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El súper Covid: un cuento distópico apocalíptico

por 9 mayo, 2020

El súper Covid: un cuento distópico apocalíptico
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Hoy, con el desayuno diario de noticias tremebundas sobre la economía, la pandemia, las trumpopatías (muchos gringos están majaretas), y las piñerimañalicosas, leí que el Laboratorio Nacional de Los Alamos en USA descubrió que el virus COVID, que apareció en el mundo entre diciembre y enero, mutó rápidamente a una forma más contagiosa que la original, y que esta nueva variedad es la que se desparramó aun más rápidamente, desplazando a su antecesora. Su ADN, obviamente, no es el mismo que antes. Chan. De ahí que se apareció en mi calva cabeza este cuentito distópico apocalíptico que les ofrezco con mucho amor. Distópico, por cierto, significa lo opuesto a utópico, para que se vaya preparando. Este es un cuento dark, no lo lea en la madrugada insomne.

Permitidme, querido lector, una primera incursión colateral acerca de mutaciones darwinianas. No quiero sonar pomposamente científico, pero es que no puedo inventar esta distopía apocalíptica sin dar previamente como ejemplo la guerra de genes entre las gacelas y su principal depredador en la sabana africana, el guepardo. Este es una suerte de tigre o pantera flacuchenta que ha evolucionado para correr más rápido que ningún otro mamífero en el planeta, y además dar giros bruscos en su trayectoria gracias a la larga y flexible cola que usa como timón de navegación.

Posiblemente usted habrá visto alguno de esos programas del National Geographic en que muestran una carrera despiadada: el guepardo trata de alcanzar a la gacela, lográndolo solo una de cuatro veces, para romperle el cuello y devorarla junto a sus colegas de cacería. Por el altísimo consumo de oxígeno, el guepardo (no así la gacela) se cansa a los 400 metros de la persecución y tiene que parar si no logra su meta. De 0 a 95 km/hr en tres segundos, dato real, requiere un motor turbo de alto consumo.

A lo largo de los milenios, se ha producido esta peculiar guerra genética. Las gacelas un poco más lentas, o menos ágiles para saltar lateralmente y así esquivar al guepardo son devoradas, y su progenie no se reproduce. A la inversa, las gacelas más rápidas y capaces de dar mejores giros sobreviven y su descendencia queda asegurada. Por su parte, los guepardos más lentos mueren de hambre y no tienen descendencia, y los más rápidos comen gacela cruda a las finas hierbas, le llevan las mejores sobras a sus felinos hijos, los cuales sobreviven y etc. etc. ¿me sigue?

A lo largo de los siglos, en esta suerte de carrera genético-armamentista, han ido surgiendo gacelas cada vez más rápidas… y guepardos cada vez más rápidos. Los de genes más inadecuados van quedando a la vereda del camino a lo largo de los años. Pero ojo… si los guepardos mutaran a elevadísima velocidad y se convirtieran en súper guepardos… al poco tiempo no quedarían gacelas, y por consecuencia los súper guepardos se extinguirían por hambre también. Un delicado, hermoso y cruel balance de la naturaleza. Co-evolución de guepardos y gacelas, que no tiene propósito alguno ni está dirigida por la mano de Dios, salvo que usted sea evangélico, en cuyo caso mejor rece por el fin de la pandemia en lugar de leer esta aberración delirante y herética.

Ahora, imagine este paralelo: las gacelas somos nosotros, y el guepardo es el coronavirus. Pero esta carrera armamentista no se desarrolla a lo largo de siglos, sino que de meses. Cuando hay 10 millones de infectados, en que cada cuerpo humano contiene a su vez mil millones de virus dando vueltas por su sangre y pulmones, y reproduciéndose masivamente, en el planeta hay diez mil millones de millones de ejemplares del coronavirus reproduciéndose. Las posibilidades de mutación al azar son entonces millones de veces mayores y más rápidas que en unos pocos miles de guepardos y gacelas que van quedando en Africa. De hecho, el COVID mutó ya una vez, significativamente, en menos de un par de meses.

Basta con que uno, sólo uno de esos diez mil millones de millones de virus, en Madagascar o Moscú, sufra una mutación al azar en su ADN, que le permita dar más progenie y desparramarse más rápido, para que a poco andar el nuevo virus rápido se vaya convirtiendo en la variedad dominante.

¿Por qué no habría de darse, en un par de meses más, una nueva mutación que lo haga mucho más contagioso y un poco, pero solo un poco más letal? Si fuera mucho más letal, lo curioso es que se extinguiría más rápidamente, como el Ebola, en que se muere rápidamente el 80% de los infectados… y no queda casi ninguno para viajar en avión o en tren, ni contaminar a los demás yendo al supermercado. Por eso los focos de Ebola quedan siempre muy acotados geográficamente. Menos mal porque produce una muerte tan horripilante como la del coronavirus pero diferente y más rápida.

O sea, para que esta distopía apocalíptica, delirante y siniestra funcione, el puro azar nos podría generar un Super Covid que sea mucho más contagioso, que viaje por aires y aguas, que resista calores y fríos, e incluso que se transmita por perros y gatos, y que sea un poco pero no mucho más mortal ¿Me sigue? ¿Podría ser? ¡Claro que podría ser! Además, pudiera ser que aparezca a su vez en diversas sub-variedades, como los perros, para que cada vacuna que se invente sólo tenga validez por poco tiempo y no en todas las variantes del virus. Ocurre con la influenza que es su primo hermano, por lo demás.

Otra forma siniestra de contagio masivo sería que el nuevo virus sea bastante más mortal, pero que sus síntomas evidentes sólo aparezcan después de seis meses, en lugar de dos semanas, como en el SIDA. Así, los contagiados pero todavía asintomáticos humanos, así como sus gatos y perros, andarían infectando sin saberlo a todos sus congéneres por un buen tiempo. Miedito.

Por el lado de las gacelas, o sea nosotros, la evolución nos brindó la capacidad e inteligencia de defendernos colectivamente inventando vacunas, y además generando algunos humanos que tienen unos anticuerpos tan poderosos, que se zampan fácilmente al primer Super Covid que se les cruza por delante. Esa es la "inmunidad natural", no la "de rebaño". Hay gente que no se muere de Ebola simplemente porque lo resisten a pecho descubierto, tienen anticuerpos super top.

Pero, atención, aquí viene el epicentro de la distopía, pues sólo algunos humanos tendrían esta inmunidad natural: los albinos y los enanos (personas pequeñas), por su peculiar estructura genética. Por supuesto que no tengo nada contra albinos ni enanos, ni menos aun contra enanos albinos, que quede muy claro. Es una mera necesidad de este cuento dark.

Resulta entonces temible imaginar un planeta en que muere la vasta mayoría de los seres humanos, salvo aproximadamente el 0.01% que son mayoritariamente albinos y otro 0.01% que son personas pequeñas en distintos grados. Se salvarían entonces sólo unas 100 a 200 mil personas, de los 8 mil millones que somos hoy. El equivalente a los habitantes de Ñuñoa, pero repartidos por todo el planeta. Grave problema para comunicarse, pues no operarían las redes de energía eléctrica, telefonía ni internet, ya que no habría suficientes sobrevivientes que sepan operarlas. Los adolescentes albinos y enanos estarían desesperados, sin saber qué hacer con sus vidas… no poder mirar el celular ni conseguir likes en Instagram.

Sería el cuasi fin de la humanidad como la conocemos, la mortandad habrá sido indescriptible, de tal modo que los albinos y enanos sobrevivientes tendrán que organizarse de urgencia para lanzar al mar los cadáveres (el suyo y el mío incluido, y también el de Greta Thunberg, la niña profeta del apocalipsis) para evitar que otras pestes asuelen las ciudades.

Las calles y campos quedarán vacías por muchas décadas o centurias, y lentamente los sobrevivientes comenzarán su nueva peregrinación genética por los tiempos de los tiempos. Como ha comenzado ya a ocurrir, el cielo estará mucho más azul, y las calles se llenarán de aves, jirafas, rinocerontes, gacelas y guepardos. Gatos y perros no porque habrán fallecido por culpa del Super Covid.

En cualquier caso, las organizaciones, fábricas y empresas grandes, que requieren de muchas personas para funcionar, desaparecerán y serán substituidas por pequeñas unidades económicas de autoabastecimiento, algo así como los Kibbutz de Israel o los Koljoz de la época soviética. Los albinos y pequeñas personas ambientalistas y animalistas habrán cumplido su sueño más allá de cualquier expectativa, pues habremos retrocedido (o según muchos habremos avanzado) a una época de mucho mayor armonía con la naturaleza. Las autopistas y caminos existentes antes de la pandemia estarán semi-vacías, salvo por algunos carros tirados por caballos, para transporte de personas o materiales. Habrá desesperados esfuerzos por salvar la Wikipedia y otros textos clave en versión impresa. Perder el conocimiento acumulado sería la peor tragedia de la humanidad.

Pero las cosas se ponen aun más complicadas. Los albinos tienen estatura normal, y requieren evitar el sol en la medida de lo posible. Por ello, comenzarán a exigir y desarrollar residencias y ciudades aptas para ellos, parecidas a las actuales pero muy sombreadas. En cambio, las personas pequeñas requerirán otro tipo de residencias y vehículos acordes a sus dimensiones físicas. El futuro de la humanidad quedará entonces definido por la capacidad de ambos grupos de colaborar constructivamente, o bien de convertirse en bandos irreconciliables y exterminarse unos a otros.

Ya hemos visto en la historia la facilidad con que distintos grupos étnicos, raciales o sociales comienzan a alejarse e incluso odiarse. Por ejemplo, en este caso, los matrimonios y relaciones sexuales entre albinos y enanas, o viceversa, podrían ser duramente perseguidos y condenados al ostracismo en el escenario conflictivo ¿verdad? Diseñe usted, querido lector, el fin de este cuento, pues tiene varias salidas posibles, más o menos tristes o felices. Hasta la próxima.

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