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El fin de una era

por 20 junio, 2016

El fin de una era
"Para la gente la respuesta racional de que si los números macroeconómicos son buenos, todo está bien, ya no es suficiente. Al contrario, puede ser un signo del 'chancho mal pelado', de un sistema discriminador que se autoperpetúa."
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La gente está cansada. Y enrabiada. Esperaban un cambio distinto. Un nuevo momento. Cuando la Presidenta fue elegida surgieron grandes expectativas. Aquellos cuya voz habían quedado en el silencio sintieron que podía ser expresada. Aquellos cuyos derechos habían sido postergados por un sistema capitalista podían aspirar a oportunidades de las cuales se les había privado. El sentir de muchos individuos y su derecho a expresarse encontraba un lugar.

Una tendencia que el actual gobierno interpretó muy bien en su inicio. Una tendencia mundial: el derecho a ser uno mismo, a expresarse, a ocupar un espacio en la sociedad y en su propia vida. El término del modelo histórico anterior, basado en la razón y en la cual la eficiencia y la buena administración eran suficientes para provocar un sentimiento de progreso. El mundo cambió y hace un rato. La gente aspira a ser feliz, a ver sus causas validadas y representadas.

En un mundo interconectado por las redes sociales, donde la presión social aumenta, los gobiernos y políticos son completamente permeables a lo que la gran masa desea y aspira. El sentir de las personas ha ganado espacios de legitimidad por sobre la eficiencia. La participación por sobre la respuesta técnica. Solo el hecho de construir en conjunto las bases de una nueva Constitución es valorado tanto o más que el resultado en sí. Es un hecho. Más allá de la valoración de si tiene lados buenos o malos, está ocurriendo.

Usando la óptica del modelo de la Dinámica Espiral (creado por Cowan y Beck, 1996), estamos enfrentando una época verde. Aquella donde el individuo y su realización están por sobre todo. No solo en Chile, sino también globalmente. Pero en nuestro país esta aspiración, cuyo motor ha sido la aspiración de mejores condiciones, se ha ido desvirtuando en el mundo público sobre la base de una mala y atropellada implementación. Las cosas no están pasando como se esperaban.

Las expectativas no se cumplen. Solo buscar el bienestar de las personas no es sinónimo de hacerlo bien. Adicionalmente, la sociedad enfrenta las consecuencias del paradigma del individuo llevado al extremo. “Si me ayuda o me sirve, está bien”. Y entonces se producen irregularidades tales como el financiamiento a los políticos y la contradicción profunda de que la empresa del yerno de Pinochet haya financiado a políticos como Carolina Tohá o MEO. Si los valores se vuelven tan transaccionales, nadie creerá en nada.

La impaciencia aumenta, la ansiedad crece. ¿Cuánto más hay que esperar para que las cosas mejoren? La respuesta no está en volver a la lógica racionalista anterior. Para la gente la respuesta racional de que si los números macroeconómicos son buenos, todo está bien, ya no es suficiente. Al contrario, puede ser un signo del “chancho mal pelado”, de un sistema discriminador que se autoperpetúa.

Por algo las críticas en las redes al discurso del 21 de mayo no solo eran para el gobierno, sino también para los políticos de oposición, quienes a pesar de manifestar el punto disidente con la administración actual, no tienen nada nuevo que agregar. Nada que represente lo que la mayoría está sintiendo. Críticas como “la Presidenta no ha dicho nada nuevo”, “no se ha reconocido los errores”, “falta autocrítica de que las cosas no se han hecho bien”, etc., no llevan a ningún lugar nuevo.

¿La respuesta sería entonces cuál? ¿La invitación a un país que se vuelva productivo y que genere empleo? Lo que antes hubiera sonado bien, hoy es insuficiente. ¿Y dónde quedarían las aspiraciones de las personas en esa lógica de eficiencia?

El discurso racionalista, productivo, clásico, pasó de moda. Por eso estamos estancados. La gente siente que volver a eso no es sinónimo de democracia hoy. Es el comienzo del fin de una era.

La sociedad requiere, de sus políticos, reinventarse. Solo la lógica de la productividad no basta. Solo la lógica de la participación y la expresión nos mantendrá en las buenas intenciones y la inefectividad. Requerimos de aprender a construir en conjunto un nuevo orden donde el individuo y sus derechos se encuentren con el bienestar colectivo y con la eficiencia. Una lógica donde los técnicos que nos lideraron en etapas anteriores tendrán que encontrar un nuevo rol donde, en vez de definir lo que se debe hacer, eleven y orienten la discusión social que requiere, a su vez y tan importante como lo anterior, de la participación y transparencia para sentir que está creando una democracia.

Sergio Vergara

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