la historia
Lo que ocurrió marca otro hito más en un proceso irrefrenable que debemos experimentar como humanidad, proceso que se ha ratificado sin excepción por siglos, y que se suma a una lista de signos que como augures debemos interpretar. Así, el péndulo de la historia confirma su movimiento oscilante, trasladando a nuestras sociedades de un polo a otro, tras varias décadas de corte liberal y/o progresista, a un momento reaccionariamente conservador. Y hemos de tomar nota de que este conservadurismo es peligrosamente heterogéneo, amorfo, difuso, y que se sirve de su naturaleza camaleónica y fugaz para eludir una efectiva captura. Esta proximidad hacia un polo que podríamos llamar de los fascismos (como un ejercicio particular y apartidista del poder), ahora bien, no ha sido súbito. Llevamos varios años siendo testigos de signos que apuntan, por lo demás, en una dirección unívoca.
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“El Profeta despierta entre sábanas de seda, con un dolor como si le estallara la cabeza, en una habitación que nunca ha visto. Fuera de la ventana, el sol está cerca de su furibundo cenit y, perfilándose sobre la blancura, hay una figura alta, con una capa negra, con capucha, que canta suavemente con voz fuerte y grave… Él grita: ‘¿Fui atacado?’… ‘¿Fui golpeado?’”.

Esta premonitoria escena da comienzo a uno de los capítulos de Los versos satánicos de Salman Rushdie, libro que le valió al escritor de 75 años –tras varios intentos fallidos de asesinato– un salvaje ataque el pasado 12 de agosto en Nueva York, sobre el escenario de la Chautauqua Institution, cuando se aprontaba a leer una conferencia sobre su exilio forzoso a raíz de las múltiples amenazas recibidas durante años.

Lo que ocurrió marca otro hito más en un proceso irrefrenable que debemos experimentar como humanidad, proceso que se ha ratificado sin excepción por siglos, y que se suma a una lista de signos que como augures debemos interpretar. Así, el péndulo de la historia confirma su movimiento oscilante, trasladando a nuestras sociedades de un polo a otro, tras varias décadas de corte liberal y/o progresista, a un momento reaccionariamente conservador. Y hemos de tomar nota de que este conservadurismo es peligrosamente heterogéneo, amorfo, difuso, y que se sirve de su naturaleza camaleónica y fugaz para eludir una efectiva captura. Esta proximidad hacia un polo que podríamos llamar de los fascismos (como un ejercicio particular y apartidista del poder), ahora bien, no ha sido súbito. Llevamos varios años siendo testigos de signos que apuntan, por lo demás, en una dirección unívoca.

Cuando Los versos satánicos se publicó en 1988 en el Reino Unido, y al año siguiente en los Estados Unidos, el texto fue prohibido en numerosas comunidades islámicas. El golpe de gracia sobrevino el 14 de febrero de 1989, cuando el ayatolá Jomeiní, uno de los líderes religiosos más radicales que ha visto la historia reciente, decretó una fatwā contra Rushdie, ordenando su asesinato. Este decreto llevó a que una millonaria organización musulmana pusiera precio a su cabeza: en 2012, actualizaron la suma a 3.3 millones de dólares. Como sea, la cuestión alcanzó ribetes políticos de tal seriedad que incluso, en marzo de 1989, el Reino Unido e Irán rompieron relaciones diplomáticas a raíz de la polémica desatada por la novela del autor de origen indio.

El asunto es que lo sucedido es plenamente coherente con el auge de tendencias extremistas en todo el planeta y que se ha acrecentado en las últimas décadas: las elecciones de Putin, Erdoğan, Duda, Trump, Bolsonaro, Johnson, o la popularidad del Partido de la Gente y del Partido Republicano en Chile, evidencian que los fundamentalismos han regresado para quedarse. Se trata, de nuevo, de un fenómeno inevitable. El horror se reinstala cuando recordamos que la glorificación de estas ideas viene acompañada de calamidades con una insospechada capacidad de destrucción, tanto simbólica como tangible. El atentado contra el controvertido novelista es un ejemplo de ello.

La tarea restante es acaso una sola: aprender a leer los signos para prepararnos frente a los hechos por venir, una labor nada fácil. De hecho, emprender una semiótica sistemática de la realidad nos permitiría no solo comprender con mayor cabalidad lo que está ocurriendo en el presente. Su alcance es tal, que haría posible adelantarnos a este y predecir el futuro, del mismo modo que un médico que lee correctamente los síntomas de un paciente puede pronosticar el porvenir del mismo. Discernir el comportamiento de los signos –el liderazgo sincrónico de mandatarios populistas y ultraconservadores que han puesto en jaque a sus países y a la estabilidad política mundial, o la agresión a Rushdie– nos posiciona de cara a un solo horizonte visible: el polo de los fascismos.

Tras el acuchillamiento perpetrado por el libanés Hadi Matar, quien perforó el rostro, cuello y torso del escritor, el periódico oficialista iraní Kayhan imprimió en sus páginas: “Hay que besar la mano del hombre que arrancó el cuello al enemigo de Dios. Mil bravos al valiente y diligente que atacó al apóstata y malvado Salman Rushdie en Nueva York”. Este es un signo que nos resulta fácil identificar y rechazar, con la distancia geográfica y cultural que hacen factible su condena. Sin embargo, ¿qué ocurre con los signos más inmediatos? ¿Por qué no hay una reprobación unánime frente a declaraciones que hacen peligrar a nuestra democracia? Pensemos en Pedro Pool, el empresario osornino al que se le aseguró una plataforma para disparar amenazas e insultos a diestra y siniestra a exconstituyentes y a miembros de pueblos originarios. ¿No son también estos arranques impulsivos de odio otro tipo de atentado –otra manifestación de un imperdonable fundamentalismo– y un claro signo del auge de los fascismos? Y si ya no nos escandaliza, ¿será porque, mientras algunos lo celebran, otros nos hemos resignado a enfrentar este alarmante lado del péndulo de la historia?         



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