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La “Vía” radical

por 26 septiembre, 2022

La “Vía” radical
Por cierto, cada una de estas experiencias significa un derrotero identitario específico. La revolución de Irán de 1979, que después de derrocar al Shah persa instaló constitucionalmente una República Islámica con gobierno civil electo bajo la tutela de una hierocracia, que enfrentó a Irak en la efectiva Primera Guerra del Golfo entre 1980 y 1988 (las otras, con participación de Estados Unidos, son la Segunda y la Tercera) y que se ha sobrepuesto a la hostilidad de Occidente en distintos episodios; o el renacimiento ruso posterior a la desintegración de la Unión Soviética de Gorbachov (1991) y del gobierno de Boris Yeltsin (1991-1999), y que de la mano del exagente de la KGB impuso el plan de Moscú en la segunda guerra Chechena (1999-2009), así como en el conflicto con Georgia (2008) y Ucrania por Crimea (2014). De alguna manera se puede esgrimir que Putin rescató al orgullo nacional ruso, reubicando a su Estado como potencia más allá de su región, al punto de liderar una de las coaliciones interestatales que enfrentaron a ISIS en Siria. La historia del partido de Meloni apunta a un nacionalismo conservador que, sin ser fascista, manifiesta visos nostálgicos respecto al sentimiento etnonacional y a una grandeza pretérita. Se podría decir, siguiendo a los sociólogos franceses Michael Löwy y Robert Sayre, que en cada uno de estos casos hay algo de una “rebelión y melancolía” por el ayer idílico e idealizado frente a la globalización de signo occidental.
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La semana pasada fue particularmente volátil –crítica, si se prefiere– para la política internacional. Comenzó con el funeral de Mahsa Amini, mujer de 22 años de origen kurdo iraní, quien fue detenida por la policía en Teherán por vestir inadecuadamente su hiyab, y murió en una comisaría en circunstancias no esclarecidas y sobre las cuales hay distintas versiones, pero que en cualquier caso apuntan a algún grado de responsabilidad de sus captores.

A mediados de semana, las declaraciones del presidente ruso, Vladímir Putin, hicieron escalar el conflicto armado ruso-ucraniano con la llamada a 300 mil reservistas para que se unieran al contingente que ha participado del teatro de operaciones especiales desde febrero último. La aseveración del presidente ruso respecto a que su país dispondría de armas nucleares más modernas que las de la OTAN, sonó a una nueva advertencia de un Moscú que no descarta la última ratio bélica en caso de verse superado por su enemigo. Un obstinado realismo vuelve a imponerse en la premisa de que una potencia nuclear puede no ganar una guerra, pero perderla tampoco.

Finalmente, la semana culminó con un performativo cierre de campaña en la romana Plaza del Pueblo, con la vieja derecha populista de los noventa del siglo pasado –léase Berlusconi– ungiendo a sus dos herederos: la Liga de Matteo Salvini y los Hermanos de Italia, cuya lideresa Giorgia Meloni podría ser la próxima presidenta del Consejo de Ministros, de triunfar su formación en las urnas, uniéndose a los gobiernos europeos encabezados por la derecha radical (Hungría y Polonia) o con su participación crucial (Eslovenia y Suecia).

Tres eventos aparentemente disímiles, pero conectados por la defensa de una identidad radical, ya sea esta la del panislamismo en versión del Velayat-e Faqih o tutela del Jurista shií encarnado en el Ayatola y líder supremo; o la vertical del poder ruso que hace del jefe del Kremlin una especie de zar para estos tiempos, cuyas decisiones son incuestionables y aspiran a reencarnar el espíritu original ruso que naciera con la Rus de Kiev del varego Rúrik en el siglo IX y se consolidara con San Volodymyr el Grande una centuria más tarde. Finalmente, la Meloni forma parte de una agrupación con militantes de la posfascista Alianza Nacional de Gianfranco Fini, la misma que aggiornó la tradición del neofascista Movimiento Social Italiano surgido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. El acto de cierre de campaña en Italia estuvo lleno de guiños a la fantasía tolkieniana –con frases extraídas de Las dos torres– o atavíos inspirados en el estilo de Gabriele D'Annunzio durante la época del corporativista Estado Libre de Fiume en 1919.

Los tres casos constituyen proyectos, programas o “vías” radicales, si se quiere, en el sentido etimológico del latinazgo radicalis, que significa "relativo a la raíz". Son ejercicios modernos aunque con una innegable dosis de nostalgia por un pretérito dorado, muy distinto a las políticas también de identidades particularistas de las nuevas izquierdas –es decir, lejos de pretender representar a las minorías “desheredadas de la Tierra”, como diría Fanón (1961)–, aspirando más a representar a comunidades nacionales o religiosas más amplias, amenazadas en su lectura por grupos que desde el exterior conspiran utilizando “caballos de Troya”: la intervención desestabilizadora de Occidente por medio del aliento a las protestas en contra del uso del velo islámico en Irán; la participación de la OTAN en el armamentismo tecnológico ucraniano (que ciertamente ha facilitado la eficacia de la resistencia ucraniana contra tanques y aviones rusos) y, por supuesto, la “Eurocracia” de Bruselas que impone políticas impopulares –como las migratorias– a Roma.

Por cierto, cada una de estas experiencias significa un derrotero identitario específico. La revolución de Irán de 1979, que después de derrocar al Shah persa instaló constitucionalmente una República Islámica con gobierno civil electo bajo la tutela de una hierocracia, que enfrentó a Irak en la efectiva Primera Guerra del Golfo entre 1980 y 1988 (las otras, con participación de Estados Unidos, son la Segunda y la Tercera) y que se ha sobrepuesto a la hostilidad de Occidente en distintos episodios; o el renacimiento ruso posterior a la desintegración de la Unión Soviética de Gorbachov (1991) y del gobierno de Boris Yeltsin (1991-1999), y que de la mano del exagente de la KGB impuso el plan de Moscú en la segunda guerra Chechena (1999-2009), así como en el conflicto con Georgia (2008) y Ucrania por Crimea (2014). De alguna manera se puede esgrimir que Putin rescató al orgullo nacional ruso, reubicando a su Estado como potencia más allá de su región, al punto de liderar una de las coaliciones interestatales que enfrentaron a ISIS en Siria. La historia del partido de Meloni apunta a un nacionalismo conservador que, sin ser fascista, manifiesta visos nostálgicos respecto al sentimiento etnonacional y a una grandeza pretérita. Se podría decir, siguiendo a los sociólogos franceses Michael Löwy y Robert Sayre, que en cada una de estos casos hay algo de una “rebelión y melancolía” por el ayer idílico e idealizado frente a la globalización de signo occidental.

En el caso de Meloni, la tiene a un paso de constituirse en otros de los referentes de la nueva derecha radical, aquella claramente diferenciada de los tradicionales conservadores (Hartleb, 2011), y que hoy es tema de interés y cierta preocupación en Europa, dado su crecimiento electoral. Desde luego que existe un debate por la nominación del fenómeno que va desde el nacional-populismo (Taguieff, 2001; Eatwell y Goodwin, 2019), pasando por derecha radical populista (Mudde, 2007), sin descontar la etiqueta posfascita (Traverso, 2018) o la más reciente de derecha neopatriota (Sanahuja y López Burian, 2020). Sin embargo, más allá de su nombre, parece ser que esta forma política llegó para quedarse y la respuesta a aquello no debe buscarse solo en la novedad –bastante discutible– de estas derechas sino también entre las izquierdas que, a punta de sus clásicas guerrillas tribales –la izquierda caníbal, como suele decir una colega–, se ha desafectado de segmentos electorales que, por ejemplo, solían votar por el Partido Demócrata en Estados Unidos, o los comunistas y socialistas en Francia, para votar por Trump en 2016 y Le Pen (piénsese en el “cinturón de óxido” o “Saint-Denis”).

Definitivamente, hay que volver a mirar la cuestión de la identidad, o más bien la política de identidades que desde las nuevas izquierdas pretendió superar el consenso de los noventas del siglo XX, y la derrota política de la izquierda clásica, dejando de lado la lucha de clases, así como la representación de sectores obreros o trabajadores, para abrazar a grupos tradicionalmente marginados, excluidos o invisibilizados en sus dimensiones étnicas, de género o sexogenéricas, etcétera.

Dicha articulación cultural no siempre es fácil, por lo que en más de una ocasión los grupos con ingresos más deprimidos o sectores popular-intermediarios (nuevas y viejas clases medias), todos constitutivos del precariado, pueden terminar votando por la derecha, atendiendo a que el programa cultural de las nuevas izquierdas no siempre los suele interpelar, a diferencia del discurso de ciertas nuevas derechas –como la de Le Pen y Meloni–, que han esgrimido un sentido social chauvinista para defender un Estado de bienestar “solo para los nativos”. Es lo que intuye Giorgia Meloni cuando vocifera un repentino “¡ha terminado la hegemonía cultural de la izquierda!”. Y aunque el aire gramsciano sopla en esta disputa, es determinante que para el futuro de la izquierda, ya sea aquella de raigambre liberal, la socialdemócrata u otras de impronta colectivista, retomen su legado original: la universalidad, y desde aquel punto de ignición irrigar también a quienes sufran exclusión cultural o de otro tipo.

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