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De “Pelea del Siglo” a “Fiasco del Siglo”

por 3 mayo, 2015

De “Pelea del Siglo” a “Fiasco del Siglo”
Floyd Mayweather sumó otro cinturón de campeón y alargó su invicto a 48 combates, derrotando en fallo unánime al filipino Manny Pacquiao. Pero el peleón vibrante que todo el mundo esperaba su frustró por la exasperante tacañería del estadounidense que, como viene ocurriendo en forma reiterada, se impuso aplicando la ley del mínimo esfuerzo.
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Supo que había ganado en cuanto sonó la última campanada en el MGM Arena, de Las Vegas. Floyd Mayweather había hecho su negocio de manera impecable para sacarse de encima la amenaza que significaba enfrentar a Manny Pacquiao, conservar sus cinturones de campeón del mundo de peso welter (66.678 kilos o 147 libras) del Consejo y la Asociación, arrebatarle al filipino el de la Organización Mundial de Boxeo y alargar su invicto a 48 peleas. Pero lo de impecable, esta vez, no es para nada sinónimo de brillante. Sólo significa que, como viene ocurriendo invariablemente con los últimos combates de “Pretty Boy”, cumplió con la tarea de ganar a través de las tarjetas de los jurados apelando a la ley del mínimo esfuerzo.

Dicho claramente, y tal como lo habíamos adelantado en la previa como una posibilidad cierta, la denominada “Pelea del Siglo” se transformó en el “Fiasco del Siglo”, y no por culpa del filipino, que de los dos fue el único que demostró querer pelear.

Mayweather –a estas alturas parece estar claro- no pasará a la historia como un gran campeón. No porque no tenga talento y méritos de sobra para disputarle palmo a palmo a los grandes del pugilismo de todos los tiempos ese lugar en el Olimpo reservado sólo para unos pocos. Sólo que con su actitud amarrete, exasperantemente tacaña, deja en claro que lo suyo no está enfocado en la búsqueda de la inmortalidad ni la grandeza, sino en sacar cuentas sobre la próxima bolsa millonaria que viene, que la de esta pelea ya está contabilizada en su bien robusta cuenta corriente.

Es que de eso se trata el boxeo: pegar y que no te peguen, dirán los puristas, Un aserto que cualquiera que guste del boxeo no puede sino compartir. Sin embargo, cuando un campeón del mundo como Floyd, uno de los tipos mejor dotados para el pugilismo de cuantos hayan existido, se conforma con pegar un par de golpes para luego agarrar la bicicleta, y amarrar y bloquear reiterada y groseramente, rehuyendo por completo esa pelea vibrante que están esperando miles en directo y millones a través de la televisión, ya no puede considerarse un boxeador cabal. Más bien es un gran timador, que prometió un espectáculo que ofreció generosamente con la boca en los días previos y que sin embargo sus puños negaron con una pertinacia capaz de irritar y sacar de quicio al espectador más paciente.

Mayweather había dicho en la víspera que era el mejor de todos. Demuéstralo de una buena vez, Floyd. Porque peleando como lo vienes haciendo desde el 2011 hasta ahora no podrías ni siquiera lustrarles las botas de combate a un Robinson, a un Leonard a o un Durán, por nombrar a sólo tres realmente grandes y que combatieron en tu categoría.

Nadie le pide a Mayweather que se plante en el medio del ring y se exponga a un brutal intercambio de golpes. Exigirle algo así sería ir en contra de su naturaleza y cometer el absurdo de pedirle que renuncie a aquellas que constituyen sus mejores armas. A saber: la velocidad de manos y de desplazamientos, la vista privilegiada para “botar” golpes y de contragolpear con una rapidez capaz de desconcertar al rival más decidido y más guapo. Pero sí hay que exigirle lo mínimo que se le puede exigir a un boxeador: que pelee.

Porque Mayweather se mantiene a distancia, con los cinco sentido puestos en los envíos del rival. Desde esa actitud agazapada y conservadora, que no es por cierto ningún pecado, él ve el claro, capta el error de su oponente y con su velocidad notable mete un par de golpes que llegan a destino. El problema es que ni siquiera en esas circunstancias, enteramente favorables, se decide a prolongar ese fugaz momento para sentar una superioridad apabullante, que no deje lugar a dudas. En lugar de meter otras manos, que sin duda llegarían por el desconcierto inevitable en que cae su adversario, él se frena. No sólo se detiene: se va, se aleja de la réplica más que improbable. Resultado: queda debiendo golpes que un campeón de verdad, con hambre de inmortalidad, en ningún caso escatimaría.

Pacquiao, con menos alcance, con menos velocidad a pesar de lo rápido que es, hizo todo lo que pudo. Dicho con toda claridad: se ganó merecidamente su millonario premio. Buscó con enternecedor ahínco los 12 asaltos del combate, y aunque ganó algunos, perdió la mayoría de ellos simplemente porque el mejor dotado de los dos se conformó siempre con lo mínimo.

La pelea sólo se encendió y tuvo algo de vibración las pocas veces que Pacquiao logró cerrarle el ring a un Mayweather que, en vez de salir pegando, como lo haría todo campeón de verdad, prefería alejarse de las sogas como si estuvieran contaminadas con Ebola. Sin ninguna intención de dar espectáculo, el estadounidense simplemente arrancaba a perderse como diciéndole sin palabras a Pacquiao: “lo siento, Manny, pero tu cacería tienes que empezarla de nuevo”.

La pelea, con ese panorama, fue plana, repetitiva y mediocre hasta el hartazgo. Salvo esporádicas acciones, que casi siempre tenían a Pacquiao como protagonista, cada round parecía una copia al carbón del anterior y un adelanto de lo que millones verían en el round siguiente.

Escudado en la tendencia impuesta desde hace algunos años en el boxeo mundial, en el sentido de dar siempre un ganador en cada asalto, aunque no haya habido acciones de mérito, Mayweather sabe que con un par de sus envíos que lleguen a destino irá sumando vueltas. Y si en ese asalto tira más golpes es sólo porque esa calculadora que tiene en el cerebro le advierte que el rival también ha logrado conectarlo en un par de ocasiones y no vaya a ser cosa que los jurados se dejen impresionar.

¿Cuántas “Peleas del Siglo” registra la historia del pugilismo? Desde que el 14 de septiembre de 1923 el combate entre Jack Dempsey y Luis Angel Firpo, en el Polo Ground de Nueva York, hizo debutar ese rótulo grandielocuente, hemos tenido al menos 15 confrontaciones que repitieron la misma publicitaria etiqueta.

Alí-Frazier I y II, Leonard-Durán I, Leonard-Hearns I, Alí-Foreman y Tyson-Holyfield, son sólo algunas de aquellas peleas que, en su momento, pusieron en vilo al mundo, y por su trascendencia no sólo del pugilismo. La diferencia es que todas ellas, con mayor o menor vibración, respondieron plenamente a las expectativas, dejando en el recuerdo el espectáculo imborrable destinado a quedar para siempre en la historia.

Lo de anoche poco tuvo que ver con esos grandes combates, por más que se lo publicitara como un confronte único e irrepetible. De todas las denominadas “Pelea del Siglo”, esta ha sido sin duda la peor de todas. De recordarse, lo será como una de las grandes estafas boxísticas de todos los tiempos.



Ni se les ocurra hablar o forzar una revancha. La gente quedó vacunada y por nada del mundo se tragaría otro sapo. El riesgo cierto que se corre es ver una pelea incluso peor.

Los jurados, por cierto, fueron otro gran fiasco. Burt Clement, Dave Moretti y Glen Feldman votaron generosamente 118-110 , 116-112 y 116-112. La tarjeta de El Mostrador: 115-113.

Deja el olvidable combate a un Pacquiao doblemente frustrado. Primero porque no pudo lograr su objetivo de ganar, y segundo porque tampoco le dieron la oportunidad de pelear.

En cuanto al bueno de Floyd, a esta hora debe estar feliz contando sus millones y viendo los catálogos de las últimas novedades que presentan Ferrari, Mercedes y Rolls Royce. Que millones a través del mundo tuvieran la sensación de que comieron charquicán en lugar de caviar, a él lo tiene sin cuidado.

Ya se verá la fórmula para volver a meterle el dedo en la boca a todos aquellos que le creyeron el cuento de una pelea vibrante. Mientras, él tiene claro que sigue imbatido y que sólo está a un combate de igualarle el record a Rocky Marciano, el único boxeador de la historia que se retiró invicto, sumando 49 triunfos y 43 de ellos por la vía rápida.

A Marciano tampoco podrías lustrarles las botas, Floyd.

Peleando como lo vienes haciendo, podrías mantenerte invicto hasta los 50 años.

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